Emily
El ronroneo del motor del deportivo de Sam es lo único que llena el ambiente mientras dejamos atrás el restaurante. Mi madre, relajada por el vino y la música suave que emana de los altavoces, se ha recostado en el asiento del copiloto con una expresión de serenidad que me hace sentir como una intrusa, yo estoy atrás, sumergida en las sombras de la tapicería de cuero, sintiendo cómo el aire acondicionado intenta, sin éxito, enfriar la ira que me recorre la sangre.
¿Qué tan cruel debe ser el destino para ponerme en una situación como esta?
De repente, mi teléfono vibra en mi regazo. La pantalla se ilumina, rompiendo la penumbra del coche con una luz blanca que parece delatarme.
Es Aaron, un chico de la facultad que ha estado interesado en mi desde hace un par de semanas.
Y creo que debería darle una oportunidad.
💬Aaron: ¿Ya terminaste la cena? Avísame si necesitas que pase a buscarte para dar una vuelta y despejarte.
Siento un alivio al leer el mensaje, bloqueo el teléfono, pero la vibración se repite apenas dos segundos después, acompañada de un meme que me hace soltar una risa involuntaria.
Es una risa corta, seca, una reacción nerviosa que escapa de mi garganta antes de que pueda procesarla, en el silencio sepulcral del auto, el sonido suena como un disparo.
En el espejo retrovisor, los ojos de Sam se clavan en los míos.
No es una mirada casual, es un escaneo letal. Sus ojos verdes captan el resplandor de la pantalla en mi rostro y la curva residual de mi sonrisa, veo cómo sus cejas se contraen apenas un milímetro, una grieta mínima en su máscara de mármol. Sus manos, que descansaban con elegancia sobre el volante, se cierran con una fuerza que hace que sus nudillos se vuelvan blancos, marcando el cuero con una tensión violenta.
—Parece que tienes noticias muy divertidas, Emily —su voz es una caricia cargada de ácido.
Mi madre abre los ojos, saliendo de su letargo con una sonrisa soñadora.
—¿Ah, sí? ¿Quién es, cielo? ¿Alguna de tus amigas contando chismes de la facultad?
Siento la mirada del doctor Cooper quemándome a través del espejo. Él sabe que no es una amiga, su intuición ha detectado una interferencia en su frecuencia, un hilo de mi vida privada que él no puede controlar.
Le irrita no tener el mapa completo de mis movimientos.
—Es solo un mensaje, mamá —respondo, manteniendo la voz nivelada, desafiando el reflejo del castaño—. Alguien que quiere saber cómo me ha ido hoy.
—Qué detalle —comenta mi madre, estirándose un poco—. Es bueno que te distraigas. A veces te tomas las clases demasiado en serio, necesitas un respiro de tanto instrumental y anatomía.
El carro da un pequeño bandazo, casi imperceptible, cuando ajusta el volante con demasiada brusquedad al tomar una curva cerrada. El silencio que sigue es denso, cargado de una toxicidad que solo yo puedo oler. Vuelvo a bajar la vista al teléfono. Un nuevo mensaje brilla en la pantalla, preguntando si mañana nos vemos para desayunar.
Tecleo rápido, sintiendo una punzada de rebeldía deliciosa bajo la vigilancia constante del retrovisor.
💬Yo: Mañana nos vemos, necesito café y una distancia segura de la realidad. Nos vemos temprano.
Bloqueo el teléfono y lo guardo en mi cartera, pero mantengo mi mirada fija en el espejo.
Samuel está hirviendo.
Puedo verlo en la tensión de su mandíbula, en la forma en que su respiración se ha vuelto más profunda, más controlada, tiene que aguantarse. Está atrapado en su propio juego: el novio perfecto no puede tener un ataque de celos posesivo por mis mensajes frente a la mujer que intenta conquistar.
—Las distracciones nocturnas suelen pasar factura en el rendimiento matutino —suelta, su tono es tan gélido que el ambiente en el coche parece bajar varios grados de golpe—. El próximo viernes tendremos una práctica compleja. Espero que ese... entusiasmo se mantenga frente a la mesa de operaciones.
—Oh, Sam, no seas tan profesor ahora —le riñe mi madre con cariño, dándole un apretoncito en el brazo—. Estamos fuera del horario laboral. Déjala que disfrute de sus amigos.
Él no responde, aunque sus ojos no se apartan de los míos en el cristal. Hay una promesa de castigo en esa mirada, una rabia contenida que me hace vibrar de una forma que no debería. El hecho de saber que lo estoy desquiciando con algo tan trivial como un mensaje de texto me da un poder que no sabía que tenía sobre él.
Si él puede usar a mi madre para invadir mi espacio, yo puedo usar mi mundo exterior para recordarle que no tiene el control total sobre mí.
Llegamos a la puerta de casa, el ojiverde detiene el motor, pero las luces del tablero siguen encendidas, bañando el interior de un azul eléctrico que resalta la dureza de sus facciones. Ana se inclina para darle un beso de despedida, un roce largo que me obliga a mirar hacia la ventanilla, apretando los puños.
—Baja tú, Emily. Yo entraré en un minuto —musita ella con voz suave, aún flotando en su burbuja de romance.
Abro la puerta y el aire nocturno me recibe como una liberación, antes de salir del todo, me inclino hacia el hueco entre los asientos delanteros, asegurándome de que el nuevo novio de mi madre pueda ver el brillo de desafío en mis ojos.
—Gracias por la cena, doctor Cooper —comento, enfatizando su título con una ironía cortante—. Nos vemos la próxima semana. Trataré de que mis «distracciones» no afecten mi pulso.
Cierro la puerta con un golpe firme, camino hacia el portal sintiendo su mirada clavada en mi espalda, una quemadura que atraviesa la seda de mi vestido.
Sé que se está mordiendo la lengua, que se muere por bajar de allí y exigirme que le enseñe el teléfono. Sin embargo, por ahora, el gran Sam Cooper tiene que quedarse ahí, tragándose sus celos al mismo tiempo que yo subo las escaleras con la sensación de que, por primera vez, he logrado herir su armadura.
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Editado: 31.03.2026