Al día siguiente, Florence entró en la cocina con una sonrisa enorme y un pastel muy, pero muy saludable.
El más saludable que había hecho en toda su vida.
No es que fuera una gran pastelera, ni mucho menos, pero sabía leer recetas, sabía improvisar cuando era necesario y, sobre todo, sabía reconocer cuándo algo había salido bien.
Y tenía que admitir que para ser su primer pastel de zanahoria estaba francamente orgullosa con el resultado.
Había pasado buena parte de la noche anterior en su cocina, con el teléfono apoyado contra un recipiente, viendo una receta que pausaba cada pocos segundos. Había dudado con las cantidades, había probado la mezcla más veces de lo estrictamente necesario y había terminado con un ligero desastre de harina en la encimera, pero el resultado final había valido la pena.
—¡Hola, Levy! —saludó, entusiasmada, apenas cruzó la puerta.
Lev se quedó en silencio un instante, como si necesitara procesar tanto el saludo como el apodo.
Luego, finalmente, respondió:
—Buenos días, Florence.
Florence amplió aún más su sonrisa. Era un avance mínimo, pero avance al fin.
—No vas a creer lo que hice —anunció, levantando el recipiente con porciones de pastel.
Lev lo miró con una ceja ligeramente arqueada.
—¿Comida?
—¡Un pastel! —corrigió—. Y no es cualquier pastel, porque está hecho con zanahorias, harina integral y la cubierta no es de crema, sino de queso, lo que significa que no tiene nada que pueda hacerle mal a Anya.
Para su sorpresa, Lev suavizó ligeramente la expresión.
—¿Hizo un pastel para Anya?
Florence inclinó apenas la cabeza, complacida.
—Sí, Levy.
—Teníamos un trato respecto al apodo. Ya la llamé por su nombre —masculló.
—Pero no me estás tuteando —canturreó, divertida.
Lev se pellizcó el puente de la nariz.
Florence ya había identificado ese gesto como una constante en él y empezaba a resultarle divertido.
—Entonces, Florence —dijo finalmente—, ¿por qué le hiciste un pastel a Anya?
—Eso me gusta más —respondió ella, dándole una pequeña palmadita en el brazo—. Bueno, en realidad es un pastel para ti también, como agradecimiento por llevarme a casa, pero quería algo que estuviera dentro de lo permitido para Anya, así que me puse a buscar recetas.
Se acercó al refrigerador y lo abrió con naturalidad.
—¿Hornea? —preguntó Lev.
Florence se detuvo, giró lentamente la cabeza y levantó una ceja.
Lev la observó y, entonces, con un leve gruñido, corrigió:
—¿Horneas?
Florence volvió a sonreír, satisfecha.
—No muy a menudo —respondió—. Solo cuando tengo antojos o cuando invito a alguien a beber té. Ah, y también para mi hermano… le encanta que haga bollos. Tengo una receta muy buena y no es por presumir, pero me salen exquisitos.
Mientras hablaba, guardó el pastel.
Lev se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera evaluando toda la información que acababa de recibir.
Finalmente, preguntó:
—¿Tienes un hermano?
—Gemelo —respondió ella, cerrando la puerta del refrigerador.
—¿Y es como tú?
Florence se llevó una mano al mentón, pensativa.
—Bueno… tenemos el mismo color de cabello, los mismos ojos… misma nariz —enumeró—. Él es más alto, pero sí, somos bastante idénticos, quitando, claro, que él es hombre.
Lev la miró.
—Me refería más a la forma de ser.
Florence señaló la cafetera con naturalidad.
—¿Me haces uno? Me vendría bien.
Lev la miró.
—Sí, claro. Más cafeína —dijo, con una sonrisa tensa—. Es exactamente lo que necesitas.
Florence lo ignoró por completo.
—Respondiendo a tu pregunta, la verdad es que Sebastian y yo somos muy encantadores. Desbordamos simpatía.
Lev asintió mientras ponía en marcha la cafetera.
—Claro. Sus reuniones familiares deben ser… caóticas.
Florence rio.
—Lo son —admitió—. Sobre todo cuando nos reunimos todos los Montgomery. Somos demasiados.
Por un instante, sintió una punzada leve en el pecho, necesitaba con urgencia una reunión familiar de domingo.
—¿Qué me dices de ti? —preguntó—. ¿Los Volkov son muchos?
Lev no dudó.
—Anya y yo.
Florence se quedó en silencio.
—¡Ah!
No era exactamente la respuesta que esperaba.