Veinticuatro horas más tarde, Florence tenía bien claro que Lev no la quería. Solo que era demasiado educado para mandarla al diablo, lo que, por supuesto, lograba exactamente el efecto contrario: a ella le gustaba más.
No era algo nuevo. Recordaba muy bien a su primer amor, Gregory. Tenían siete años, y Florence siempre insistía en sentarse a su lado, incluso cuando era evidente que él no sentía ningún tipo de interés romántico.
Luego había sido Luke, a los once. Él le jalaba el cabello y la empujaba, pero Florence se había enamorado perdidamente y lo había “reformado”. Él había terminado regalándole una flor a modo de disculpa, y durante un breve período habían sido muy felices… hasta que el desgraciado se enamoró de Cynthia.
En fin, su vida tenía una larga lista de amores de ese tipo. A Florence le encantaba enseñarle a los gruñones a amarla… aunque luego se fueran con sus nuevos aprendizajes a amar a otra.
Lev no iba a ser la excepción.
O sí. Con suerte, no se iría con otra. Pero como que se llamaba Florence Montgomery que iba a terminar teniendo una cita con ese hombre.
—Señorita Montgomery —la llamó.
Florence sonrió, conteniendo el impulso de morderse el labio inferior. “Señorita Montgomery” sonaba peligrosamente bien en su voz y con su acento ruso.
—¿Sí, Lev? —respondió con una sonrisa espléndida.
—Debo salir diez minutos.
Florence asintió, resistiendo la tentación de preguntarle qué iba a hacer. Después de todo, ella había llegado tarde el día anterior (por fuerza mayor) así que no veía mal que él se tomara diez minutos para hacer… lo que fuera que necesitara hacer.
—Descuida, yo me encargo de todo —le aseguró, dedicándole otra sonrisa.
Lev solo asintió y salió. Así son más. Ignorándola por completo.
Para no quedarse parada como una tonta, decidió alimentar a los peces. Afortunadamente, seguían sin presentar signos de estrés. Algunos permanecían tímidos, pero todos se alimentaban, lo cual era una muy buena señal.
—Eso es, coman —dijo con entusiasmo—. Ya sé que no les gusta estar aquí y que debe ser infinitamente aburrido comparado con donde vivían, pero volverán, solo… tienen que hacer bebés primero.
Detrás de ella alguien se aclaró la garganta.
Florence volvió a sonreír cuando vio a Lev.
—¿Por qué le habla a los peces?
—Solo hago amigos —respondió con ligereza, y luego añadió con picardía—: quizá me los gane más rápido que a ti.
Lev la ignoró, otra vez.
—Olvidé mi teléfono. Ahora sí me voy.
Florence asintió. Ya caería. Todo a su tiempo.
Continuó con el trabajo, yendo pecera por pecera, revisando parámetros, observando comportamientos, anotando pequeños detalles mentales que luego volcaría en el registro.
Sonrió al ver a los peces agitando las aletas, algunos más confiados que el día anterior. Independientemente de Lev, ella ya estaba muy feliz por haber sido aceptada en ese proyecto. No solo le permitía trabajar con fauna marina, su pasión, sino que además le había dado la excusa perfecta para regresar a Inglaterra.
Porque, aunque viviera en Australia desde hacía años, nunca dejaba de añorar un poco Oxford. Al fin y al cabo, allí estaba el noventa por ciento de su familia. Sus tíos, sus primos, muchos de ellos ya con hijos, esos pequeños a los que adoraba y que no quería perderse ver crecer.
Además, sus padres llegarían pronto. Estaban disfrutando de un viaje por distintos países que culminaría en Inglaterra, donde pensaban instalarse un tiempo para visitarla.
No todo era perfecto, claro.
Había dejado a alguien muy especial en Australia. A su otra mitad, Sebastian.
Su confidente, su cómplice, su amigo… y, en ocasiones, su enemigo. Su único hermano y, para colmo, su gemelo.
Pensar en él le sacó una sonrisa.
Sebastian probablemente estaría quejándose en ese mismo instante de su ausencia, dramatizando la tragedia de tener que vivir sin ella.
Le había prometido llamarlo esa noche. Y lo haría, pero no iba a decirle (todavía) que había conocido a un ruso atractivo, con pasión por los peces como ella y completamente impermeable a sus encantos.
Primero necesitaba avances.
Florence miró la hora en el reloj de la pared cuando escuchó pasos.
¿Ya habían pasado diez minutos? Lev era demasiado puntual. Aunque… esos pasos no sonaban como uno solo.
Miró hacia la puerta y entonces lo vio entrar. Efectivamente, era Lev. Y junto a él entró la criatura más absurdamente adorable que Florence había visto en su vida.
A juzgar por el cabello rubio y los ojos azules, debía de ser su hija. Llevaba una mochila rosa y vestía un uniforme escolar impecable. Su coleta estaba perfectamente armada, sin un solo cabello fuera de lugar.
—Anya, ella es la señorita Montgomery —dijo él, demasiado formal para dirigirse a una niña pequeña—. Señorita Montgomery, ella es mi hija, Anya.