Emily
La noche tiene un sabor distinto, una mezcla de libertad ganada a pulso y una ansiedad que se enrosca en mi estómago como una enredadera. Tras la tensión eléctrica de la guardia clínica, lo único que quería era llegar a casa, ducharme hasta borrar el olor a desinfectante de mi piel y perderme en el ruido de la fiesta de la facultad. Pero el destino, o más bien el retorcido sentido del humor de Sam Cooper, tiene otros planes.
Termino de abrocharme las sandalias de tacón fino frente al espejo de mi habitación. Me observo un segundo, el vestido de seda color esmeralda se ciñe a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando cada curva que normalmente escondo bajo la bata ancha, me he soltado el cabello, dejando que las ondas color caramelo caigan libres, el labial rojo oscuro me da un aire de desafío que necesito desesperadamente esta noche.
Pienso divertirme y nada me lo va a impedir.
Tomo mi bolso, respiro hondo y abro la puerta, antes de llegar a la escalera, el sonido de una risa familiar me detiene en seco.
Es la voz de mi madre, Ana, viene acompañada por un barítono profundo, aterciopelado y peligrosamente calmado que conozco demasiado bien.
Bajo los escalones con el corazón martilleando contra mis costillas, al llegar a la sala, la escena me deja sin aliento. Allí, sentado en el sofá de cuero está Sam, lleva un jersey de punto gris carbón con las mangas ligeramente subidas, revelando sus antebrazos fuertes y ese reloj suizo que brilla bajo la luz cálida de la lámpara.
Está viendo un documental de National Geographic sobre depredadores en la sabana mientras comparte una tabla de quesos y una copa de vino tinto con mi madre.
—¡Oh, Emily! Ya bajaste —dice mi mamá, iluminándose al verme. Sam, en cambio, no se mueve de inmediato, se toma su tiempo para terminar un sorbo de vino, dejando que sus ojos verdes suban lentamente por mis piernas, se detengan en la cintura y finalmente se claven en mis labios rojos.
Siento que la temperatura de la habitación sube diez grados de golpe, su mirada es un escáner que me deja desnuda, una caricia pública y prohibida que mi madre, en su bendita inocencia, no percibe.
—Te ves... radiante, Emily —murmura el castaño, su voz tiene una aspereza nueva, una vibración que me dice que el vestido ha logrado el efecto deseado.
—Gracias Samuel —respondo con una frialdad ensayada, aunque por dentro estoy temblando—. No sabía que teníamos visitas, mamá.
—Samuel pasó a traerme un rato y le invité a quedarse un rato, ya sabes que siempre es un placer conversar con él —explica ella, dándole un golpecito cariñoso en el brazo, el sonríe, es una sonrisa de lobo disfrazado de cordero—. ¿Vas a la fiesta de la facultad?
—Sí, los chicos me están esperando. Aaron dijo que pasaría por mí en quince minutos —suelto su nombre como si lanzara una granada entre nosotros.
Veo el cambio exacto en su mandíbula, el músculo se tensa, y sus dedos aprietan el tallo de la copa de cristal con una fuerza que me hace temer que se rompa. Sus ojos se oscurecen, volviéndose del color de un bosque antes de una tormenta, los celos emanan de él en ondas invisibles, densas y posesivas.
—Quince minutos es mucho tiempo, no creo que a Sam le moleste darte un empujón hasta la fiesta, además, así sabremos dónde vas a estar.
El ojiverde deja la copa sobre la mesa con un golpe seco, demasiado ruidoso para ser accidental.
—En efecto, Ana —interviene él, su voz es puro hielo—. No creo que sea la forma más segura de que Emily llegue a una fiesta a estas horas, considerando el tráfico y otros imprevistos.
Se levanta del sofá con esa lentitud depredadora que me pone los pelos de punta. Es mucho más alto que mi progenitora, y su presencia llena la sala, desplazando el aire.
—Tienes razón, —musita mirando el reloj—. Hija, no quiero que estés esperando en la acera a que un chico despistado llegue por ti. Samuel, querido... —se gira hacia él con una sonrisa suplicante—, ¿te importaría hacerme el favor de llevarla tú? Te queda de camino a tu apartamento, ¿cierto?
El silencio que sigue es tan tenso que juraría que podría cortarse con un bisturí, el me mira fijamente. Hay un brillo de triunfo salvaje en sus pupilas, una chispa de «te tengo» que me hace retroceder instintivamente.
—Sería un absoluto placer —responde él, sin apartar la vista de mí—. Me aseguraré de que llegue exactamente a donde tiene que estar.
—Mamá, no es necesario, yo puedo... —intento protestar, ella ya me está empujando hacia la salida.
—Ni hablar, vas mucho más segura con él, además así pueden terminar de hablar de esa cirugía de hoy que me contó que fue un éxito. ¡Diviértete, cariño!
Cooper toma su chaqueta y camina hacia la puerta, abriéndola para mí con una cortesía que es pura burla. Al pasar a su lado, el aroma de su perfume me envuelve, nublando mi juicio.
—Después de usted, señorita —susurra al pasar, su aliento rozando mi oreja—. Tenemos mucho de qué hablar sobre ese vestido... y sobre quién te permite usarlo.
Salgo a la noche húmeda de Chicago, sintiendo que no voy camino a una fiesta, sino que me acabo de subir a la jaula del león por mi propia voluntad, el rugido del motor de su coche deportivo al encenderse suena como una advertencia.
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Editado: 02.06.2026