Mi Padrastro

11. Entre la espada y la pared

Emily

La puerta se cierra con un clic seco, dejando a Aaron en la habitación contigua, me quedo sola en este cuarto desconocido, rodeada de abrigos amontonados y el eco amortiguado de la fiesta que ruge un piso más abajo, el silencio aquí arriba es casi doloroso comparado con el frenesí de la piscina.

Me paso la toalla por los brazos, el frío no es exterior, viene de mis huesos. Los cócteles que tomé han decidido que este es el momento exacto para reclamar su territorio. Siento una oleada de calor subir por mi cuello, seguida de un ligero balanceo del mundo. Estoy consciente, perfectamente capaz de recitar los elementos de la tabla periódica si fuera necesario, pero mis extremidades empiezan a sentirse como si estuvieran hechas de algodón.

—¿Aaron? —murmuro, probando mi propia voz.

Me quito el vestido empapado, que se siente como una armadura de plomo, me pongo apresuradamente una sudadera gigante que encontré sobre una silla. Huele a perfume de hombre y a ropa limpia. Me miro en el espejo del tocador, mis mejillas están encendidas, mis ojos brillan con una mezcla de adrenalina y alcohol.

—Aaron, ya estoy lista —digo un poco más fuerte, acercándome a la puerta.

Abro la madera pesada y me encuentro con el pasillo.

Está completamente desierto.

Las luces de los apliques de la pared parpadean levemente, dándole al corredor un aire cinematográfico y distorsionado.

Espero ver al rubio apoyado en la pared de enfrente, esperándome con esa sonrisa de suficiencia, pero no hay nadie, solo el largo pasillo alfombrado que parece estirarse ante mis ojos.

—¿Aaron? ¿Estás ahí?

Camino hacia la habitación de al lado, la que él señaló. Golpeo suavemente, luego con más fuerza.

Nada.

Giro el pomo y la puerta se abre para revelar un cuarto de invitados vacío, con las camas perfectamente hechas, un escalofrío me recorre la espalda.

¿A dónde se ha ido? Quizás pensó que tardaría más y bajó por algo de beber, o quizás Stella lo interceptó.

El drama de la situación empieza a filtrarse en mi mente nublada, la sensación de abandono es desproporcionada y el alcohol hace que se magnifique.

No voy a quedarme aquí arriba como una tonta esperando en un pasillo vacío.

Decido bajar, me encamino hacia las escaleras principales, pero con el primer paso, el suelo parece inclinarse cinco grados hacia la izquierda. Me apoyo en la pared, sintiendo la textura del papel tapiz bajo mis yemas.

«Estoy bien, solo es el efecto de la piscina» me repito. Sin embargo, cada paso es un desafío de coordinación. El mundo tiene un ligero retraso, yo giro la cabeza y mi visión tarda medio segundo en alcanzarme.

Llego al inicio de la gran escalera de caracol, los escalones de madera pulida brillan bajo la lámpara de araña como si estuvieran cubiertos de aceite. Abajo, el vestíbulo se ve extrañamente lejano. Sujeto la barandilla con fuerza, sintiendo el metal frío.

Empiezo a bajar. Uno, dos, tres escalones.

De repente, un mareo más fuerte que los anteriores me golpea, la alfombra roja de los escalones parece ondular como el agua de la piscina. Mi pie derecho no encuentra el apoyo que esperaba y mi cuerpo se inclina peligrosamente hacia el vacío. El pánico me atraviesa, una descarga de electricidad que me aclara la mente justo a tiempo para ver el suelo acercándose, el impacto nunca llega.

Un brazo firme y sólido como una viga de acero me rodea la cintura, tirando de mí hacia atrás con una fuerza brusca. Al mismo tiempo, una mano engulle mi antebrazo, estabilizándome. El impulso me hace chocar contra un pecho duro. El olor me golpea de inmediato: no es el cítrico de Aaron, es algo más oscuro, más terroso.

Levanto la vista, con el corazón martilleando contra mis costillas, me quedo perpleja, el aire se congela en mis pulmones.

—¿Sam? —susurro, incrédula.

Me sostiene con una intensidad que roza la rudeza, sus ojos oscuros están fijos en los míos, analizando mi estado con una mezcla de irritación y algo que no alcanzo a descifrar. Sus cejas están fruncidas y su mandíbula se ve tan tensa que parece que va a romperse.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Emily? —su voz es una caricia áspera, cargada de una reprimenda que me hace sentir como una niña pequeña.

—Yo... Aaron se fue, y yo... —balbuceo, tratando de recuperar mi dignidad mientras mis piernas siguen temblando.

Antes de que él pueda responder, el eco de varias voces subiendo por las escaleras secundarias nos alcanza. Risas estridentes y gritos de borrachos que buscan un lugar más privado para continuar la fiesta, el castaño se tensa visiblemente, su mirada recorre el pasillo en busca de una salida rápida.

Sin pedir permiso, me arrastra del brazo, no es un tirón suave, es imperativo, me empuja hacia la puerta más cercana, que resulta ser el baño del pasillo. Entramos casi de atropello y antes de que pueda protestar, él cierra la puerta tras de nosotros, girando el pestillo, el sonido metálico del seguro suena definitivo en el pequeño espacio.

El baño es lujoso, con azulejos negros y una luz tenue que sale de los bordes del espejo. Sam se queda de pie frente a la puerta, bloqueándola con su cuerpo.




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