Emily
La música retumba en las paredes del lugar, una vibración grave que se siente más en el pecho que en los oídos. El aire está saturado de una mezcla de perfume caro, cloro de la piscina y el olor dulzón de los cócteles que circulan sin descanso. Camino entre la multitud, esquivando a un par de chicos que ríen a carcajadas mientras intentan hacer equilibrio sobre un sofá, finalmente, llego a la barra improvisada cerca de los ventanales.
—Un mojito, por favor —le pido al barman, que apenas me escucha sobre el estruendo de un remix de pop actual.
Mientras espero, paso la vista por el jardín trasero, la escena es un caos absoluto de libertad universitaria. Los focos sumergidos en la piscina tiñen el agua de un azul eléctrico, y en este preciso instante, un grupo de estudiantes de último año corre por el borde gritando consignas ininteligibles antes de lanzarse al agua con ropa y todo. El sonido de las zambullidas es seguido por vítores.
La gente está loca, algunos todavía llevan puestos sus zapatos de marca mientras flotan, riendo como si el mundo fuera a acabarse mañana.
—Espero que no tengas planes de nadar con ese vestido —dice una voz profunda justo a mi espalda.
Me doy la vuelta, sintiendo un vuelco familiar en el estómago. Es Aaron, lleva una camisa oscura con los primeros botones desabrochados y una sonrisa de suficiencia que parece diseñada específicamente para ponerme nerviosa.
—Depende —respondo, tratando de sonar más casual de lo que me siento—. ¿Vas a saltar tú primero para probar la temperatura?
Él suelta una risa corta y se apoya en la barra, pidiendo un gin-tonic con un gesto rápido.
—Paso. Prefiero observar el espectáculo desde la seguridad de la tierra firme. Además, sería un desperdicio arruinar este atuendo tan pronto —me guiña un ojo—. Estaba dispuesto a buscarte en casa, pero vi tu mensaje a tiempo.
—Lo sé, es que aproveché el aventón ya que el novio de mi madre vive cerca de este lugar.
—Entiendo, igual puedo llevarte de regreso al finalizar la celebración, o cuando quieras irte.
El barman me entrega mi copa y el rubio toma la suya, chocamos los cristales con un tintineo sutil que queda sepultado por un nuevo estallido de gritos afuera, alguien acaba de lanzar una silla inflable a la piscina y ahora hay tres personas peleando por subirse a ella.
—Esta fiesta está fuera de control —comento, dando un sorbo a mi trago, el sabor a melocotón y vodka me quema agradablemente la garganta.
—Es el efecto del fin de semestre —murmura, acortando un poco la distancia entre nosotros. Sus ojos brillan bajo las luces de neón—. La gente necesita olvidar que tiene responsabilidades. ¿Tú qué necesitas olvidar, Emily?
Antes de que pueda inventar una respuesta ingeniosa, un destello de color entre la multitud me distrae. Cerca de la mesa de los aperitivos, veo una cabellera familiar sacudiéndose al ritmo de la música. Es Stella. Lleva un top brillante y está riendo con un chico del equipo de debate.
—¡Stella! —exclamo, medio para mí misma, ella me ve, abre mucho los ojos y agita la mano con entusiasmo antes de señalar su bebida y hacer un gesto de «luego hablamos».
—Me dijo que vendría, aunque no esperaba que llegara tan temprano —le explico a Aaron, volviendo mi atención a él—. Suele ser de las que llega cuando la fiesta ya está muriendo.
—Parece que hoy todos decidieron romper sus propias reglas —murmura.
Pasamos los siguientes minutos bebiendo y criticando con humor los intentos de baile de algunos conocidos. Él es divertido, tiene un ingenio rápido que me mantiene alerta, por un momento, el ruido de la fiesta se convierte en un simple telón de fondo. Me cuenta una anécdota ridícula sobre su última clase y yo le confieso lo mucho que me costó elegir qué ponerme para esta noche.
—Valió la pena el esfuerzo —su mirada baja un segundo por mi vestido antes de volver a mis ojos. El tono de la conversación cambia, la diversión sigue ahí, pero hay una tensión nueva, algo eléctrico que me eriza la piel.
De repente, una salpicadura masiva de agua llega hasta los ventanales, un grupo ha decidido hacer un concurso de «bombas» en la piscina y el agua está empezando a invadir la zona de baile.
—Si nos quedamos aquí, vamos a terminar empapados por accidente —espeta, dejando su copa vacía sobre la barra. Me toma de la mano y el contacto de sus dedos contra los míos me hace contener el aliento—. Ven conmigo, conozco un lugar donde el caos no llega.
Me dejo guiar, atravesamos la sala principal, esquivando a la gente que baila desenfrenadamente, salimos por una puerta lateral que da hacia la parte más alejada del jardín. A medida que nos alejamos de la mansión, el estruendo de la música se amortigua, convirtiéndose en un murmullo rítmico.
El aire aquí es más fresco, cargado con el aroma de los jazmines y la tierra húmeda. Caminamos por un sendero flanqueado por arbustos altos hasta llegar a una zona resguardada por una pérgola de madera cubierta de enredaderas. Las luces apenas llegan aquí, dejando el rincón en una penumbra suave y acogedora.
Aaron se detiene y se gira hacia mí, se niega a soltar mi mano, al contrario, tira de ella suavemente para que dé un paso más hacia él.
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Editado: 02.06.2026