Lev despertó el sábado por la mañana con Anya encima.
Literalmente encima.
Durante un segundo, no supo muy bien qué estaba pasando. No porque durmiera profundamente (eso era casi imposible desde que se había convertido en padre) sino porque aquella no era una forma habitual de despertarse. Anya jamás hacía eso. Si necesitaba algo, le tocaba el hombro con suavidad y esperaba a que él abriera los ojos.
—Anya —murmuró, intentando sonar firme, aunque el resultado se pareció más a una súplica.
—Papá, tengo que ponerme bonita y tú también.
Lev abrió un ojo.
—¿Y eso por qué? Los sábados dormimos una hora más.
Era una regla clara. Establecida. Respetada.
Hasta ese momento.
—Porque Florence llegará pronto.
Lev abrió los dos ojos por completo.
—¿Florence?
—Sí, la llamé.
Hubo un silencio breve.
—¿Qué hiciste… qué? —pronunció lentamente, asegurándose de haber escuchado bien.
—Tomé tu teléfono y le marqué.
Lev parpadeó.
Al parecer, su hija había desarrollado habilidades de ninja durante la noche. O eso, o él había empezado a dormir profundamente, lo cual sería aún más preocupante.
—Anya, hay muchas cosas malas en lo que hiciste —comenzó, incorporándose mientras trataba de ordenar sus ideas—. Número uno, tú no puedes usar mi teléfono, lo sabes, además…
Se detuvo porque de pronto algo no encajaba.
Frunció el ceño.
—Anya… ¿cómo desbloqueaste mi teléfono? ¿Cómo obtuviste el número de Florence? ¿Cómo supiste llamarla?
Anya se encogió de hombros, como si aquello fuera lo más sencillo del mundo.
—Te he visto desbloquear tu teléfono muchas veces, así que lo hice, y toqué todo hasta que encontré dónde poner el número de Florence.
Lev la miró fijamente, procesando y analizando.
—¿Y de dónde sacaste el número de Florence? Yo no lo tengo.
—Anoche se lo pedí y ella me lo anotó en un papel.
Por supuesto. Florence Montgomery, facilitando información sin prever consecuencias.
Probablemente no había considerado que una niña de cinco años la llamaría a las ocho de la mañana un sábado.
—Voy a tener que castigarte —dijo finalmente, con un tono que buscaba ser firme.
—Pero papá, yo solo quería desayunar con Florence —respondió Anya, haciendo puchero.
Lev la miró detenidamente porque Anya nunca había hecho pucheros.
Era algo nuevo.
—Sí, pero deberías de haberme dicho a mí.
—No te hubiese parecido una buena idea.
—No —admitió—, pero no estarías castigada.
Anya se cruzó de brazos, desafiante.
Otra novedad.
—¿Y por qué estoy castigada?
—Por tomar mi teléfono sin permiso y tocar todo. Ahora tendré que revisar si por accidente no tocaste algo que no debías.
—No toqué nada, soy muy lista.
—Demasiado —masculló Lev, entornando los ojos.
Anya inclinó ligeramente la cabeza.
—Bueno, pero si me vas a castigar, hazlo rápido para que no me duela.
Lev frunció el ceño.
¿De dónde sacaba esas cosas? Él la había castigado antes, sí, pero siempre dentro de límites razonables: veinticuatro horas sin caricaturas. Nada más. No creía en castigos físicos, y quitarle comida le parecía absurdo, además de contraproducente. Su prioridad siempre había sido su bienestar.
—Anya, veinticuatro horas sin caricaturas —sentenció.
Anya se llevó la mano al corazón.
—Vale la pena si así veo a Florence.
Lev la observó en silencio, intentando aceptar una realidad que no le agradaba del todo.
—Ve a escoger lo que quieras ponerte —dijo al final—. Algo como para salir. Yo iré a ayudarte enseguida.
—¿Como para salir?
—Sí. Ya que despertaste a Florence tan temprano un sábado, vamos a invitarla a un café.
Anya soltó una carcajada feliz. Un sonido inusual en ella. No porque no fuera feliz, sino porque hasta hacía una semana había sido la definición de recato.
Se bajó de la cama con intención de salir corriendo, pero Lev se aclaró la garganta.
—Caminando, Anya.
Ella redujo la velocidad de inmediato. Al menos algo se mantenía intacto.
Cuando desapareció por la puerta, Lev dejó escapar un suspiro y dirigió la mirada hacia la mesa de noche. Su teléfono estaba allí. Lo tomó y se dejó caer nuevamente entre las almohadas, revisando cada aplicación con atención.