Mi Padrastro

7

Emily

El auricular del teléfono quema contra mi oreja mientras doy vueltas erráticas por mi habitación, los tacones de mis sandalias repiquetean contra la madera, un eco metálico que compite con el golpeteo desbocado de mi corazón. Al otro lado de la línea, la voz de Stella es una ráfaga de normalidad que, en este momento, me resulta casi alienígena.

—...Y entonces le dije que, si quería que saliéramos, tendría que esforzarse más que simplemente enviarme un «hola» por Instagram a las dos de la mañana —dice, soltando una carcajada—. ¿Me estás escuchando, Em? Estás muy callada.

—Sí, lo siento. Es solo que... he estado un poco estresada —respondo y mi voz suena extraña, como si perteneciera a otra persona.

Me muero por decírselo.

Las palabras están ahí, agolpadas en mi garganta, un secreto eléctrico que me quema la lengua.

«Mi profesor, el doctor Sam Cooper, me besó contra una unidad dental, me llamó su error perfecto. Sus manos me marcaron y ahora no puedo respirar sin sentir su perfume». Pero las palabras mueren antes de salir.

¿Cómo explicar que la alumna más brillante de la clase se ha convertido en la presa de un depredador con bata blanca? ¿Cómo admitir que me gustó cada segundo de esa pérdida de control?

—Bueno, al menos ya es fin de semana —continúa ella, ajena a mi tormento—. Deberíamos ir a ese sitio nuevo de batidos que abrieron en el centro.

—Hoy no puedo, saldré a cenar con mi madre —le explico, forzando una nota de fastidio trivial para ocultar mi ansiedad—. Va a presentarme a su nuevo novio. Al parecer es la reencarnación del caballero perfecto. Cenaremos en ese restaurante carísimo frente al mar, el que tiene una lista de espera de meses.

—¡Vaya! Ese señor debe tener muy buenos contactos o una billetera muy generosa. Sácale fotos de lejos, quiero ver si tiene pinta de padrastro aburrido o de galán de telenovela.

—Te dejo, mi madre está tocando el claxon abajo. Deséame suerte —cuelgo antes de que pueda hacerme más preguntas.

Me observo una última vez en el espejo, he elegido un vestido de seda en color verde oliva que se ciñe a mis curvas de una forma que me hace sentir peligrosamente adulta. Me he aplicado un labial nude, pero mis labios siguen teniendo esa ligera hinchazón que me recuerda con cada parpadeo lo que sucedió ayer.

Recojo mi bolso y bajo las escaleras.

Mi madre me espera en el auto, radiante, lleva un vestido azul marino y una sonrisa que no le veía desde hace años. Durante el trayecto, no deja de hablar sobre lo especial que es este hombre, sobre cómo la trata y lo mucho que le ha insistido en que la relación avance. Yo asiento mecánicamente, mirando por la ventana cómo las luces de la costa se desdibujan.

Después de unos minutos, llegamos al restaurante, es un lugar de una elegancia minimalista, construido sobre un acantilado que domina el océano. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas es un rugido sordo que acompaña nuestros pasos, al entrar, un camarero vestido de etiqueta nos recibe con una reverencia.

—¿Señora Ana Paige? Su mesa privada está lista en la terraza superior.

Nos escoltan a través de un salón lleno de gente de la alta sociedad, subiendo hacia una zona reservada que cuelga literalmente sobre el mar. Es un espacio íntimo, iluminado solo por velas y la luna reflejada en el agua. La mesa está dispuesta para tres, con cristalería de bohemia y flores frescas. Un camarero se acerca de inmediato y nos sirve dos copas de un vino blanco que brilla como el oro bajo la luz tenue.

—Él acaba de ir un momento a confirmar unos detalles del menú —susurra mi madre al ver como inspecciono todo el sitio con la mirada en busca de su principe, da un sorbo a su vino con manos temblorosas de emoción—. Emily, de verdad, compórtate. Sé que a veces eres un poco crítica, pero él es importante para mí.

—Estaré perfecta, mamá. Lo prometo.

Me llevo la copa a los labios, dejando que el líquido frío calme la sequedad de mi garganta. El ambiente es tan lujoso, tan pulcro, tan... previsible. Me relajo un milímetro, pensando que quizás esta cena sea el respiro que necesito para olvidar el caos de mi vida.

Entonces, escucho unos pasos firmes sobre la madera de la terraza. Un paso seguro, rítmico, que reconozco instantáneamente. Se me hiela la sangre. El aire se vuelve denso, cargado de esa misma electricidad estática que sentí en el deportivo negro ayer por la tarde.

—Siento la demora, quería asegurarme de que el maridaje fuera el correcto.

Esa voz.

Esa maldita voz aterciopelada y autoritaria que me persigue en sueños.

Dejo la copa sobre la mesa con un golpe seco que hace que el vino salpique el mantel blanco. Mi cuerpo se tensa tanto que temo que mis huesos se quiebren. Levanto la mirada lentamente, rogando al destino que sea una alucinación, un truco de mi mente febril.

Pero no lo es.

Sam Cooper está frente a nosotros, viste un traje gris oscuro hecho a medida que resalta su porte atlético y esa elegancia depredadora que lo caracteriza, su mirada sigue siendo la de un cirujano examinando una herida abierta.

Él se acerca a mi madre con una sonrisa encantadora, una que nunca le ha dedicado a nadie en la facultad, antes de que yo pueda siquiera procesar el horror de la situación, se inclina y la besa en los labios con una familiaridad posesiva que me revuelve el estómago.

—Samuel, querido —murmura mi madre, con las mejillas encendidas de alegría—. Esta es mi hija, Emily. Emily, te presento a Samuel Cooper.

Él se separa de ella y clava sus ojos verdes en los míos, no hay sorpresa en ellos.

Hay un brillo de diversión cruel, un reconocimiento absoluto que me corta la respiración. Se toma su tiempo para recorrer mi cuerpo con la mirada, deteniéndose un segundo de más en mis labios, antes de extender una mano hacia mí por encima de la mesa.

—Es un placer conocerte finalmente —el énfasis en la palabra «finalmente» me golpea como un latigazo—. Tu madre me ha hablado mucho de tu... dedicación al estudio.




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