Mi Padrastro

7. Celos, celos, celos

Sam

La puerta del baño de profesores se cierra tras de mí con un clic metálico que resuena como un disparo en la esterilidad del pasillo. El aire del área restringida es más denso, cargado de ese aroma a formaldehído y desinfectante que suele calmarme, pero hoy solo logra irritar mis fosas nasales.

Camino con una elegancia impostada, la espalda recta y el mentón en alto, cruzándome con un par de colegas que me saludan con una reverencia casi servil. Les devuelvo un asentimiento gélido, el mínimo esfuerzo necesario para mantener la fachada. Mi mente, sin embargo, es un proyector averiado que repite una y otra vez la misma imagen: los labios de Aaron Vance rozando la mejilla de Emily.

Ese roce... fue una declaración de guerra.

Entro en mi despacho privado y cierro la puerta con llave. Necesito aislamiento. Me dejo caer en el sillón de cuero, sintiendo el crujido del material bajo mi peso. Sobre mi escritorio, todo está en un orden maníaco: los expedientes alineados por orden alfabético, el instrumental de demostración brillando bajo la lámpara de luz fría, mi agenda abierta en el día de hoy. Pero el nombre de Kate sigue ahí, flotando en el aire como un gas tóxico.

«¿Qué le hiciste?» «¿A dónde la enviaste?»

Las preguntas de Julian son dardos de aficionados. No entienden que yo no «envío» a la gente a ninguna parte. La gente se destruye a sí misma cuando intenta jugar en una liga que no le corresponde. Kate quiso ver qué había detrás de la cortina, quiso tocar el fuego pensando que sus manos de seda eran inmunes. Y ahora, su ausencia es un ruido molesto que debo silenciar antes de que se convierta en una sinfonía de problemas legales.

—Kate, Kate... —susurro, abriendo el cajón inferior de mi escritorio. Saco una pequeña caja de madera oscura y extraigo un encendedor de plata. No fumo, pero el chasquido de la llama tiene un efecto hipnótico.

Miro la llama bailar. Kate era como esa luz: brillante, inestable y destinada a extinguirse.

El problema es que Julian tiene razón en algo: ella me tenía miedo. Y el miedo, a diferencia del respeto, es un motor impredecible. El miedo hace que la gente hable cuando debería callar, o que desaparezca cuando debería estar bajo vigilancia.

Me obligo a apartar el pensamiento de ella. Tengo que concentrarme en la pieza que sí tengo frente a mí. Emily.

Ella no es como Kate. Hay una pureza en su resistencia, una honestidad en el temblor de sus manos cuando le entrego el instrumental en la clínica. Es el lienzo en blanco que mi padre nunca me permitió ser. Y verla aceptar esa rosa de un mediocre como Vance es como ver a un vándalo arrojar pintura sobre una obra maestra.

Me pongo de pie y me acerco a la estantería donde guardo los modelos anatómicos de resina. Tomo un cráneo seccionado, pasando la yema de mis dedos por la delicada estructura del maxilar. La odontología, para muchos de mis alumnos, es una carrera de estatus. Para mí, es el arte de controlar el dolor y la estética, es tener el poder de reconstruir o destruir la sonrisa de alguien con un solo movimiento en falso.

Vance no entiende el poder. Él cree que el poder es el dinero de su padre y una rosa roja comprada en la floristería de la esquina. No sabe que el verdadero poder es el que yo ejerzo sobre Emily Harper cada vez que entro en el aula y el aire se le escapa de los pulmones.

Ahora, mi atención vuelve al viernes. La guardia clínica.

Es el momento en que los estudiantes de último año se enfrentan a la presión real. Estaré allí, moviéndome entre los sillones dentales como una sombra, evaluando no solo su técnica, sino su temple. Estaré cerca de la pelinegra, tan cerca que podrá oler el aroma de mi loción, tan cerca que sentirá el calor de mi cuerpo rompiendo su espacio personal. Y cuando Vance intente acercarse, le recordaré, sin decir una palabra, quién es el que dicta su futuro académico y profesional.

Imagino la escena: Ella sudando bajo la luz halógena, tratando de realizar una extracción compleja. Sus dedos fallarán. El miedo la paralizará. Y ahí estaré yo. No para consolarla, sino para demostrarle que soy el único que puede salvarla de su propio fracaso. Haré que esa rosa roja se marchite en su memoria, reemplazada por el acero frío de mi autoridad.

Una notificación en mi ordenador me saca de mi ensimismamiento. Es un correo de la decanatura.

«Doctor Cooper, el estudiante Aaron Vance ha solicitado un cambio de tutor para su proyecto final. Alega diferencias de criterio pedagógico»

Una sonrisa lenta y peligrosa se dibuja en mi rostro. Así que el niño de oro tiene garras. Cree que puede huir de mi supervisión, que puede poner distancia entre nosotros para proteger su pequeño idilio.

—Pobre estúpido —digo en voz alta, mi voz resonando en las paredes del despacho—. No sabe que en esta facultad, yo soy el criterio.

Me siento de nuevo y empiezo a teclear la respuesta. No denegaré el cambio. Oh, no. Eso sería demasiado obvio. Lo aceptaré, asignaré a Vance al profesor Dos Santos, un hombre cuya incompetencia solo es superada por su crueldad con los alumnos que no rinden al máximo. Lo enviaré al matadero mientras yo mantengo a Emily bajo mi ala protectora.

La atraparé en una jaula de oro. Le daré las mejores oportunidades, los casos más interesantes, mi atención exclusiva. La haré depender de mi aprobación hasta que el concepto de libertad le parezca una palabra vacía.

Me apoyo en el respaldo de la silla, cerrando los ojos. Puedo verla en el laboratorio, tarde por la noche, cuando las luces principales se apagan y solo quedan las lámparas de los bancos de trabajo. Me veo acercándome por detrás, colocando mis manos sobre sus hombros, sintiendo cómo se tensa antes de rendirse a mi presencia.

—La rosa de Aaron es efímera —susurro al vacío—. Pero mi marca es permanente.

El incendio en mis venas, lejos de apagarse, se estabiliza en un rescoldo constante. Ya no es una furia ciega, es un propósito frío. La desaparición de Kate es un problema logístico, lo de Aaron es un contratiempo social. Pero Emily... Emily es mi redención y mi condena.




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