Emily
El aire marino, que un momento antes me parecía refrescante, ahora se siente denso y salado, pegándose a mi garganta como una condena. No puedo apartar la vista de Sam. Está ahí, sentado frente a mí, ocupando el espacio con una arrogancia que mi madre confunde con sofisticación. El contraste es insoportable, la mano que ayer rodeaba mi cuello con posesividad, ahora sostiene con delicadeza la copa de vino mientras le sonríe a la mujer que me dio la vida.
—Emily está un poco abrumada —interviene mi madre, colocando su mano sobre el antebrazo de él, ver ese contacto físico me descompone—. Le hablé tanto de ti que creo que se ha quedado sin palabras.
—La admiración es mutua —responde el ojiverde, su voz baja y vibrante hace que mis vellos se ericen—. Emily es, sin duda, la estudiante más... prometedora que he tenido el placer de evaluar este año. Tiene una tenacidad que no se encuentra fácilmente.
Me obliga a sostenerle la mirada, sus ojos verdes, bajo la luz de las velas, parecen dos pozos de agua estancada, tranquilos en la superficie, pero peligrosos en el fondo. Hay un mensaje implícito en su sonrisa, un recordatorio silencioso de que él tiene el control absoluto de esta mesa, de mi carrera y ahora, de mi familia.
—¿Ya se conocían desde antes?
—Si —asiento—. Es mi profesor de cirugía por este periodo académico.
—Dime, Emily —continúa él, inclinándose un poco hacia delante, invadiendo mi espacio personal bajo la fachada de una charla casual—, ¿cómo va esa técnica de sutura? Recuerdo que ayer tuvimos una sesión... intensa. Me preocupaba que te hubieras ido a casa demasiado estresada.
Mi madre suelta una risita, ajena al doble sentido que gotea de cada una de sus palabras.
—Es un perfeccionista, ¿verdad, cielo? —dice ella, mirándome—. Eso es lo que necesitas para ser la mejor.
—Así es —logro articular, mi voz sale ronca, apenas un susurro que delata mi agitación—. Es un perfeccionista. No deja pasar ni el más mínimo... error.
—Exactamente —asiente Sam y veo cómo su pulgar acaricia el borde de su copa, un movimiento lento y rítmico que me hace recordar cómo acarició mi labio inferior antes de besarme—. Los errores en nuestra profesión se pagan caros. Sin embargo, Emily está aprendiendo a manejar la presión. Ayer, por ejemplo, demostró que sabe cuándo rendirse a la evidencia de una corrección necesaria.
Debajo de la mesa, siento de nuevo el roce de su zapato contra mi pierna, esta vez no es un roce accidental. Es una presión firme, deliberada, que sube por mi pantorrilla hasta detenerse justo en el borde de mi rodilla. Mi respiración se entrecorta y aprieto los muslos, atrapada entre el deseo de apartarme y la parálisis del miedo.
El camarero llega con los primeros platos, rompiendo momentáneamente el hechizo. Es una ensalada de bogavante con una reducción de cítricos, aunque para mí podría ser aserrín. El doctor Cooper empieza a comer con una parsimonia irritante, manteniendo una conversación fluida con mi madre sobre inversiones, ópera y viajes, comportándose como el compañero perfecto. Me pregunto cuántas veces habrá ensayado esta máscara de decencia.
—Ana me ha contado que eres muy unida a ella —comenta, volviendo a centrar su atención en mí—. Me gusta eso. La familia es fundamental. Espero que no te importe que pase más tiempo en tu casa a partir de ahora. He pensado que, dado que vives allí, podríamos incluso repasar algunos casos clínicos en las noches que me quede a cenar.
El trozo de pan que intentaba tragar se convierte en piedra en mi garganta.
¿En mi casa? ¿En el pasillo, a pocos metros de mi habitación? La imagen de Sam caminando por mi hogar, compartiendo el desayuno con nosotras y luego dándome órdenes en la facultad, me hace sentir que el mundo se vuelve pequeño, asfixiante.
¡Me niego a que eso suceda!
—¿No te parece una idea fantástica, Em? —pregunta mi madre, radiante—. Tener a un mentor de su talla disponible para consultas las veinticuatro horas es un privilegio.
—Un privilegio —repito, sintiendo cómo el sudor frío resbala por mi espalda.
Miro a Cooper y por un segundo, la máscara cae.
Solo para mí.
Sus ojos brillan con intensidad, una promesa de que esto es solo el principio. Él sabe que no puedo decir nada. Si confieso lo que pasó en la clínica, destruyo la felicidad de mi madre y mi propia carrera. Si me callo, me convierto en su cómplice en este juego retorcido.
—Te veo muy tensa, Emily —murmura él, y esta vez su mano baja de la mesa.
Siento el calor de su palma apoyándose sobre mi rodilla, apretando con esa posesividad que ya conozco. Mi madre está distraída buscando algo en su bolso y en ese breve instante, el castaño se inclina hacia mí.
—Relájate —susurra, tan bajo que solo yo puedo oírlo—. Solo estamos cenando en familia.
El cortocircuito en mi sistema nervioso vuelve con más fuerza que nunca.
Odio a este hombre con cada fibra de mi ser, no obstante, cuando sus dedos presionan mi piel bajo el mantel, lo único que quiero es que la cena termine para poder estar a solas con él y gritarle... o dejar que vuelva a marcarme como suya.
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Editado: 31.03.2026