Mi papá no sabe cómo sonreír

~13~

Florence sonrió al ver cómo Anya se acomodaba a su lado en el café. Había algo en la forma en que la seguía, en cómo buscaba su mano cada vez que se levantaban o avanzaban unos pasos, que le resultaba tan natural como desconcertante. Parecía cariño puro y Florence estaba encantada.

Lev, en cambio, no tanto.

Aunque, en realidad, no se lo veía exactamente gruñón. Más bien tenía el aspecto de un padre que había dormido menos de lo que tenía planeado, lo cual, considerando cómo había comenzado su mañana, era completamente comprensible. Su expresión era más apagada que severa, y su silencio no parecía una forma de desaprobación sino una estrategia de supervivencia.

Por eso, cuando pidió el café más cargado del menú, Florence no dijo nada. Era evidente que necesitaba despertar. Probablemente, también necesitaba procesar la idea de que su hija ahora tenía iniciativa propia.

Anya, por su parte, pidió un yogur con frutas picadas en trocitos y endulzado con un poco de miel.

Lev no comentó nada sobre la miel. Florence lo notó, pero decidió no decir absolutamente nada.

No iba a arruinar ese pequeño momento de descuido parental. Además, sospechaba que si él estuviera completamente despierto, ya habría hecho un discurso sobre el azúcar, los niveles de energía y la importancia de la moderación.

Ella pidió un té con leche y un generoso trozo de tarta de chocolate. Ese día, sin ninguna razón particular, le apetecía comer chocolate con chocolate.

Lev optó por scones para acompañar el café. Simples, sencillos, pero cuando estaban recién horneados (como en ese caso) se convertían en una tentación difícil de ignorar.

Cuando finalmente tuvieron todo sobre la mesa, comenzaron a desayunar sin demasiada ceremonia. No comentarios, solo hambre, cucharas en movimiento y el sonido suave de platos y tazas.

—¿Está bueno? —preguntó Florence a Anya con una sonrisa.

Anya tragó antes de responder.

—Sí, mucho. ¿Quieres?

Florence negó con suavidad.

—No, gracias, pececito. Debes comer todo —dijo con dulzura—, para crecer fuerte y saludable.

Anya sonrió.

—Tú también.

Florence soltó una risa ligera.

—Me encantaría, pero ya estoy mayor para crecer —explicó—. Tengo treinta y dos.

—Papá tiene treinta y siete —comentó Anya con naturalidad—. Está un poquito viejito.

—No estoy viejo —intervino Lev de inmediato, como si aquella afirmación lo hubiese despertado de golpe.

Florence escondió la sonrisa detrás de la taza.

—Bueno, pero joven no eres —refutó Anya—. Un papá no puede ser joven.

—Soy mayor en comparación contigo, pero eso no me hace viejo —respondió Lev con dignidad.

Anya lo observó un segundo y luego giró hacia Florence.

—¿Tú qué crees?

—Ah, yo no creo que sea viejo —respondió con total honestidad.

—Gracias —dijo Lev, visiblemente satisfecho.

Florence notó ese pequeño gesto de orgullo y le pareció entrañable.

—Florence, ¿no crees que mi papá necesita una novia? —continuó Anya.

Florence alzó las cejas y, de inmediato, vio la expresión de horror en el rostro de Lev. Fue tan clara que casi tuvo que hacer un esfuerzo para no reír.

—Podría tenerla, sí —respondió—, sobre todo si tú estás de acuerdo.

—Anya, las veinticuatro horas pueden convertirse en treinta y seis —dijo Lev con calma peligrosa.

Anya frunció el ceño.

—¿Por qué? No hice nada malo.

—Estás metiendo la nariz en asuntos de adultos —le advirtió.

Anya lo miró como si no estuviera de acuerdo en absoluto.

Florence, por su parte, estaba completamente perdida.

—¿Qué es eso de veinticuatro y treinta y seis? —preguntó.

—Mis horas de castigo —respondió Anya con naturalidad, llevándose una cucharada de yogur a la boca—. Estoy castigada.

Florence giró la cabeza hacia Lev, alarmada.

—¿Puedo preguntar qué hizo para estar castigada?

—Tomar mi teléfono sin permiso y tocar todo hasta encontrar cómo llamarte —explicó él, imperturbable.

—No me arrepiento —murmuró Anya.

—Veinticuatro horas sin caricaturas —añadió Lev.

Florence parpadeó.

No sabía exactamente qué esperaba, pero definitivamente no eso. En su mente habían pasado opciones mucho más… severas. Aquello, en comparación, le pareció razonable. Incluso saludable.

—Entiendo —dijo finalmente—. Tomar el teléfono de un adulto sin su permiso o supervisión no es lo apropiado.

Lev la miró con sorpresa genuina, como si no esperara que ella estuviera de acuerdo con él.

—Gracias —dijo, otra vez.




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