Florence llevaba sintiendo la mirada de Lev desde hacía por lo menos una hora.
No era una impresión vaga ni una exageración producto del aburrimiento. No. Era una certeza bastante sólida. Cada vez que se movía entre las peceras, cada vez que anotaba algo, cada vez que regresaba a su computadora… ahí estaba.
Observándola.
Al principio había sido curioso, luego, ligeramente halagador y, finalmente, inquietante.
Porque no era una mirada casual ni distraída. Era una mirada sostenida, analítica, casi como si la estuviera estudiando.
Como si fuera una especie nueva.
Florence anotó un último dato sobre el comportamiento de los caballitos de mar y exhaló lentamente, intentando ignorarlo. Caminó hacia otra pecera, revisó parámetros, volvió a su escritorio y abrió el informe para completar una observación pendiente.
Diez minutos después, seguía sintiendo sus ojos encima.
Suspiró.
Se acomodó en la silla, revisó lo que había escrito una última vez y, cuando ya no pudo soportarlo más, giró la cabeza.
—Lev —dijo finalmente—. ¿Necesitas algo?
Él pareció no entender.
—No… ¿por qué?
Florence lo miró directamente a los ojos, esperando una respuesta lógica.
—No dejas de mirarme.
Hubo un breve momento de silencio.
—No es cierto.
Florence arqueó una ceja.
—Qué mal mentiroso, Levy —dijo con una sonrisa burlona—. Ya dime, ¿qué pasa?
Lev, sorprendentemente, pareció desinflarse un poco.
Fue sutil, pero evidente.
Para alguien como él, que siempre mantenía la espalda recta, los hombros alineados y una postura impecable, ese pequeño descenso en su lenguaje corporal era casi revolucionario.
Florence, que solía encorvarse sin darse cuenta cuando se concentraba, sentía envidia.
—Es que no entiendo por qué Anya te quiere.
Florence levantó ambas cejas.
—No comprendo si es un insulto o…
—No pretendía insultarte —interrumpió él—. Pero es que ella ha conocido a infinidad de colegas, y contigo es diferente.
Florence lo observó con atención; había algo genuino en su tono. Confusión real.
—¿Nunca has tenido una conexión inmediata con alguien? —preguntó.
Lev negó con la cabeza sin dudar.
Florence sonrió.
—Yo sí. Y no me pidas que lo explique científicamente porque no creo que se pueda, pero es algo maravilloso.
Lev hizo una leve mueca.
—¿Como lo de las almas gemelas?
Florence notó al instante que detestaba el término.
—Sí, creo que ese término se usa cuando te enamoras muy rápido, como si ya conocieras a esa persona —explicó—. Pero pasa con todo tipo de relaciones. Pareja, amistad…
—Anoche no paraba de hablar de ti en la cena —la interrumpió.
Florence sonrió, inevitablemente enternecida, justo cuando Lev se sentaba a su lado.
—¿Y qué decía?
—Que eres divertida, linda, graciosa… y que cocinas delicioso.
Florence soltó una risa suave.
—Pero solo probó mi pastel de zanahoria.
—Lo sé —respondió él—. Por eso no entiendo la fascinación que siente por ti.
Florence apoyó un codo en la mesa y lo miró con cierta diversión.
—Bueno, soy fascinante —dijo, levantando el mentón. Luego rio—. No lo sé, Lev… tal vez le gusta tener una presencia femenina en su vida.
Lev asintió despacio.
Como si esa posibilidad ya hubiese pasado por su mente.
—O quizá —añadió Florence con más cuidado—, le gusta que yo sea cariñosa.
Lev frunció ligeramente el ceño.
—Eso no explica nada. Te aseguro que todas las mujeres con las que he trabajado han sido simpáticas, y Anya simplemente ha sido cortés con ellas.
Florence lo observó y luego sonrió.
—Creo que no te gusta que me quiera.
—Hubiese preferido que no —respondió él con total sinceridad—. Honestamente, eres la mujer más insoportable con la que he trabajado.
Florence abrió la boca.
—¿Insoportable? ¿Qué me hace insoportable?
Lev no dudó.
—Hablas mucho, incluso con los peces. ¡Les pones nombre!
Florence se cruzó de brazos.
—Tú hablas poco y no tratas a los animalitos como merecen.
—Los alimento, mantengo la temperatura del agua perfecta y me aseguro de que ninguno enferme.
—Sí, pero los sacamos de su hábitat —replicó—, así que discúlpame si quiero demostrarles que los humanos no damos asco.