Emily
Cada vez que Sam se ríe de alguna anécdota de mi madre, siento que una hoja de bisturí me recorre la columna.
No es solo la traición, es la asquerosa facilidad con la que habita este nuevo papel, se desliza entre el rol de amante atento y profesor brillante con una fluidez que me aterra.
¿Cuántas capas de engaño tiene este hombre?
—De verdad, Sam, no sé cómo agradecerte que seas tan paciente con Emily —dice mi madre, dándole el último sorbo a su copa de vino—. Sé que puede ser... intensa con sus estudios.
—La intensidad es una virtud, Ana, especialmente cuando se sabe canalizar —responde él y juro que puedo sentir el calor de su mirada fija en el escote de mi vestido mientras habla con ella.
Es una tortura refinada, ver cómo toca la mano de mi madre, la misma mano que hace menos de veinticuatro horas me cerraba la boca para ahogar mis protestas, me revuelve el estómago. Me obligo a tragar un trozo de salmón que sabe a ceniza. La presión de su zapato contra mi pierna no ha cesado, es un recordatorio constante, un ancla que me mantiene ligada a su juego perverso debajo del mantel de lino blanco.
—Cielo, vuelvo en un segundo, necesito ir al baño —musita mi madre, levantándose con esa ligereza de quien no tiene ni idea de que acaba de dejar a su hija a solas con un lobo.
La veo alejarse por el pasillo del restaurante, su figura perdiéndose entre las mesas elegantes. En cuanto desaparece de nuestro campo de visión, la atmósfera en la mesa cambia drásticamente. La máscara de Sam no se cae, se transforma. Se reclina en su silla, entrelaza los dedos sobre la mesa y me observa con una parsimonia que me hace querer gritar.
—¿Y bien, Emily? —su voz ha bajado una octava, recuperando ese tono de mando que usa en la clínica—. No has probado bocado desde que llegué. ¿Acaso no te gusta el marisco? ¿O es que el nudo en tu garganta es demasiado grande para dejar pasar la comida?
Retiro mi pierna de un tirón, rompiendo el contacto, el espacio entre nosotros arde. Me inclino hacia delante, apoyando los codos en la mesa, invadiendo su burbuja de seguridad tanto como mis nervios me lo permiten.
—¿Qué estás haciendo aquí, Sam? —siseo, cuidando que mi voz no llegue a las mesas vecinas—. Esto es una locura. Estás saliendo con mi madre. ¿Tienes idea de lo enfermo que es esto?
Él suelta una risa corta, seca, que no llega a sus ojos.
—Lo que es «enfermo» como tú dices, es la forma en que me mirabas ayer mientras te explicaba cómo suturar un colgajo. Lo que es «enfermo» es que tu primer pensamiento al verme no fue de indignación, sino de recuerdo. Te vi dilatarse las pupilas en cuanto me senté, no intentes jugar a la moralista conmigo.
—Esto se acaba ahora —le advierto y mi mano tiembla tanto que tengo que esconderla bajo la mesa—. No sé qué clase de juego de poder estás intentando llevar a cabo, pero no voy a permitir que uses a mi madre para llegar a mí. O para castigarme, o para lo que sea que estés haciendo.
—¿Usarla? —levanta una ceja, fingiendo sorpresa—. Ana es una mujer fascinante, que su hija sea mi estudiante más brillante es simplemente una... serendipia deliciosa. Además, ¿qué vas a hacer? ¿Vas a contarle?
Se inclina más, hasta que puedo oler el vino y el tabaco caro en su aliento.
—Imagina la escena. «Mamá, el hombre que amas, el que te ha devuelto la ilusión, me besó ayer en la facultad. Y me gustó. Me gustó tanto que no pude defenderme". ¿Crees que te creerá a ti, la hija que acaba de sacar un tres por falta de concentración, o a mí, el respetado doctor Cooper que solo intenta integrarse en su familia?
—Eres un monstruo —el veneno en mis palabras es real, aunque mi corazón late con una euforia oscura que odio reconocer.
—Soy tu realidad —me corrige—. Y te doy un consejo: no me amenaces, no estás en posición de hacerlo, la elección es tuya, pero las consecuencias son mías.
Siento un escalofrío que me recorre de pies a cabeza, es una advertencia directa, envuelta en seda y arrogancia. Mi mente trabaja a mil por hora. Si hablo, destruyo el mundo de mi madre. Si callo, le entrego las llaves de mi voluntad. Sin embargo, Sam ha cometido un error: cree que soy solo una presa asustada. No sabe que la misma tenacidad que admira en la clínica es la que usaré para hundirlo si da un paso en falso.
—Escúchame bien —hablo, bajando la voz hasta que es un hilo gélido—. Si veo que le haces el más mínimo daño a mi madre, me va a dar igual mi carrera, mi título y tu prestigio. Haré que te expulsen de la facultad y me encargaré de que no vuelvas a tocar un instrumental médico en tu vida. No me subestimes, soy tu mejor estudiante, ¿recuerdas? Aprendo rápido.
Él abre la boca para responder, el brillo de triunfo en sus ojos se apaga un milímetro. Por primera vez, veo una chispa de duda.
—Aquí viene —recompone su máscara de caballero en un parpadeo.
Mi madre regresa, sonriente, ajena a la guerra nuclear que acaba de declararse sobre el mantel manchado de vino. El castaño le aparta la silla con una galantería asquerosa y me dedica una última mirada de soslayo.
Es una declaración de guerra.
La cena continúa, el postre me sabe amargo, he lanzado mi advertencia, estoy consciente de que Sam Cooper no es hombre de retirarse. Lo que viene ahora no es solo un romance prohibido o un escándalo familiar; es un juego de supervivencia donde el corazón de mi madre es el rehén y mi cuerpo es el campo de batalla.
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Editado: 31.03.2026