Para la tarde, cuando todos los especímenes nuevos estaban instalados y el laboratorio había recuperado su ritmo controlado, Florence tomó su descanso para comer algo. Había pasado buena parte de las últimas horas entre anotaciones, observaciones y algún que otro comentario dirigido a los peces (porque claramente alguien en ese lugar debía aportar humanidad) así que se sentía más que merecedora de ese pequeño respiro.
Cuando entró en la sala de descanso, encontró a Anya.
Estaba sentada con la espalda perfectamente recta, concentrada en ordenar sus lápices de colores con una eficiencia que Florence solo podía describir como inquietante en alguien de esa edad. Los alineaba por tonos, de claro a oscuro, con una precisión casi obsesiva.
Anya levantó la vista apenas la vio.
Y le sonrió.
Florence, por supuesto, le devolvió el gesto de inmediato, sintiendo cómo algo cálido se acomodaba en su pecho. Era imposible no hacerlo.
Se acercó y se sentó a su lado, inclinándose ligeramente para observar lo que estaba haciendo.
—¿Cómo vas con tu tarea?
—Ya la terminé —dijo ella con total naturalidad.
Florence levantó las cejas, impresionada.
—¿Tan rápido?
—Sí.
Claro que sí. Por supuesto que sí.
Florence bajó la mirada hacia el cuaderno.
—¿Tenías que dibujar? —preguntó al ver dos figuras hechas con líneas simples, tomadas de la mano.
—Sí, somos mi papá y yo.
Florence sonrió y se inclinó un poco más para observar mejor. Y entonces notó que en la cara de Lev, la sonrisa era una línea recta. Mientras que Anya se había dibujado con una curva amplia, feliz.
—¿Esa es la boca de tu papá? —preguntó, curiosa.
—Sí —respondió Anya—. Está serio, así.
Y lo imitó.
La mueca fue tan precisa que Florence tuvo que hacer un esfuerzo consciente por no reír.
—¿Y no quieres hacerle una sonrisa? —preguntó con suavidad.
Anya la miró.
—Mi papá no sabe cómo sonreír, entonces no sé cómo es su sonrisa.
Florence sintió algo incómodo. En otras circunstancias el comentario podría haber sido gracioso, pero no lo fue.
—Claro —murmuró, forzando una sonrisa—. Tiene sentido.
No iba a hacer un drama del asunto. No delante de una niña.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó Anya, con curiosidad.
Florence bajó la vista hacia la última tartaleta que le quedaba.
—Es algo para acompañar mi té.
—Se ve buena —dijo Anya, sonriendo—. ¿Puedo probar?
Florence dudó. Miró a Anya, luego a la puerta y por último a la tartaleta.
Suspiró apenas y, con la discreción de alguien a punto de cometer un crimen, cortó un pequeño trozo.
—Toma… pero no le digas a tu papá que te di —susurró.
Anya abrió los ojos con emoción.
—Prometo que no —respondió en el mismo tono conspirativo antes de llevarse el pedacito de tartaleta a la boca.
Masticó, tragó y suspiró.
—Es muy deliciosa… y dulce —declaró—. Papá no me deja comer estas cosas porque no son buenas para mí.
Florence sonrió con ternura.
—Bueno, entonces recuerda no decirle que te di.
Anya soltó una pequeña risita.
—No voy a decirle. Es nuestro secreto de amigas.
Florence sintió que se derretía.
—¿Así que soy tu amiga? —preguntó, emocionada.
—Sí. Si tú quieres.
—Claro que quiero.
Anya volvió a concentrarse en sus cosas, guardando sus lápices con el mismo orden impecable.
Florence, casi por inercia, comenzó a pasarle algunos para ayudarla, disfrutando de la simple tarea compartida.
Luego tomó el cuaderno, pidió permiso con la mirada y, al recibir un pequeño asentimiento, lo guardó en la mochila.
Cuando Lev entró, se quedó observándolas.
Florence sintió su mirada de inmediato, levantó la vista y, por un segundo, deseó que ayudar a guardar útiles escolares no fuera otra de sus tantas normas.
Por suerte, no dijo nada.
Se limitó a acercarse y dejar un vaso de leche frente a Anya, acompañado de un plato con galletas.
—¡Galletas de avena! —celebró Anya.
Florence no pudo evitar sonreír.
Era adorable.
—Mi papá las hace —añadió.
Florence la miró con interés.
—¿Sí?
—Sí, y son deliciosas. Les pone pasas de uva. ¿Quieres una?
Florence miró a Lev buscando aprobación. Para su sorpresa, él asintió.