Mi Padrastro

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Emily

El traqueteo del metro de las siete de la mañana es la banda sonora de mi vida, apoyo la frente contra el cristal frío del vagón, viendo cómo las luces de los túneles de la ciudad pasan como ráfagas de recuerdos borrosos. A mi alrededor, el mundo huele a café recalentado, humedad y cansancio, pero yo solo puedo pensar en la práctica de suturas que tengo el día de hoy en la facultad.

En mis piernas descansa el pesado tratado de cirugía, mis dedos acarician el lomo del libro, mi mente está en otro lugar, en una casa que siempre se sintió demasiado silenciosa.

A diferencia de la mayoría de mis compañeros de la Universidad, yo no nací con un fórceps de oro en la boca. Mi árbol genealógico es una línea recta que se detiene abruptamente en mi madre, jamás conocí a mi padre, para mí, ese hombre es un espacio en blanco, una ausencia que mamá llenó con un esfuerzo sobrehumano para sacarme adelante. Ella es la Directora de Logística en una firma de importaciones, no somos ricas, ni tenemos un apellido que abra puertas en los clubes de campo, lo que sí tenemos es un techo propio y una dignidad que ella ha defendido a base de horas laborales extras.

«Tienes que ser la mejor, Emily. Los de nuestra clase no tenemos derecho a equivocarnos» es lo que me repite cada vez que puede y yo lo llevo marcado en mi piel como un tatuaje, un recordatorio de que todo puede desmoronarse en segundos.

Por eso estoy aquí, en el transporte público, mientras las herederas de las grandes clínicas llegan al campus en sus deportivos importados. Mi único lujo es mi educación y mi único pecado tiene nombre y apellido: Sam Cooper.

El no es solo mi profesor de Cirugía, es el centro de gravedad de la facultad, cuando entra en el aula, el aire se vuelve más denso, más difícil de respirar. Es joven para su puesto, brillante hasta el punto de la arrogancia y posee esa clase de belleza ruda que parece tallada en marmol.

He pasado meses analizando cada uno de sus movimientos desde la tercera fila: la forma en que su mandíbula se tensa cuando algo no sale perfecto, el modo en que se remanga la camisa revelando antebrazos que sueñas con tener sobre tu piel y esa voz tan profunda que te deja embobada.

Sé que es patético.

Sé que soy solo una matrícula más en su lista, una alumna de clase media con demasiada ambición y poco sueño.

A veces, cuando explica una incisión y se queda mirándome un segundo más de lo necesario, el mundo desaparece. En esos momentos, no soy la hija de una madre soltera que cuenta los centavos para pagar la universidad, soy una mujer quemándose bajo el escrutinio de un hombre que podría destruirme con un solo informe negativo.

Mi enamoramiento por Sam no es algo tierno, es una obsesión silenciosa y punzante, es el motivo por el cual mis notas son perfectas, lo cual me ha llevado a conseguir una beca para aligerar gastos.

Quiero que me vea, necesito que su mirada deje de ser profesional y se vuelva… algo más.

No importa que sea diez años mayor, no importa que sea mi mentor, en mi cabeza, he ensayado mil veces lo que diría si alguna vez nos quedáramos solos en la clínica.

El metro frena con un chirrido que me devuelve a la realidad, me ajusto la mochila al hombro y salgo al aire gélido de la mañana. Camino hacia las puertas de hierro de la Universidad Saint Jude sintiendo ese nudo en el estómago que solo él provoca.

Hoy tendré que estar a menos de un metro de él, oliendo su perfume de sándalo y tratando de que mis manos no tiemblen cuando se acerque a corregir mi postura.

—¡Hola Em! —me saluda Stella, mi mejor amiga y compañera de guardia clínica— ¿Preparada para sobrevivir al doctor gruñón?

—Si —asiento—. Como todos los viernes de cirugía.

—Caminemos rápido, quiero un poco de tiempo extra para repasar antes de la evaluación.

—Seguro.

No tengo idea de que hoy es el día en que mi ordenado mundo va a saltar por los aires, cruzo el umbral de la facultad de odontología y me obligo a poner mi máscara de estudiante modelo. Enderezo la espalda y aprieto los libros contra mi pecho a medida que sigo moviéndome.

Que empiece el juego, porque si Sam Cooper quiere perfección, voy a darle tanta que no podrá apartar los ojos de mí, aunque eso signifique prenderle fuego a todo lo que conozco.




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