Mi Padrastro

4

Emily

Es la primera vez que siento esto, este cortocircuito en el sistema nervioso que no me deja pensar cuando sus labios siguen invadiendo los míos.

De repente, Sam se separa, solo unos milímetros, lo suficiente para que el frío del aire acondicionado me golpee la piel húmeda. Me observa con una intensidad que me hace sentir desnuda bajo la luz blanca.

—Míreme, Emily —ordena.

Lo hago, mis ojos están empañados, mi respiración es un desastre, lo veo y el terror me invade, pero no es miedo a él.

Es el terror de la revelación.

Fue mi primer beso.

La idea se instala en mi mente con una claridad cruel. He guardado esto durante años, esperando algo romántico, algo suave y se lo he entregado a un hombre que me desprecia profesionalmente, en una clínica dental, rodeada de instrumental quirúrgico.

El nota mi cambio de expresión, su mirada se suaviza un ápice, pero la persuasión sigue ahí, como un anzuelo de seda.

—No se asuste de lo que acaba de descubrir —dice, rozando mi labio inferior con el pulgar—. También la he deseado desde que la vi entrar por esa puerta, siempre has sido la mejor de la clase. ¿Qué te sucedió hoy?

Sus palabras caen sobre mí como una droga dulce y espesa, nublando el poco juicio que me queda. El pánico se mezcla con una euforia oscura, casi eléctrica, el ojiverde no se aparta, al contrario, su pulgar presiona con más fuerza mi labio inferior, obligándome a entreabrir la boca, reclamando un acceso que ya sabe que tiene.

—No sé... —mi voz es un hilo, una confesión de derrota—. Estaba nerviosa. Usted me pone nerviosa, doctor.

—Sam —me corrige, y el uso de su nombre de pila en este santuario de ciencia y pulcritud suena como un sacrilegio—. Aquí dentro, donde nadie nos ve, soy simplemente el hombre que acaba de marcarte.

Su mano baja de mi nuca para rodear mi garganta, no con fuerza, sino con una posesividad que me corta el aliento. Siento el frío del metal de la unidad dental en mi espalda y el calor de su cuerpo presionando contra mí.

El contraste es insoportable, delicioso.

—Dime la verdad —susurra, inclinándose hasta que sus labios rozan el lóbulo de mi oreja, enviando una descarga que me hace arquear el cuerpo hacia él—. ¿Fue por eso que fallaste el ángulo de la sutura? ¿Porque no podías dejar de imaginar mis manos sobre ti mientras yo te observaba desde el otro lado de la mesa de cirugía?

Cierro los ojos, avergonzada porque tiene razón. Cada vez que él se acercaba a corregirme, el olor de su perfume me nublaba la vista.

El deseo de su aprobación se convertía en un deseo de algo mucho más primitivo.

—Sí —admito, un sollozo de alivio escapando de mi garganta.

Él suelta una risa baja, vibrante, que retumba contra mi piel.

—No evites mi mirada.

Obligo a mis párpados a abrirse, sus ojos verdes arden con un hambre que ya no intenta ocultar bajo su fachada de profesor brillante. Es un depredador que ha encontrado su presa favorita y no tiene intención de dejarla ir.

—Eres mi mejor estudiante, la más brillante, la más pura... y ahora eres mía —declara con una autoridad que me hace temblar—. Ese tres que te puse no fue un castigo. Fue un anzuelo. Sabía que te quedarías aquí, rumiando tu fracaso, esperando una explicación. Sabía que estaríamos solos.

—Es un error —logro articular, aunque mis dedos se enredan en su cabello, tirando de él hacia mí.

—Es el error más perfecto que vas a cometer en toda tu carrera —responde antes de volver a capturar mis labios con una pasión renovada, mucho más profunda y exigente que la anterior.

Sam se separa de mí con una lentitud tortuosa, como si le costara romper la atracción gravitatoria que nos mantiene unidos. El aire frío de la clínica golpea mi rostro, que arde con una intensidad que ninguna fiebre podría igualar.

Él se pasa una mano por el cabello, recuperando en un parpadeo esa compostura gélida que tanto odio y tanto me fascina. Sus ojos, sin embargo, siguen fijos en mis labios, que ahora guardan el secreto de su sabor.

—La pasión es un arma de doble filo, Emily —murmura con voz ronca, ajustándose el reloj de pulsera con una precisión que me hiela la sangre—. Úsala para operar, no para perder la cabeza.

Me giro hacia el reloj de pared, esperando que solo hayan pasado un par de minutos.

El golpe de realidad me deja sin aliento.

—¡Las seis! —exclamo, y mi voz suena extraña en el silencio de la sala—. Dios mío, el último autobús pasa en diez minutos. Mi madre me va a matar, y si el guardia de seguridad me encuentra aquí con usted...

El pánico, el verdadero y terrenal, sustituye al deseo. Empiezo a recoger el instrumental con manos temblorosas, metiendo las gubias y los espejos en el estuche de cualquier manera.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.