Lev había tenido los tres días más caóticos de su vida, y ese caos tenía nombre y apellido: Florence Montgomery.
Y, para su desgracia, Anya la amaba.
Así, sin más.
Habían pasado tres días desde que Florence había aparecido en sus vidas, y ni siquiera podían considerarse días completos. Apenas coincidían un par de horas cada tarde, en un entorno controlado, bajo normas claras que Lev se aseguraba de repetir. Y aun así, su hija había desarrollado una fascinación tan inmediata como inexplicable por esa mujer.
No era lógico. No era medible. Y, desde luego, no era algo que Lev hubiese previsto.
El miércoles, por ejemplo, había creído que todo terminaría con la misma calma de las jornadas anteriores. Entregaron el informe del día al equipo del turno nocturno y dejaron todo en orden.
Luego tomó sus cosas, llamó a Anya y juntos caminaron hacia la salida del laboratorio. En silencio, tranquilos, sincronizados. Justo como a él le gustaba.
Hasta que dejaron el edificio.
Apenas pisaron la acera, Anya se detuvo en seco. Lev apenas tuvo tiempo de registrar el cambio antes de que su hija reaccionara y se echara a correr.
—¡Florence! —llamó, alzando la mano con entusiasmo.
Lev giró la cabeza y la vio de inmediato, en la parada del autobús. Ella levantó la vista, encontró a Anya y le sonrió.
Lev dio un par de zancadas rápidas y tomó a Anya de la mano antes de que decidiera cruzar la calle.
—No vuelvas a hacer eso —la regañó, con el tono más elevado de lo que hubiese querido.
—Lo siento, papá.
Lev respiró hondo. No le gritaba a Anya, jamás, pero verla moverse con esa impulsividad hacia la calle le tensó el cuerpo al instante; algo antiguo y desagradable despertó bajo su piel.
—Solo recuerda que no puedes cruzar sin mí —dijo con voz más serena.
Anya asintió enseguida y, como si el momento ya hubiese pasado, sonrió.
—¿Podemos ir con Florence?
Lev miró hacia la parada otra vez. Florence seguía allí, completamente ajena a la conversación.
—¿Para qué quieres ir con ella? —preguntó, intentando mantener el razonamiento—. Ya está regresando a casa y nosotros deberíamos hacer lo mismo.
Alzó la vista al cielo.
—Parece que va a llover.
Anya lo miró, y en cuestión de segundos su expresión cambió. La preocupación le inundó el rostro de una forma que Lev no pudo ignorar.
—Florence se va a mojar. Vamos a llevarla a casa.
Lev entrecerró los ojos. No le molestaba llevar a alguien, eso no era el problema. El problema era Florence Montgomery y la forma en que, en apenas tres días, había alterado el comportamiento de su hija.
—Papá, por favor —insistió, tirando suavemente de su mano.
Lev soltó el aire y asintió, porque sabía que resistirse solo alargaría algo que podía resolverse rápido.
—Está bien, pero vamos a preguntarle. Podría no querer.
Le hizo una seña a la señorita Montgomery, que frunció ligeramente el ceño antes de cruzar la calle hacia ellos.
—¿Todo bien? —preguntó—. ¿Olvidamos algo en el laboratorio?
Anya se aferró a su pierna con total naturalidad.
—¡Te vamos a llevar a casa!
Ella rio, claramente confundida, y miró a Lev en busca de una explicación.
Lev se encogió de hombros.
—A Anya se le ocurrió que podríamos dejarla en su casa… si quiere.
—No es necesario —respondió enseguida—. Va a llover y no quisiera que se retrasen por mí.
—No te vamos a dejar solita —insistió Anya, ahora tomándole la mano—. Ven, nuestro auto está allá.
Lev señaló el estacionamiento, decidiendo no analizar demasiado si aquello era el comienzo de una etapa caprichosa en su hija.
—Vamos, no nos cuesta nada.
La señorita Montgomery sonrió ampliamente y aceptó. Anya soltó una pequeña risa de triunfo y ambas comenzaron a caminar juntas, tomadas de la mano, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
Lev las observó sin entender del todo qué estaba pasando.
Había trabajado con muchas mujeres. Anya había conocido a todas y cada una de ellas, y nunca había desarrollado ese nivel de apego. Nunca tan rápido, nunca con esa intensidad.
Quizá era porque Florence parecía hecha de brillantina. Sí, eso debía de ser. La calidez y dulzura que mostraba con su hija se sentían completamente genuinas. Él había decidido que le caía mal porque no toleraba la impuntualidad, pero, si era completamente objetivo, nadie podía competir contra un vuelo suspendido por mal clima. Luego le había restado más puntos por querer mostrarle los peces a Anya, aunque, pensándolo bien, ella no tenía por qué saber que él era tan estricto con sus cuidados.
Aun así, era demasiado ruidosa. Hablaba sin parar… incluso con los peces, por el amor de Dios.