Emily
—Dime que no es cierto, por favor, dime que el doctor Cooper no te puso un cinco en el preclínico de hoy —la voz de Stella resuena entre las paredes de azulejos blancos de la clínica.
Estamos en el área de esterilización, rodeadas por el siseo de los autoclaves y el olor penetrante a desinfectante de grado hospitalario. Me quito el gorro quirúrgico, liberando mi cabello, suspiro mientras guardo el instrumental en el estuche.
Hoy fue un día desastroso, nada salió como esperaba.
—No fue un cinco, fue un tres —respondo, tratando de que no se note la frustración en mi voz—. Se burló al ver lo que hice, dijo que mi ángulo de incidencia en la sutura del colgajo era poco ambicioso.
La rubia abre los ojos de par en par mientras se quita los guantes de látex con un chasquido sonoro.
—¿Poco ambicioso? Es un maldito psicópata. eres la mejor de la clase, ese hombre no tiene sangre en las venas, tiene anestesia de larga duración. Es guapo, sí, de esos que te hacen querer pecar en un confesionario, pero tiene el corazón de hielo.
Suelto una risa amarga.
El es brillante, sus artículos se citan en todo el mundo y su técnica es, por desgracia, perfecta. También es el hombre que ocupa mis pensamientos de una forma que preferiría no admitir, especialmente cuando me mira desde el otro lado del aula con esos ojos verdes que parecen diseccionarte el alma.
—Ya no importa —digo, mirando el reloj—. La jornada ya terminó. Deberías irte, yo me quedaré a terminar de desinfectar el cubículo. Me toca guardia de limpieza hoy.
—Te acompaño —se ofrece ella, pero yo niego con la cabeza.
—Vete, tienes esa cita con tu novio. Yo termino aquí en veinte minutos.
Tras despedirse con un abrazo rápido, Stella sale de la clínica, poco a poco, el bullicio de los estudiantes y el llanto de los niños en el área de odontopediatría se desvanece. El personal de seguridad pasa retirando a los últimos pacientes y finalmente, el silencio se instala en la gran sala, interrumpido solo por el zumbido de las luces fluorescentes.
Camino hacia el cubículo tres, el conjunyo quirúrgico me queda un poco grande, pero me gusta la sensación de protección que me brinda. Empiezo con la rutina mecánica: retiro los desechos biológicos, limpio la unidad dental y comienzo a pasar las toallitas con clorhexidina sobre cada superficie de acero.
Es un ritual que suele calmarme.
Sin embargo, hoy el ambiente se siente distinto. El aire está cargado, como si la tormenta que golpea los ventanales del campus estuviera intentando entrar.
—La técnica de desinfección es impecable, señorita Emily, aunque su mano derecha tiembla un milímetro. En una cirugía real, ese milímetro es la diferencia entre una recuperación exitosa y una parestesia permanente.
Se me hiela la sangre, me giro con el corazón martilleando en las costillas.
Sam está apoyado en el marco del cubículo. No lleva la bata blanca habitual, solo viste una camisa de color carbón con las mangas arremangadas, revelando unos antebrazos firmes y un reloj que cuesta más que mi carrera entera.
—Doctor Cooper… no sabía que seguía aquí —logro decir, dejando el spray desinfectante sobre la bandeja metálica con un ruido seco.
—Tengo mucho papeleo y me gusta el silencio de la clínica cuando los mediocres se marchan a casa.
Se acerca con paso lento, depredador, el olor de la clínica desaparece, reemplazado por su aroma: una mezcla embriagadora de sándalo, café amargo y algo puramente masculino. Se detiene a escasos centímetros de mí, es mucho más alto de lo que parece en el podio de clases.
—Me puso un tres hoy —le reclamo, cobrando una valentía que no sabía que tenía—. Mi colgajo estaba perfecto.
—Su colgajo era técnicamente correcto, pero carecía de pasión. Operas como si tuviera miedo de tocar el tejido y yo no entreno cobardes.
—No soy una cobarde —siseo, dando un paso hacia él.
—¿No? —Sus ojos descienden a mis labios y luego regresan a los míos. El aire entre nosotros parece incendiarse—. Entonces demuéstremelo. Dígame que no ha estado soñando con este momento desde que entró en mi primera clase. Dígame que no me mira de esa forma porque quiere que la ponga contra esta unidad dental y le enseñe lo que es perder el control.
Mi respiración se corta, el silencio de la clínica ahora es absoluto, roto solo por el sonido de la lluvia. Él acorta la distancia, atrapándome entre su cuerpo y el sillón del paciente. Siento el frío del metal en mi espalda y el fuego de su presencia frente a mí.
—Esto… esto destruiría mi carrera —susurro, aunque mis manos suben por instinto hasta tocar la tela de su camisa.
—Solo si alguien se entera —responde él con una voz ronca que me vibra en el pecho—. Pero aquí, yo soy la única autoridad.
Su mano se cierra en mi nuca, sus dedos se enredan en mi cabello y, antes de que pueda procesar el peligro, sus labios se estrellan contra los míos. Es un beso violento, cargado de toda la tensión contenida de un semestre entero. Sabe a prohibición y a una urgencia que me debilita las piernas, sus manos bajan por mi cintura, presionándome contra él, reclamando cada rincón de mi boca con una posesividad que me aterra y me fascina al mismo tiempo.
En ese momento, entre el instrumental quirúrgico y las sombras de la facultad, sé que he cometido el error más grande de mi vida.
Y también sé que haría cualquier cosa por repetirlo.
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Editado: 31.03.2026