Florence llegó temprano el lunes, lo que le arrancó una sonrisa satisfecha antes incluso de cruzar por completo la puerta del laboratorio. Ganarle a Lev en puntualidad tenía un valor muy alto. Era una competencia declarada en su cabeza, pero esa pequeña victoria le resultó deliciosa.
Había aprovechado esos minutos de ventaja con una eficiencia admirable: había logrado negociar con Jeremy para tener el viernes libre, había revisado los informes del turno nocturno con atención y, además, anotado un par de observaciones útiles.
Seguro que Lev no se esperaba que ella fuera tan organizada.
Por eso, cuando él puso un pie dentro del laboratorio, Florence ya estaba lista, apoyada con ligereza y una sonrisa amplia contra una de las mesas.
—¡Tengo el viernes libre! —anunció con entusiasmo.
Lev la miró con el ceño ligeramente arrugado, como si su cerebro aún estuviera en proceso de encendido.
—Buenos días.
Florence ladeó la cabeza, divertida.
—Buenos días —saludó—. Pensé que estarías más contento. No solo tengo el viernes libre, sino que el domingo estaré aquí contigo y Anya.
—Qué emoción —respondió Lev, sin una pizca de emoción.
Florence entrecerró los ojos y se llevó las manos a la cintura.
—Pensé que ya éramos amigos.
—No, no somos amigos, somos colegas.
—Amargado —replicó ella.
—Te escuché.
—Esa era la idea.
Lev no respondió. Se limitó a dirigirse a la sala de descanso, dejando sus pertenencias con la precisión habitual. Florence lo siguió con la mirada, divertida, preguntándose si alguna vez ese hombre haría algo sin parecer parte de un manual de instrucciones.
Cuando regresó, ya con la bata acomodada y la postura impecable, Florence no perdió tiempo.
—¿Quieres contarme qué te tiene de mal humor, Levy?
—No estoy de mal humor —aseguró él, soltando el aire con cierta pesadez—. Solamente estoy…
Florence alzó una ceja.
—De mal humor.
—¿Me puedes permitir estarlo? —respondió Lev, ya sin disimular—. Es lunes, Anya hizo su primer berrinche en cinco años y el grupo de padres del colegio me tiene harto.
Florence parpadeó, sorprendida. Eso sí que no lo había visto venir.
—Entiendo… —dijo con suavidad—. Me han dicho que esos grupos son algo… intensos. Pero antes de indagar en ello, quiero saber qué pasó con Anya.
Lev dudó apenas un segundo. Florence lo notó. Era como si estuviera evaluando si ella merecía esa información. Finalmente, comenzó a hablar mientras revisaba los parámetros de las peceras, como si necesitara mantener las manos ocupadas para sostener la conversación.
Florence se acercó sin invadir, observando también los datos mientras lo escuchaba.
—Me preguntó si podía faltar al colegio —dijo él—. Le dije que no. Insistió. Me puse firme… y se quitó un zapato y lo lanzó por los aires.
—Okey…
—Y mientras intentaba volver a ponérselo, se desarmó las trenzas que me había llevado un buen rato hacerle —continuó—, así que se fue con una coleta mediocre.
—¿Algo más?
—Me aplicó la ley del hielo durante todo el trayecto al colegio.
—¿Y por qué quería faltar al colegio?
Lev la miró un instante.
—Porque quería venir y pasar el rato contigo.
Florence sintió algo cálido en el pecho.
—Qué dulce… —murmuró—. Por un momento pensé que algo malo le estaba pasando en el colegio.
—Yo también —admitió él, y por un instante su voz se suavizó de verdad—. Pero esto ya es demasiado, Florence.
Florence lo observó con atención. Había preocupación real, mezclada con desconcierto. No era solo molestia por el berrinche. Era miedo a no estar manejando bien la situación.
Y eso la enterneció más de lo que esperaba.
—Escucha —dijo con tono tranquilo—, hablaré con ella en la tarde. Le diré que no puede hacer esos berrinches y que el colegio está primero.
Lev detuvo el movimiento de sus manos por un segundo.
—¿Harías eso?
—Por supuesto —respondió ella con naturalidad—. No creas que soy fan de los berrinches y mucho menos de los que incluyen zapatos voladores.
Lev asintió lentamente.
—Gracias.
Florence sonrió.
—No tienes que agradecerme. Yo estoy encantada con el cariño de Anya, pero no quiero ser un mal ejemplo —aseguró con una sonrisa suave—. ¿Sabes? Yo amaba ir al colegio.
Lev la miró con escepticismo.
—¿De verdad? ¿Y no eras revoltosa?
Florence soltó una risa ligera.
—No, era muy aplicada. Me encantaba que mis maestras me quisieran.