Mi Padrastro

5

Emily

El metal de los instrumentos tintinea contra el estuche mientras mis manos, aún traidoras y temblorosas, intentan imponer un orden que mi mente ha perdido por completo.

No me atrevo a mirarlo.

Siento su presencia a mi espalda, una columna de calor y autoridad que parece reclamar cada átomo de oxígeno en esta clínica. La luz blanca del techo, antes profesional y aséptica, ahora me resulta acusadora, como si las paredes hubieran grabado el rastro de mi rendición sobre la unidad dental.

—Deje eso, no llegará a tiempo —su voz, ahora recuperando ese tono aterciopelado de mando, me detiene en seco.

Me giro, apretando el estuche contra mi pecho como un escudo. Sam ya tiene su chaqueta puesta, se ve impecable, como si no acabara de desmoronar mi mundo con un beso que todavía pulsa en mis labios.

El contraste me marea, yo soy un desastre de mejillas encendidas y uniforme arrugado, mientras él vuelve a ser el brillante doctor que intimida a toda la facultad.

—Puedo correr —logro decir, aunque mis piernas se sienten como gelatina.

—No sea ridícula. La llevaré yo, mi auto está en el estacionamiento privado.

El pánico se dispara, la idea de encerrarme en el espacio reducido de un vehículo con él, después de lo que acaba de suceder, es casi más aterradora que la posibilidad de que mi madre me interrogue por mi tardanza.

Niego con la cabeza, retrocediendo un paso, él ya está caminando hacia la salida, dando por sentada mi obediencia. Es un depredador que conoce perfectamente el alcance de su red.

Caminamos por los pasillos vacíos de la facultad. Mis pasos resuenan, rápidos y erráticos, tratando de seguir su zancada segura. El guardia de seguridad nos saluda con un movimiento de cabeza al salir, para él, solo somos un profesor dedicado y su estudiante estrella terminando una jornada extra de práctica.

Si tan solo supiera que bajo la tela de mi uniforme mi piel todavía quema donde Sam me sostuvo la garganta.

El aire del atardecer me golpea al salir, sin logra enfriar el incendio interno. Su auto, un deportivo negro que exhala lujo y potencia, nos espera bajo una farola. El castaño desbloquea las puertas y el sonido del cierre centralizado resuena en el estacionamiento desierto como un veredicto.

Subo al asiento del copiloto, huelo el olor de su perfume, ese aroma a maderas y éxito que me nubló el juicio hace apenas unos minutos.

Es asfixiante y me encanta.

Él arranca el motor, el rugido del motor es bajo, vibrante, una extensión de su propia energía. Salimos del recinto universitario y nos adentramos en las calles que conducen a mi vecindario. El silencio dentro del habitáculo es denso, cargado de una electricidad estática que hace que el vello de mis brazos se erice. Sam conduce con una mano sobre el volante, la otra descansa sobre la palanca de cambios, peligrosamente cerca de mi rodilla.

—Está muy callada —comenta sin apartar la vista de la carretera. Sus ojos verdes brillan bajo las luces de neón de la ciudad.

—No sé qué decir, doctor... Sam —corrijo, y el nombre se siente prohibido en mi lengua.

—Diga lo que siente. No me mienta ahora, no después de cómo respondió en la clínica.

Aprieto los puños sobre mi regazo, la tensión entre nosotros es una cuerda tensada al máximo, a punto de romperse.

Cada vez que frena, mi cuerpo se inclina hacia él, atraído por una fuerza de gravedad que no puedo controlar.

Me siento expuesta, vulnerable.

El trayecto que suele durar veinte minutos parece una eternidad y a la vez, desearía que el auto nunca se detuviera para no tener que enfrentar la realidad de lo que soy ahora.

Cuando entramos en mi calle, el corazón me golpea las costillas con violencia. Le indico que se detenga un par de casas antes de la mía, temerosa de que alguna vecina curiosa o mi propia madre asome por la ventana. Sam detiene el coche, aunque no desbloquea las puertas de inmediato. Apaga el motor y el silencio resultante es ensordecedor.

Se gira hacia mí. La penumbra del coche resalta las líneas duras de su mandíbula y la intensidad depredadora de su mirada. Estira la mano y, con una lentitud deliberada, retira un mechón de pelo de mi frente. Su toque es eléctrico.

—Mañana en la facultad volveré a ser su profesor —susurra, inclinándose hacia mí hasta que su aliento roza mi mejilla—. Pero no olvide ni por un segundo cómo temblaba en mis brazos hoy. El tres en su examen sigue ahí, Emily. Demuéstreme que puede ser perfecta bajo presión.

Mi respiración se entrecorta, la mezcla de humillación profesional y deseo personal es un cóctel destructivo. Cooper desbloquea el auto y salgo casi tropezando, sintiendo el frío de la noche como un bofetón.

No miro atrás, camino a zancadas rápidas, casi corriendo los últimos metros hasta mi portal.

Entro en casa, subo las escaleras de dos en dos y me encierro en mi habitación, girando la llave con un clic seco. Me apoyo contra la madera de la puerta, dejándome resbalar hasta el suelo, el silencio de mi cuarto es absoluto, pero en mi cabeza el caos es total.

Me toco los labios, están hinchados, sensibles, marcados por él y esto apenas es el comienzo…




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