Mientras esperaban que Florence les abriera la puerta, Lev tuvo la clara impresión de que Anya estaba a segundos de empezar a comerse las uñas.
No lo hacía, por supuesto. Anya no hacía ese tipo de cosas, pero la manera en que se movía de un pie a otro, cómo apretaba su pequeña mano dentro de la suya y la forma en que sus ojos se mantenían fijos en la puerta como si fuera a desaparecer si dejaba de mirarla, todo indicaba un nivel de expectativa poco habitual.
Lev la observó con discreción.
—¿Todo está bien, Anya?
—Ya quiero ver a Florence.
Lev levantó una ceja.
—Nos despedimos de ella hace dos horas.
—Una eternidad —respondió Anya con total convicción—. Es tan buena que me la llevaría a casa.
Lev no respondió de inmediato.
En su mente, esa posibilidad se tradujo en una imagen bastante clara: Florence hablando sin parar desde el momento en que abría los ojos, llenando cada espacio de sonido, de comentarios, de observaciones innecesarias.
Agradecía profundamente que aquello no fuera posible.
Él prefería los despertares en silencio, las rutinas ordenadas, los sonidos suaves. No necesitaba una voz comentando el clima, el desayuno y el estado emocional de los peces a primera hora de la mañana.
La puerta finalmente se abrió.
Florence apareció con una sonrisa enorme, como si llevara esperando ese momento tanto como Anya.
—Lo siento, justo estaba revisando la cena —explicó, haciéndose a un lado para dejarlos pasar—. Por favor, entren.
Anya no dudó ni un segundo. Hasta ese momento había estado aferrada a la mano de Lev, pero la soltó con una rapidez que a él le resultó cuestionable.
Traidora.
—¡Florence, te extrañé tanto! —exclamó, abrazándose a sus piernas.
Lev la miró, horrorizado.
Él no le había enseñado ese comportamiento. No era apropiado lanzarse sobre las personas de esa manera, por más afecto que sintiera.
Pero Florence, lejos de corregirla, se agachó con entusiasmo y la abrazó con la misma intensidad, validando completamente el dramatismo.
—Yo también te extrañé, pececito.
Lev frunció el ceño.
—¿Pececito?
—Es que Florence me enseñó a hacer como pez —explicó Anya, moviendo los labios de manera exagerada.
Lev la observó. Efectivamente, parecía un pez.
La dejaba a solas con Florence unos diez minutos al día.
Diez.
Y ya le había puesto un apodo y enseñado gestos nuevos junto con comportamientos afectivos poco estructurados.
Le preocupaba, sinceramente, qué más podría enseñarle si el tiempo aumentaba.
—Aquí está el postre —dijo Lev, levantando el paquete que llevaba en la mano, intentando recuperar algo de control en la situación.
Florence se puso de pie y lo tomó.
—Genial, lo pondré en el refrigerador —respondió con una sonrisa—. Iba a comprar algo de beber y luego me di cuenta de que no sé qué beben, así que se me ocurrió exprimir unas naranjas.
—¡Sí, me encanta! —celebró Anya—. Papá a veces hace jugo, le sale delicioso.
Florence la miró con aprobación.
—Bueno, espero que el mío también esté delicioso.
Lev esbozó una ligera sonrisa.
Sabía perfectamente que exprimir naranjas no era una tarea compleja, pero para Anya aquello era especial. Y, aunque no lo dijera en voz alta, le gustaba ese pequeño reconocimiento.
Le gustaba ser, en su mundo, una especie de referente.
—Lev, ¿tú bebes lo mismo? —preguntó Florence.
—Sí, claro.
—Perfecto —respondió, señalando los sofás—. Pónganse cómodos, vuelvo enseguida.
Lev asintió y caminó junto a Anya hacia el sofá. Se sentó con cuidado, manteniendo la postura recta por costumbre, mientras Anya se acomodaba a su lado.
Entonces, sin poder evitarlo, comenzó a observar el lugar con cautela.
El interior de la casa lo sorprendió; no era lo que esperaba.
Los muebles se veían antiguos, pero no descuidados. Todo estaba limpio, ordenado, con una estética que no era moderna, pero sí coherente. Había detalles que indicaban uso, historia, algo vivido.
La habría imaginado en un espacio más contemporáneo, más acorde a su personalidad expansiva. Pero aquello tenía otra clase de lógica.
Observó el televisor que reproducía música de los ochenta.
Clásicos.
Asintió para sí mismo, al menos en eso coincidían.
—Aquí estoy —anunció Florence, entrando con tres vasos en las manos.
Lev se levantó de inmediato para ayudarla.
—Gracias —dijo ella, con una sonrisa enorme—. ¿Está bien la música?