Mi papá no sabe cómo sonreír

~14~

Lev se sintió mucho mejor después del café. No era una recuperación total (no después de haber sido despertado con un salto sorpresa sobre el estómago) pero al menos volvía a reconocerse. Estaba tan desacostumbrado a los despertares abruptos que el de ese día parecía haber absorbido toda la energía que había logrado reunir durante la noche. Aun así, el aire fresco de la mañana, el movimiento de la ciudad y la presencia constante de Anya a su lado le ayudaban a mantenerse en pie sin parecer un espectro.

Quizá no era la persona más decente de todas las que caminaban por las calles de Oxford ese día, pero tampoco era la peor. Se encontraba en un punto medio bastante digno.

Florence, en cambio, pertenecía claramente a otra categoría. Estaba radiante, como si hubiese dormido ocho horas completas y la llamada inesperada de una niña a primera hora no hubiese alterado en absoluto su estado. Caminaba con ligereza, con una sonrisa constante, como si el día fuera una oportunidad más que una interrupción.

Lev no entendía cómo lo hacía.

—¿Cansado? —preguntó Florence cuando Anya se adelantó unos pasos para observar un escaparate con ropa infantil.

—Bastante —admitió él—. Anoche, cuando Anya se durmió, puse ropa en la lavadora y ordené algunas cosas pensando que hoy no me despertaría demasiado temprano.

Florence asintió con comprensión.

—Claro, cuando uno tiene en mente un plan es duro cambiarlo.

Lev se encogió ligeramente de hombros.

—Más o menos. No está tan mal —reconoció—. Anya está contenta y, cuando regrese, probablemente estará cansada… y yo me echaré una siesta.

Florence lo miró con una sonrisa suave, como si esa pequeña confesión le resultara entrañable. Luego desvió la mirada hacia Anya para asegurarse de que seguía a una distancia prudente y, con cierta cautela, preguntó:

—¿La mamá de Anya está en Rusia?

Lev no esperaba la pregunta. No en ese momento, no de esa forma. Y quizá fue precisamente la sorpresa lo que hizo que respondiera sin pensarlo demasiado.

—No.

Florence lo observó, claramente interesada, como si esperara que añadiera algo más, pero Lev decidió no hacerlo. El tema de la madre de Anya era delicado, y por lo tanto, privado. No era una conversación para tener en medio de una calle, entre tiendas y transeúntes.

Florence, como si hubiese percibido ese límite, cambió el tema de inmediato.

—¿Qué crees que está mirando con tanta fascinación?

Lev dirigió la vista hacia Anya.

—Cualquier cosa que pueda vestir —respondió—. Ama la ropa.

Florence sonrió y se acercó a Anya sin dudarlo. Lev, por supuesto, la siguió.

—¿Qué te gustó tanto, pececito? —preguntó ella.

Anya se giró con una sonrisa brillante.

—Esos zapatos.

Florence asintió, evaluándolos con seriedad.

—Están bonitos.

—Bueno, para tu cumpleaños te los compro —dijo Lev sin pensar demasiado.

—De acuerdo —respondió Anya, aunque no sonó completamente convencida.

De todas formas, continuaron caminando.

—¿Es pronto tu cumpleaños, pececito? —preguntó Florence.

Anya negó con la cabeza.

—Falta muchísimo.

—No es cierto, solo un par de meses —la corrigió Lev.

—Eso es mucho, papá —protestó ella—. Las hojas de los árboles deben caerse y recién están saliendo.

Suspiró con dramatismo.

—Pero está bien, creo que puedo soportarlo.

—O sea que es en otoño —dedujo Florence.

—Sí —confirmó Lev.

—Qué bonita época —comentó, con una sonrisa traviesa—. Uno puede saltar sobre las hojas secas.

Anya abrió los ojos con sorpresa.

—¿Saltar sobre hojas secas?

—No, eso no se hace —sentenció Lev de inmediato.

Florence giró hacia él con una ceja alzada.

—¿Me vas a decir que jamás lo hiciste?

—Sí, pero ahora soy un adulto y Anya no hace esas cosas.

—Puedo empezar a hacerlas —intervino Anya con una sonrisa pícara—. ¿Es divertido?

—¡Es muy divertido! —respondió Florence con entusiasmo—. Es fascinante sentir cómo crujen.

—Podemos hacerlo juntas —propuso Anya.

Florence asintió con total naturalidad.

—Claro que sí, pececito.

—¿A mí no me invitas? —preguntó Lev.

—Pero dijiste que ya eras adulto —respondió Anya.

—Lo que ocurre —añadió Florence, echándose el cabello hacia atrás con exageración— es que nuestro plan es súper cool.

Anya soltó una carcajada.

—Bueno, te invitamos, papá.




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