Emily
El ambiente en la clínica se vuelve pesado, cargado con el olor penetrante a desinfectante y el zumbido constante de los equipos dentales. Ajusto mi mascarilla con dedos temblorosos, tratando de concentrarme en el modelo de typodont frente a mí, pero el murmullo de mis compañeros se detiene en seco.
La puerta se desliza y él entra.
El doctor Sam Cooper no camina, reclama el espacio, es una presencia que consume el oxígeno de la sala. Viste un conjunto quirúrgico negro, perfectamente entallado, que acentúa la amplitud de sus hombros y la firmeza de su pecho. No lleva la bata blanca abierta; la lleva cerrada, impecable, proyectando una autoridad que me intimida y me atrae a partes iguales. Su físico es una contradicción fascinante, tiene la pulcritud de un cirujano de élite, la energía cruda de alguien que no teme ensuciarse las manos.
Su mandíbula está marcada por una sombra de barba de dos días y sus ojos verdes escanean la fila de estudiantes con una frialdad profesional que me quema la piel.
—Silencio —su voz es un barítono profundo—. Hoy no estamos aquí para jugar a ser dentistas. Estamos aquí para aprender a salvar tejidos. Si su sutura falla, el paciente sufre. Si ustedes dudan, el paciente sangra.
Comienza a caminar entre los pupitres, su esencia es una fragancia que reconozco demasiado bien, bajo la mirada a mi porta agujas, intentando que el látex de mis guantes no delate el temblor de mis manos.
—Señorita... —Sam se detiene justo detrás de mi, siento el calor que emana de su cuerpo, una barrera invisible que me aísla del resto de la clase—. ¿Algún problema con la seda negra 3-0
—Ninguno, doctor —respondo, mi voz es apenas un susurro firme que trato de controlar.
—Demuéstrelo.
Sam se inclina sobre mi hombro, no me toca, pero su proximidad es una provocación, puedo sentir su respiración cerca de mi oído mientras intento realizar un punto simple sobre la encía de práctica.
Mis dedos fallan.
El nudo queda flojo, desprolijo, el pánico empieza a subir por mi garganta.
—Está tensando demasiado el tejido, Emily —el uso de mi nombre, aunque sea en un contexto técnico, suena como una caricia prohibida—. Si hace eso en una cirugía real, provocará isquemia.
De repente, su mano enguantada se desliza sobre la mía, el contacto, aunque mediado por el látex, dispara una descarga eléctrica que me deja sin aliento. Él guía mis movimientos, obligándome a sentir el ritmo correcto, la presión exacta.
Es una danza de precisión y control, su mano es grande, segura, envolvente.
—Sienta el tejido —murmura, bajando la voz lo suficiente para que solo yo lo escuche—. No luche contra él. Domínelo.
La tensión en la mesa es asfixiante. Puedo ver, de reojo, la intensidad en su mirada. Él no está mirando la sutura; me está observando a mí, analizando la curva de mi cuello, la agitación de mi pecho. El aire entre ambos está cargado de una electricidad estática que amenaza con hacer saltar chispas sobre el instrumental de acero inoxidable.
Suelta mi mano lentamente, aunque no se aleja de inmediato. Se queda allí, un segundo más de lo académicamente necesario, lo suficiente para que mi corazón golpee con fuerza contra mis costillas.
—Repítalo diez veces más —ordena, recuperando su tono gélido y profesional mientras se endereza.
El castaño se aleja hacia el siguiente estudiante, dejándome con los labios secos y la mente en blanco. Sé que esta es solo la primera capa de un juego peligroso. Él es mi profesor, la autoridad máxima en este salón, cada vez que nuestros ojos se encuentran, veo la promesa de un incendio que ninguno de los dos sabe cómo apagar.

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Editado: 31.03.2026