Mi papá no sabe cómo sonreír

~16~

Lev entró en la sala de descanso justo cuando Florence parecía haber terminado su sermón. No necesitó escuchar más de una frase para saber que había estado ejerciendo de mediadora.

—¿Me prometes que no habrá más berrinches? —preguntó con suavidad.

—Te lo prometo —respondió Anya, muy seria.

Lev decidió intervenir.

—Hora de merendar —anunció.

Porque, por supuesto, aunque Anya había pasado todo el trayecto hasta el laboratorio en silencio, aplicando nuevamente la ley del hielo, eso no le había impedido a él preparar una merienda adecuada.

Florence giró hacia él con una sonrisa amplia.

—Wow, todo se ve tan delicioso —comentó—. Tu papá se esforzó mucho, pececito.

Anya asintió, aunque esta vez lo miró con algo que Lev no supo identificar de inmediato. ¿Vergüenza? ¿Remordimiento? ¿Ambas?

Dejó los platos con cuidado y entonces ocurrió algo que no estaba en sus cálculos.

Anya se levantó de la silla, corrió hacia él y lo abrazó.

Lev se quedó completamente inmóvil. Ellos no se abrazaban. No era algo que formara parte de su rutina. No porque no la quisiera, sino porque simplemente no nacía. No lo había aprendido.

—Papá, perdón —dijo Anya, apoyando la frente contra él y cerrando los ojos—. Fui grosera contigo. No voy a pelear más.

Lev sintió una especie de bloqueo momentáneo. Su cerebro, tan eficiente en otras áreas, no parecía tener instrucciones claras para ese tipo de situación.

Fue entonces cuando, desde detrás de Anya, vio a Florence. Movía los brazos en círculos, como imitando un abrazo y, aunque Lev no era especialmente bueno leyendo labios, le pareció bastante claro que estaba diciendo: “abrázala, tonto”.

Por alguna razón que no terminó de comprender, obedeció.

Se agachó un poco y rodeó a Anya con los brazos, con cuidado, como si estuviera manipulando algo delicado. No sabía cuánto apretar, ni cuánto tiempo sostener el gesto, así que optó por una versión prudente.

—Te perdono —dijo, con voz más baja de lo habitual.

Anya se apartó enseguida, pero su rostro se iluminó de una forma que hizo que algo en el pecho de Lev se tensara.

—Eres el mejor papá del mundo.

Lev no supo qué responder.

Desde atrás, Florence volvió a intervenir, esta vez señalándose la boca y trazando con los dedos una curva exagerada.

Aquella mujer era excesivamente expresiva. Y, en ese momento, ligeramente intimidante.

Claramente hizo el esfuerzo, curvó los labios apenas. Lo suficiente como para que pudiera considerarse un intento.

—Vamos, come —dijo, y le dio una ligera palmada en la cabeza.

Anya asintió y volvió a su sitio con total normalidad, como si aquel momento no hubiese sido, para él, un pequeño terremoto interno.

Lev tomó asiento también, pero, por alguna razón que no quiso analizar demasiado, eligió sentarse junto a Florence. Tenía la sensación de que ella quería decirle algo y que no lo haría en voz alta.

No se equivocó.

—No es un perro para que le des palmaditas en la cabeza —susurró, sin mirarlo directamente.

Lev la miró de reojo.

—Hago lo mejor que puedo —masculló.

—¿Qué pasa? —preguntó Anya, levantando la vista.

Ambos respondieron al mismo tiempo:

—Nada.

Anya los observó con atención, alternando la mirada entre uno y otro. Finalmente, volvió a su yogur o al menos eso pareció, porque unos segundos después, con total naturalidad, lanzó:

—¿Están enamorados?

Lev levantó las cejas.

—No. ¿Por qué crees eso?

—Porque hablan en secreto.

—Eso no significa amor, Anya —respondió Lev, conteniendo un suspiro.

—Qué lástima —dijo ella tras masticar un trozo de manzana.

Lev miró a Florence. Ella se limitó a encogerse de hombros y a dar un sorbo a su té, como si aquello no fuera asunto suyo. Lo cual, claramente, no era cierto.

—Si tu papá tuviera novia, tendrías que compartirlo —intervino Florence con tono ligero.

—No pasa nada —respondió Anya, encantada—. Me gustaría compartirlo contigo.

Lev se rascó la nuca.

La imagen de Florence Montgomery como su novia le resultó perturbadora.

—Anya, esta conversación no es apropiada.

—Está bien, lo siento, papá —dijo ella, obediente, volviendo a su comida.

Florence se aclaró la garganta, claramente con algo más que decir, pero Anya no había terminado.

—¿No te parece linda Florence, papá?

Lev la miró con incredulidad. Empezaba a sospechar que, en algún momento reciente, su hija había decidido ignorar selectivamente sus instrucciones.




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