Emily
El viernes ha llegado con la pesadez de una sentencia judicial, el aire en la clínica de cirugía maxilofacial es distinto al de los pasillos de la facultad, aquí no hay risas, solo el zumbido constante de las turbinas, el chasquido metálico del instrumental chocando contra las bandejas de acero inoxidable y ese olor penetrante a clorhexidina que se te pega en el cerebro.
Me ajusto el tapabocas con manos que, aunque trato de mantener firmes, traicionan mi ansiedad con un ligero temblor, mi uniforme azul marino se ajusta a mi cuerpo como una armadura, Stella está en el sillón de al lado, peleándose con una sutura, pero yo no puedo distraerme, mi paciente, un hombre de unos cincuenta años con una fobia dental evidente, me mira con ojos suplicantes desde el sillón número cuatro.
—Todo va a salir bien, señor Martínez —le digo, suavizando la voz lo más que puedo a través del filtro de la mascarilla—. Solo vamos a extraer esos dos premolares que le están dando problemas. Ya está anestesiado, no sentirá nada más que una presión.
Mentira.
Yo sí siento algo, una quemazón en la nuca, no necesito girarme para saber que él acaba de entrar en el área clínica.
El doctor Samuel Cooper camina entre los sillones con una elegancia depredadora, no lleva la bata blanca común, usa una bata corta de color negro carbón, impecable, que hace que sus hombros parezcan aún más anchos. Su sola presencia altera el campo gravitatorio de la sala, las otras estudiantes se ponen tensas, enderezan la espalda, algunas incluso contienen el aliento.
Él no saluda, solo observa, sus ojos verdes escanean cada movimiento, cada técnica, como un halcón buscando una grieta en la presa.
Trato de ignorarlo, me concentro en el instrumental, tomo el elevador recto, sintiendo el frío del metal a través de los guantes de látex.
—Abra la boca, por favor.
La cirugía comienza bien, la sindesmotomía es limpia, separo la encía del diente con precisión, sintiendo esa resistencia familiar que cede ante el instrumento. Uso el elevador para luxar el primer premolar, sintiendo el crujido de las fibras del ligamento periodontal rompiéndose, un sonido que para un dentista es sinónimo de progreso.
El diente baila, cede, y finalmente sale limpio con el fórceps.
—Uno fuera —hablo para mí misma, depositándolo en la gasa.
Me siento poderosa, por un momento, olvido la rosa de Aaron que se marchita en un jarrón en mi habitación y la llamada misteriosa que Sam tuvo el martes.
Aquí, con el bisturí y el fórceps, yo tengo el control. Sin embargo, el segundo premolar decide que no quiere colaborar.
Introduzco el elevador, aplico la fuerza controlada que me enseñaron, pero el diente no se mueve ni un milímetro. Lo intento de nuevo, cambiando el punto de apoyo.
Nada.
El señor Martínez empieza a emitir un quejido gutural.
—Tranquilo, ya casi está —miento, mientras el sudor empieza a perlar mi frente bajo el gorro quirúrgico.
Aplico un poco más de presión.
Clac.
El sonido es seco, definitivo, un escalofrío me recorre la columna. No ha salido el diente completo, la corona se ha fracturado, dejando la raíz enterrada profundamente en el hueso alveolar. Es la pesadilla de cualquier estudiante, una raíz fracturada en plena guardia de cirugía.
—¿Problemas, colega? —la voz de Sam suena justo detrás de mi oreja, tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo irradiando a través de mi bata.
No me muevo, mi corazón galopa, su tono es un ronroneo peligroso, cargado de una satisfacción oscura que me revuelve el estómago.
—Se ha fracturado el tercio apical —respondo, tratando de que mi voz no tiemble—. Voy a realizar una técnica de colgajo para acceder a la raíz.
—¿Un colgajo? —se inclina sobre mi hombro para observar la boca del paciente. Su proximidad es asfixiante, puedo oler su perfume, esa mezcla de sándalo y algo metálico, limpio, puramente suyo—. Con la visibilidad que tienes y el sangrado que estás provocando, vas a terminar perforando el seno maxilar. ¿Estás segura de que sabes lo que haces?
Me giro un poco, encontrándome con sus ojos, están fríos, desprovistos de la vulnerabilidad que vi antes. Es el profesor implacable, el cirujano que disfruta viendo cómo los demás sudan.
—Puedo hacerlo —insisto, apretando el mango del bisturí.
—Adelante, entonces. Demuéstrame que eres tan buena con el instrumental como lo eres recibiendo flores en los pasillos —suelta con una voz tan baja que solo yo puedo oírlo.
El golpe me deja sin aire.
Así que es eso, la rosa sigue ahí, clavada en su orgullo como una espina.
Intento hacer la incisión, mi mano derecha ha empezado a temblar de forma imperceptible para los demás, no para él.
El sangrado aumenta, ocultando el campo quirúrgico, el señor Martínez se mueve, nervioso, empiezo a sentir el pánico subir por mi garganta, si no saco esa raíz pronto, la inflamación será un desastre.
—Sam... —el nombre se me escapa antes de que pueda filtrarlo—. Doctor Cooper.
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Editado: 02.06.2026