Lev llegó a trabajar al día siguiente después de dejar a Anya en el colegio. La señorita Montgomery ya estaba allí, haciendo anotaciones mientras observaba una pecera en particular.
—Buenos días —saludó.
Un gesto por educación, no porque realmente quisiera hacerlo. Esa mujer se había atrevido a meterse en la crianza de su hija y opinar sin saber. Era algo que no toleraba en nadie.
—Hola —respondió ella sin siquiera voltear a verlo.
Para colmo, estaba ofendida.
—¿Algún cambio? —preguntó, colocándose a su lado para observar la pecera que ella analizaba.
—Parece que no se llevan bien —dijo, encogiéndose de hombros—. Él debe ser medio bruto, como los machos promedio.
Lev entornó los ojos y giró la cabeza para mirarla.
—¿Sigue hablando de los peces?
—Por supuesto —respondió con absoluta condescendencia.
Lev se pellizcó el puente de la nariz. De todos los biólogos marinos del mundo que habían postulado para ese proyecto, había tenido la desdicha de que lo asignaran con la más exasperante.
—Me gustaría que hoy no juegue con mi paciencia —masculló.
—A mí me gustaría que usted no me gruña, pero son cosas que no pasarán, ¿verdad? —sonrió con falsedad antes de alejarse.
Lev la siguió.
—Así que ahora me habla de usted. Decidió ser respetuosa.
—Mjm.
—Interesante.
Ella no respondió, y eso solo logró exasperarlo más.
—¿Así van a ser todos estos meses? —preguntó.
—Depende.
—¿De qué depende?
—De si su actitud, señorito Volkov, sigue siendo la de un ogro —lo señaló con el dedo—. Ayer me habló feo y, después de reflexionar mucho, no tengo porqué quedarme callada ante semejante situación.
—¿Señorito? —arrugó el ceño.
—No veo un anillo en su dedo —respondió con un encogimiento de hombros, completamente indiferente.
—Porque soy soltero —dijo entre dientes—. Sin embargo, llámeme señor Volkov.
Ella soltó una risita sarcástica.
—Sí, cómo no.
Tomó el recipiente con alimento y se acercó a la pecera de los especímenes que parecían no querer socializar.
—Veamos si esto los anima, necesitamos bebés.
Lev levantó una ceja, observándola.
—A ver, sé que los machos pueden ser estúpidos, pero hay que preservar la especie, Poppy.
—¿Poppy?
—Poppy la pecesita —dijo ella, casi ofendida por la pregunta—. El pez se llama Wilson.
—¿Les está poniendo nombre?
—Sí.
—¿Y cómo les puso a los peces payaso? ¿Nemo? —se burló.
—Sí, ríase, eso hará todo más ameno.
Lev suspiró, se acercó a la pecera con peces ángeles y los señaló.
—¿Cómo los distingue?
—Poppy se contonea mucho, es coqueta, se adaptó rápido y tiene una pequeña manchita en una aleta. Wilson es… —alzó la mano con indignación— gruñón. ¿A quién se le ocurrió ponerlos juntos?
Lev suspiró y se encogió de hombros.
—Dijeron que habían visto posibles señales de apareamiento.
—Bueno, no sé quién analizó la situación, pero yo opino que estos dos no se quieren.
Ambos peces se acercaron a la comida, y los dos los observaron en silencio durante unos segundos.
—¿Alguna señal de agresividad? —preguntó Lev.
—No, simplemente se ignoran.
—¿Posible enfermedad en Wilson?
—Está en perfectas condiciones. No hay nada que indique lo contrario —respondió, suspirando.
—Es pronto todavía. Es probable que les lleve más de un par de días aparearse.
—Pero que conste en actas que Poppy está lista, porque es una pecesita inteligente que quiere preservar la especie.
—Quizá ella debería ser menos avasallante —comentó Lev.
—Claro, que apague su luz para encajar con él —replicó con burla—. Yo no pienso quedarme callada mientras usted me habla feo.
Lev la miró, alzando las cejas.
—Pensé que hablábamos de Poppy.
—Sí… y de mí —lo señaló otra vez, irritándolo—. De nosotros. No crea que no espero unas disculpas por su comportamiento.
—Si me disculpo, tenga muy claro que no puede volver a meterse en las decisiones que tomo respecto a la crianza de mi hija.
—Yo no intervine —respondió, y sus ojos chispearon con enojo—. Simplemente iba a mostrarle los peces.
—Se puede lastimar en el laboratorio.
—No si no toca nada. No si está bajo mi supervisión —enumeró—. No cuando Anya es más obediente que cualquier niño que haya visto en mi vida.