Mi papá no sabe cómo sonreír

~4~

Florence estaba sentada en la sala de descanso cuando Lev apareció con dos tazas de café y las tartaletas.

Le había hecho caso.

Eso, sin duda, tenía que ser positivo.

Quizá ese ogro tuviera solución.

—Aquí tiene.

—Gracias —dijo Florence, tomando la taza y devolviéndole una sonrisa—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

Él apoyó las tartaletas en la mesa de centro y se sentó en el otro sofá, manteniendo una distancia que Florence encontró innecesariamente calculada.

—Dígame.

—Anya va al colegio aquí.

—Sí.

—¿Entonces ya vivían en Oxford?

—Exactamente.

Florence asintió con una sonrisa, llevándose la taza a los labios.

—Eso explica porqué ella no tiene acento.

Él no dijo nada.

Florence ladeó apenas la cabeza, observándolo.

—Tú sí tienes, pero es lindo.

Lev siguió sin responder, pero Florence no se rindió. Alguien tenía que sacar a flote aquella embarcación, porque si dependía de él, se hundirían en un océano de silencios incómodos.

—Yo siempre mantuve mi acento inglés aunque me fui a Australia siendo pequeña.

Eso pareció despertarle cierto interés.

Lev levantó apenas la mirada.

—¿No es australiana?

—No, nací aquí —explicó—, pero nos fuimos por el trabajo de mi papá. Aunque cada año volvíamos a visitar a la familia.

Lev asintió lentamente, observándola como si esperara que dijera algo más.

Florence lo notó y decidió, con total intención, no darle más información.

Si quería saber, que preguntara.

No iba a regalarle detalles de su vida a alguien que apenas hacía el esfuerzo de sostener una conversación básica.

Él, sin embargo, volvió a su café. Y la charla murió con una rapidez admirable.

Florence resopló.

Se echó hacia atrás en el sofá, cruzó una pierna sobre la otra y miró la hora en el reloj de pared. Todo estaba bajo control en el laboratorio. Los peces se habían alimentado, los parámetros estaban estables y no había nada urgente que hacer… salvo esperar la llegada de los nuevos especímenes.

Faltaba al menos una hora.

Una hora.

Con Lev.

En silencio.

Florence sintió cómo la incomodidad comenzaba a treparle por la espalda.

—¿No puede quedarse quieta? —preguntó Lev cuando ella comenzó a agitar la pierna de arriba abajo.

Florence ni siquiera se había dado cuenta de que lo hacía.

—No me gusta el silencio.

—A mí me encanta.

Florence suspiró, tomó un trago de café y cerró los ojos un segundo.

Estaba bueno.

Y eso ayudaba, considerando que se había desvelado la noche anterior hablando con Sebastian, que había decidido que su ausencia era una tragedia nacional digna de debate durante horas.

—¿Hoy traerás a Anya? —preguntó entonces, abriendo los ojos.

—Sí, vendrá todos los días.

Florence levantó ligeramente las cejas.

—Qué extraño que no tenga niñera.

Lev la miró.

—¿Le molesta que la traiga?

Florence negó de inmediato y soltó una pequeña risa, casi ofendida por la insinuación.

—Ay, no. Anya es un encanto. Me divertirá mucho tenerla aquí, solo preguntaba —se encogió de hombros.

Lev soltó un suspiro.

—No me gustan las niñeras. No creo que nadie esté lo suficientemente capacitada para cuidar de mi hija.

Florence esbozó una sonrisa.

Tenía que reconocerlo. Podía ser un ogro con aires de sargento, pero al menos parecía querer proteger a Anya.

Y eso, en el fondo, sumaba puntos.

—Qué suerte que te hayan permitido traerla.

—Prometí que mi hija es un ejemplo de disciplina —respondió—, porque lo es. Así que, mientras no toque nada en el laboratorio, podrá seguir viniendo.

Florence lo miró con cierta suavidad.

—¿Por eso no querías que le enseñara los peces?

—Por eso y porque, como le dije, puede lastimarse.

Florence asintió lentamente. Entendía el punto. No lo compartía del todo, pero lo entendía.

—¿Puede comer tartaletas?

Lev la miró como si hubiese hecho una pregunta absurda.

—No, eso no es saludable —señaló las tartaletas con visible desaprobación.

Florence bajó la vista hacia ellas.




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