Emily
El sol de la mañana golpea contra los cristales de la cafetería, una luz tan brillante que casi me obliga a olvidar la oscuridad de la cena de anoche.
El café humea frente a mí, pero mis ojos están fijos en la entrada, esperando ver aparecer esa figura familiar que no me exige nada más que ser Emily, la chica que solía reírse antes de que su mundo se convirtiera en un campo de minas.
Cuando la puerta se abre, Aarón entra con esa zancada relajada que lo caracteriza. Lleva su chaqueta abierta sobre una camiseta blanca y el cabello rubio ligeramente despeinado por el viento. En cuanto me ve, su rostro se ilumina con una sonrisa que, por un segundo, logra distraerme de toda mí situación.
Está en el último año de la carrera, un paso por delante de mí en ese laberinto de clínicas y pacientes. Es el tipo de chico que parece haber nacido con un espejo bucal en la mano, sus padres son dos de los odontólogos más reputados de la ciudad, dueños de una cadena de clínicas privadas donde el lujo se mezcla con la medicina.
Cualquiera pensaría que sería un arrogante, un calco joven de lo que Sam representa, pero es todo lo contrario. Es el apoyo constante, el que me pasa sus apuntes de cirugía maxilofacial y el que me recuerda que hay vida más allá de la universidad.
—Vaya, la futura estrella de la odontología ha logrado salir de la cama —dice mientras se desliza en la silla frente a la mía—. Tenías una cara de pocos amigos en los mensajes de anoche.
Siento una punzada de pánico, no puedo mencionarle esto a nadie.
—Lo siento, fue un día duro —respondo, refugiándome en mi taza de café.
Arquea una ceja, no presiona. Esa es una de las cosas que más valoro de él, sabe cuándo necesito espacio.
—Bueno, pues tengo el antídoto perfecto para eso —musita, inclinándose hacia delante, sus ojos azules brillan con entusiasmo—. ¿Te enteraste de la fiesta de la próxima semana? Los de último año estamos organizando algo grande en la casa de campo de mis padres. Piscina, música, nada de batas blancas y sobre todo, nada de profesores.
Me muerdo el labio, una fiesta suena a gloria, a una oportunidad de cambiar de ambiente.
—Me encantaría que fueses conmigo, Em —continúa él, y su mano roza la mía sobre la mesa, un contacto cálido y sencillo, carente de la electricidad violenta que siento con Sam—. Mis padres no estarán y quiero que te distraigas. Has estado demasiado metida en los libros... o en la clínica del doctor Cooper. Ese tipo te está absorbiendo la energía.
El nombre de Sam entre sus labios me hace estremecer.
Si supiera que el hombre al que critica estuvo sentado en mi mesa anoche, besando a mi madre y apretando mi rodilla bajo el mantel, probablemente perdería esa calma que lo caracteriza.
—Me gustaría ir contigo, de verdad —trato de que mi sonrisa sea lo más genuina posible—. Necesito un descanso. Siento que si paso un minuto más entre paredes de azulejos, voy a enloquecer.
—Hecho —dictamina él con un guiño—. Te pasaré a buscar. Iremos con mi auto, sin prisas. Mis padres incluso me han dicho que puedo invitar a quien quiera y tú eres la primera en la lista.
Me río y esta vez la risa es real, el tiene esa capacidad de hacerme sentir normal, de recordarme que tengo veintidos años y que debería estar pensando en fiestas y en chicos como él, no en juegos de poder psicológico con un profesor de treinta y nueve años.
Mientras charlamos sobre los exámenes finales y sobre los planes de su familia para abrir una nueva sede de su clínica, me permito relajar los hombros. el es camino seguro, el futuro brillante y estable que mi madre siempre soñó para mí, es el hijo de odontólogos exitosos, el heredero de un imperio, el chico guapo y bueno que me trata bien. A pesar de la calidez de su mano y la dulzura de su invitación, una parte de mí, una parte oscura y traidora, se pregunta qué cara pondría Sam si me viera entrar a esa fiesta colgada del brazo de Aaron.
Me pregunto si sus celos, esos que vi arder en el retrovisor del coche anoche, estallarían por completo al ver que no soy una posesión que pueda guardar.
—¿Em? ¿Sigues aquí? —me pasa la mano frente a los ojos, divertido.
—Sí, perdón. Me quedé pensando en la cantidad de instrumental que tengo que esterilizar hoy —miento, sintiendo una vez más el peso de mi doble vida.
—Olvídate de eso por hoy. Disfruta de tu café. Mañana será otro día de tortura en la facultad, pero hoy... hoy solo somos nosotros.
Bebemos el resto del café entre bromas y planes para la fiesta. Por un momento, me convenzo a mí misma de que puedo manejarlo. Que puedo tener a Aaron como mi refugio y a Sam como mi castigo profesional. Sin embargo, en el fondo, sé que cuando cruce la puerta de la facultad en unas horas, el aire volverá a volverse denso y los ojos verdes del doctor Cooper estarán esperándome para recordarme que, por mucho que intente escapar con chicos buenos, yo ya he sido marcada por el error más perfecto de mi carrera.
#123 en Novela romántica
#43 en Chick lit
padrastro e hijastra, enemiestolovers, millonario diferencia de edad ambicion
Editado: 31.03.2026