Mi papá no sabe cómo sonreír

~11~

Florence estaba cada vez más fascinada con Anya. No podía creer lo adorable que era esa niña; le parecía, con absoluta convicción, que se había quedado con todos los genes de la dulzura de Lev y lo había dejado a él con el resto… lo más amargo.

—Me gusta mucho tu casa —dijo Anya mientras la seguía por la cocina, observándolo todo con esa curiosidad respetuosa que la caracterizaba—. ¿Vives solita?

Florence sonrió al escucharla.

—Muchas gracias —respondió—. Y sí, vivo sola.

—¿No te aburres? —preguntó Anya, justo cuando regresaban a la mesa para colocar la tarta humeante en el centro.

Florence dejó la fuente con cuidado, disfrutando por un segundo del aroma cálido que se elevaba.

—En realidad no he tenido tiempo de aburrirme por el trabajo —explicó.

Lev, que ya había dispuesto la mesa con la precisión que lo caracterizaba, alzó la vista hacia ellas.

—¿De qué hablan?

—Florence vive solita —explicó Anya, como si fuera una noticia relevante.

—Claro, como la mayoría de las personas adultas —respondió Lev con paciencia.

Anya lo miró con total seriedad.

—Pero tú me tienes a mí.

Como Lev tomó el mando para servir la cena, Florence se limitó a sentarse junto a Anya.

—Florence no tiene hijos, entonces es normal que viva sola —prosiguió él.

—Exacto —añadió Florence con una sonrisa ligera.

Anya inclinó la cabeza, pensativa.

—¿Y por qué no tienes hijos?

—Anya —la reprendió Lev con una mirada un poco severa—, esa clase de preguntas no son apropiadas.

—Lo siento, papá.

—Es con Florence con quien debes disculparte.

Florence negó de inmediato y tomó la mano de Anya con suavidad.

—No, no —dijo con dulzura—. No me molestó tu pregunta. Yo no tengo hijos porque quiero… hacer otras cosas primero.

Mientras hablaba, fue consciente de que aquello era, en realidad, una pequeña mentira. No tenía hijos porque no tenía pareja, y eso, aunque lógico, no era algo que quisiera explicar frente a una niña. Tampoco quería ver la reacción de Lev ante una conversación que pudiera volverse innecesariamente compleja.

—Pero algún día voy a tener hijos y ya no viviré sola —añadió, buscando tranquilizarla.

Anya la observó con ojos grandes y atentos.

—¿Quieres que mientras tanto yo te visite? —preguntó con total seriedad—. O tú puedes venir a casa siempre que quieras.

Florence sintió una ternura inmediata.

—Bueno, eso también depende de tu papá —respondió, divertida.

Anya giró la cabeza hacia Lev con expresión preocupada.

—Papá, ¿puedo venir a dormir a casa de Florence?

Florence parpadeó, sorprendida. Lev también la miró, y por un segundo compartieron la misma expresión de desconcierto. ¿Dormir? ¿Ya estaban en ese nivel de confianza? Florence no sabía si reír o intervenir, porque estaba bastante segura de que a Lev le daría algo en cualquier momento.

Él colocó un trozo de tarta en un plato antes de responder.

—Anya, tienes casa donde dormir, una habitación muy bonita, de hecho.

—Entonces me llevo a Florence conmigo.

Florence tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reír.

Lev no pareció encontrarlo igual de gracioso. Sirvió la ensalada con calma, colocó un plato frente a Anya, luego otro frente a Florence y finalmente el suyo antes de sentarse.

—Anya, no puedes llevarte a Florence contigo porque es una persona, no un objeto.

Anya suspiró como si la vida acabara de volverse profundamente injusta.

—¿Pero no nos puede visitar?

—Sí, puede —respondió Lev—, pero ahora come. Otro día nosotros invitaremos a Florence a casa y le haremos la cena.

—Papá cocina muy bien —añadió Anya con una sonrisa orgullosa.

Florence también sonrió, aunque en su caso la expresión vino acompañada de una pequeña sorpresa que no logró disimular del todo. Aún le resultaba extraño que Lev hubiese cedido con tanta naturalidad a invitarla a su casa; no lo imaginaba dando ese tipo de pasos, no con ella. Por un momento no supo qué decir, así que simplemente dejó que la escena siguiera su curso.

—¿Vas a aceptar nuestra invitación? —insistió Anya, inclinándose apenas hacia adelante, como si la respuesta fuera de vital importancia.

—Ah, por supuesto —respondió Florence, asintiendo mientras se llevaba un bocado de tarta a la boca.

Anya giró de inmediato hacia Lev.

—¿Escuchaste, papá?

Lev asintió lentamente, todavía masticando, y una vez que tragó señaló otra vez el plato de Anya.

—Come, te va a gustar, todo está exquisito.

Florence no pudo evitar sonreír ante el cumplido indirecto, aunque su atención se desvió enseguida hacia un detalle que le resultó imposible ignorar: la porción de Anya seguía intacta, demasiado grande para que una niña pudiera manejarla con comodidad.




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