Un rato más tarde, Florence vio cómo Anya asomaba la cabeza desde la sala de descanso.
—¿Y mi papá? —preguntó, mirando alrededor.
—Fue al baño —explicó Florence con dulzura—. ¿Necesitas algo?
Anya la miró durante un segundo con sus enormes ojos azules y luego asintió.
—Ya terminé mi tarea y quiero mi merienda.
—Excelente, entonces esperemos a tu papá, porque no sé qué comes.
—Está bien —respondió Anya, y su atención se desvió hacia los peces—. ¿Puedo verlos?
Florence asintió con una sonrisa.
—Siempre y cuando me prometas no tocar nada.
—Se lo prometo, señorita Montgomery.
Esa niña le iba a disparar los niveles de azúcar.
—Puedes decirme Florence.
—Papá dice que debo ser respetuosa con los adultos —respondió ella con total seriedad.
—No es una falta de respeto llamar a un adulto por su nombre si te da permiso para hacerlo.
Anya la observó un momento y entonces sonrió, con un leve atisbo de picardía.
—Me cae bien.
Florence sintió que algo dentro de su pecho se derretía.
—Tú me caes muy bien también, Anya —respondió con una sonrisa enorme—. A ver, hagamos algo.
—¿Qué?
—Para estar aquí hay que tener las manos limpias, así que puedo sostenerte para que te las laves allí —señaló el lavabo en una esquina.
—Está bien.
Anya la siguió con pasos ordenados. Florence abrió el grifo y luego la levantó con cuidado.
—Lávalas súper bien, entre los dedos también —indicó, intentando que sus brazos no temblaran.
Claramente no estaba acostumbrada a cargar con tanta facilidad a una niña de cinco años.
—Listo —anunció Anya al cabo de unos segundos.
Florence la bajó con suavidad y tomó unas toallas de papel para secarle las manos. Mientras tanto, Anya la observaba con atención.
—Yo puedo sola —dijo entonces.
—Seguro que sí, pero a veces es lindo que te ayuden —respondió Florence con una sonrisa.
Anya también sonrió, aunque no llegó a decir nada porque Lev apareció en ese momento y las observó con el ceño fruncido.
—Anya, te dije que no salieras de la sala.
—Lo siento, papá.
Florence paseó la mirada de uno a otro y decidió intervenir antes de que el ambiente se tensara aún más.
—Yo la invité a ver los peces, y se estaba lavando las manos porque aquí es muy importante hacerlo —explicó con tono ligero.
Lev la ignoró por completo.
—¿Terminaste tu tarea, Anya?
—Sí, papá —asintió—. Estoy lista para merendar.
—Perfecto. Regresa a la sala. Te llevaré todo en unos minutos.
Anya miró a Florence como si le pidiera ayuda.
—Puede quedarse conmigo —sugirió Florence con amabilidad—. Le contaré un poco de los peces y…
—Anya, ve a la sala de descanso —interrumpió Lev.
Anya asintió de inmediato.
—Sí, papá.
Florence le dedicó una sonrisa antes de que se marchara, como si con eso pudiera suavizar la situación. Pero cuando la puerta se cerró, algo dentro de ella cambió.
Se dio la vuelta y caminó hacia la cocina sin mirar a Lev.
De pronto, ya no le parecía atractivo.
Le parecía un idiota.
¿Por qué trataba a una niña de cinco años como si fuera un soldado?
—Señorita Montgomery, le voy a pedir que no vuelva a sugerir a mi hija ver a los peces —dijo él, siguiéndola.
Florence no se giró.
Tomó su taza, colocó café en el filtro y encendió la cafetera.
—Por supuesto.
—¿Es sarcasmo lo que noto en su voz? —inquirió Lev.
Florence entonces lo miró de arriba abajo, pero ya no con coquetería.
Con decepción.
—Me parece que eres demasiado cortante con Anya.
—A mí me parece que no me conoce lo suficiente para opinar sobre cómo educo a mi hija.
—Tienes razón, absolutamente —admitió con honestidad—, pero ella solo quería ver a los peces.
—Es peligroso que esté en el laboratorio.
—Yo iba a supervisarla.
—¿Tiene hijos?
—No.
—Entonces no creo que sepa cómo supervisar a un niño de cinco años.
Florence abrió la boca, indignada.
—No me conoces. Hay un montón de niños en mi familia y…
—No me interesa —la cortó.