El laboratorio estaba prácticamente en silencio. El zumbido constante de los sistemas de filtrado, el murmullo del agua circulando por los tanques, el leve golpeteo de alguna válvula ajustándose; todo formaba parte de una estructura que Lev comprendía y que, de cierto modo, lo relajaba.
Todo funcionaba como debía ser.
Revisó por tercera vez los parámetros en la pantalla. Temperatura estable. Niveles de oxígeno correctos. Salinidad dentro del rango esperado. No era necesario comprobarlo otra vez, pero lo hizo de todos modos. No por desconfianza en el sistema, sino porque el sistema dependía de que nadie cometiera errores.
Y hoy, claramente, alguien ya lo había hecho.
La tal Montgomery, por ejemplo, que ni siquiera había llegado.
El primer envío de especímenes había sido puntual. Impecable, incluso. Pero su compañera de investigación, la persona que, según los documentos, debía estar allí con él desde el inicio, había sufrido un “percance”.
Lev no necesitaba más detalles. El resultado era suficiente: estaba solo.
No le molestaba trabajar de ese modo. De hecho, lo prefería. Lo que le molestaba era la falta de previsión.
Dejó la tableta con un gesto seco y se dirigió al área de recepción de contenedores justo cuando el personal de logística terminaba de retirarse. Había supervisado cada paso: apertura, aclimatación, traslado. Sin margen de error.
Ahora los peces nadaban en sus respectivos tanques, aún cautelosos, adaptándose al nuevo entorno.
Lev se detuvo frente a uno de ellos, observando.
Movimiento lento. Distancia entre individuos. Ningún indicio inmediato de estrés severo.
Bien.
Tomó el recipiente con alimento y dejó caer una pequeña cantidad en la superficie. Los peces reaccionaron con cautela, como era de esperar.
Todo estaba bajo control.
O lo estaría, si el resto del equipo cumpliera con lo mínimo esperado.
Intentó respirar con calma. Si así empezaba el proyecto, no prometía nada bueno.
Fue entonces cuando escuchó pasos. Rápidos. Irregulares. Nada sincronizados con el ritmo del laboratorio.
Lev no se giró de inmediato. Terminó de observar el comportamiento de los peces unos segundos más.
—Disculpa —dijo una voz femenina, ligeramente agitada—. Perdón, perdón, sé que llego tarde, ha sido un desastre absoluto.
Lev se giró y parpadeó.
La mujer que tenía delante no encajaba.
Bata mal abrochada. Cabello recogido apresuradamente en un moño que claramente había perdido la batalla contra la gravedad. Mejillas ligeramente sonrojadas. Respiración acelerada.
Si no fuera por la credencial que colgaba de su cuello, Lev habría asumido que alguien se había equivocado de puerta.
Ella terminó de ajustarse el cabello con un gesto rápido y se acercó con decisión.
—Florence Montgomery —dijo, extendiéndole la mano—. Siento muchísimo la demora, mi vuelo se atrasó por una tormenta y luego el tráfico fue de terror.
Lev no tomó su mano.
—Estoy trabajando —respondió, señalando brevemente sus guantes.
Hubo un segundo de pausa.
Montgomery bajó la mano, comprendiendo.
—Claro. Sí. Obvio —dijo, y sin perder el impulso, se dirigió directamente al lavabo—. Es que de verdad fue un caos, primero anunciaron que salíamos en hora y luego…
Abrió el grifo y comenzó a lavarse las manos con una eficiencia sorprendente para alguien que hablaba sin detenerse.
—…unos minutos antes de abordar dijeron que habría que esperar, y cuando por fin pudimos volar y aterrizar había una fila interminable para taxis, y el conductor iba a paso de tortuga.
—No necesito esa información —interrumpió Lev, con voz firme pero baja.
Montgomery cerró el grifo, se quedó quieta un instante y luego asintió.
—Tienes razón —dijo, soltando el aire—. Perdón.
Se secó las manos, se giró y entonces lo miró. No de manera casual. Fue más bien un escaneo. Lento. Detenido. Sin disimulo. Desde la cabeza hasta los pies y de vuelta.
Y sonrió. Apenas, pero Lev lo notó.
Frunció ligeramente el ceño. ¿Así eran las mujeres australianas? ¿Descaradas? ¿Sinvergüenzas?
Se aclaró la garganta.
—¿Le ayudo en algo, señora Montgomery?
Ella soltó una pequeña risa.
—Señorita. Completamente soltera.
Lev no respondió.
Se dio la vuelta con la clara intención de dar por terminada la interacción y tomó nuevamente el recipiente de alimento.
Los peces se acercaron con más confianza esta vez.
—¿Eres Lev, cierto? —preguntó ella detrás de él.
—Volkov.
—Ese es tu apellido.