Emily
En el baño, dejo que mi uniforme caiga al suelo, me observo en el espejo empañado, mis ojos brillan de una forma que no reconozco. Hay una urgencia nueva en mi mirada, un rastro del incendio que Sam Cooper provocó en mi.
Abro el grifo y dejo que el agua caiga a una temperatura casi insoportable. El vapor llena el espacio, envolviéndome en una nube blanca mientras cierro los ojos. Bajo el chorro, intento lavar la sensación de sus manos en mi nuca, pero es inútil. Cada vez que el agua resbala por mi espalda, recuerdo el frío del sillón dental contra mi piel y el calor abrasador de su cuerpo presionándome.
«Solo si alguien se entera»
Me paso la esponja con fuerza por los antebrazos, como si quisiera borrar la crítica técnica que me hizo antes de besarme.
Sam es un monstruo de perfección, un académico impecable que desprecia la mediocridad y sin embargo, me buscó en la penumbra. Me pregunto si para él soy solo otro tejido que manipular, otra cirugía que realizar con precisión quirúrgica, o si realmente hay algo detrás de esa fachada de hielo.
El contraste entre el doctor Cooper, el que me humilla frente a la clase con un tres, y Sam, el que me reclama contra el metal, me está volviendo loca.
Salgo de la ducha y me envuelvo en una bata de algodón, frotando mi cabello con una toalla. El pensamiento de volver a clase mañana, de tener que sentarme en primera fila y sostenerle la mirada mientras él explica, me revuelve el estómago de pura anticipación y miedo.
—¡Emily! ¡La cena se enfría! —insiste mi madre desde abajo.
Me pongo algo cómodo, unos leggings y una camiseta vieja, tratando de recuperar mi identidad de «hija ejemplar» antes de cruzar el umbral de la cocina. Cuando bajo, el olor a pollo asado y romero llena el aire. Mi madre está terminando de servir dos copas de vino, algo que solo hace en ocasiones especiales o cuando tiene algo importante que decir.
—Te ves agotada. ¿Mucho trabajo en la clínica? —pregunta ella, escrutando mi rostro con esa intuición materna que siempre me pone en guardia.
—Uno de los doctores es... exigente —me limito a decir, sentándome a la mesa y concentrándome en mi plato—. Me puso una nota baja hoy. Dice que me falta pasión.
Ana suelta una risita suave mientras se sienta frente a mí.
—Bueno, siempre has sido muy técnica, como tu padre. A veces hace falta un poco de fuego para que las cosas salgan bien, ¿no crees?
Casi me atraganto con el primer bocado. Si ella supiera el tipo de «fuego» que experimenté hace una hora, probablemente llamaría a la policía o al decano.
—Hablando de fuego y de cosas nuevas —continúa ella, juguetando con el tallo de su copa, sus ojos brillan con una emoción que hace tiempo no veía—, quería comentarte algo. He estado... saliendo con alguien estos últimos meses.
Dejo los cubiertos a un lado, sorprendida. Desde que papá se fue, ella se había cerrado a cualquier posibilidad romántica, enfocándose solo en su trabajo y en presionarme para que fuera la mejor dentista del país.
—¿En serio? ¿Quién es? —pregunto con curiosidad genuina, agradecida de que el foco de la conversación se aleje de mis desastres académicos y personales.
—Es un hombre encantador. Muy culto, profesional... un poco serio, quizás, pero tiene un corazón de oro cuando lo conoces de verdad. Me ha hecho sentir viva de nuevo —se inclina hacia adelante, tomándome de la mano—. Le he hablado mucho de ti, de lo orgullosa que estoy de tu carrera. Le gustaría mucho conocerte. He pensado que podríamos ir a cenar mañana, ¿qué te parece?
Siento un nudo en el pecho. Verla tan feliz me hace sentir una punzada de envidia y al mismo tiempo, una extraña inquietud.
—Claro, mamá. Me parece bien —respondo con una sonrisa forzada—. Si te hace feliz, quiero conocerlo.
—¡Estupendo! —exclama radiante—. Te va a encantar, estoy segura. Es una autoridad en su campo, creo que hasta podrías aprender un par de cosas de él.
Asiento en silencio, volviendo a mi cena mientras la imagen de Sam Cooper vuelve a invadir mi mente.
No puedo esperar a verlo nuevamente.
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Editado: 31.03.2026