El viernes llegó más rápido de lo que Florence había anticipado, lo cual agradeció profundamente. Después de todo lo que Anya le había contado (con lujo de detalles, entusiasmo desbordado y una cantidad considerable de repeticiones) sobre su número de baile como flor, la expectativa ya se le había instalado en el pecho.
Estaba ansiosa por verla.
Tan ansiosa que llegó al colegio media hora antes de lo necesario.
En su defensa, había salido con la intención de hacer unas compras previas, convencida de que eso equilibraría los tiempos. Pero resultó ser demasiado eficiente en sus encargos, y cuando se dio cuenta, ya estaba caminando hacia el colegio con una ventaja horaria absurda.
Intentó ralentizar el paso. Caminó con calma deliberada, se detuvo a mirar escaparates que no le interesaban y hasta contempló las flores de un árbol durante unos segundos, pero nada funcionó.
Llegó temprano igual.
Al menos no era la única. Lev ya estaba allí junto a otros padres porque, obviamente, los niños habían sido citados antes.
Florence sacó el teléfono y le envió un mensaje rápido preguntando si podía saludar a Anya antes de que comenzara todo.
La respuesta positiva llegó casi de inmediato y, apenas un par de minutos después, vio a Lev en la entrada.
Florence sonrió y caminó hacia él.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó, apenas la tuvo delante.
—Hola, Levy, qué gusto verte.
Lev le lanzó una mirada de advertencia que habría bastado para detener a cualquier otra persona.
No a Florence.
—Te voy a pedir que no me llames Levy delante de los padres —dijo, lentamente—. Y hola, te saludé por mensaje.
Florence le dedicó otra sonrisa amplia.
—¿Estás nervioso?
—No.
—Oh, vamos.
Lev sostuvo su mirada unos segundos, como si evaluara si valía la pena mantener la negación.
—Bueno, sí —admitió al final—, pero no quiero demostrárselo a Anya. Ella ya está nerviosa y hay dos niños que están teniendo una crisis de lo que podría ser pánico escénico, así que no quiero que eso le pase.
Florence suavizó la expresión de inmediato.
—No le va a pasar —dijo con seguridad—. Le traje un regalo que ayudará a la confianza.
Lev levantó una ceja, claramente intrigado, mientras abría la puerta de una de las salas.
Y entonces el sonido alegre, caótico, lleno de energía, los golpeó. Niños corriendo de un lado a otro, padres intentando organizarlos sin éxito, maestras tratando de mantener un orden que claramente era aspiracional.
Florence apenas tuvo tiempo de procesarlo cuando una voz destacó por encima de todas.
—¡Florence!
Se giró de inmediato y vio a Anya con un vestido verde, un moño perfectamente peinado y una expresión que combinaba emoción y nervios en partes iguales.
—¡Estás bellísima! —exclamó, agachándose para abrazarla.
Anya soltó una risita.
—Estoy un poquito asustada.
Florence no dudó.
—Totalmente normal —dijo con naturalidad, sin alarmarla—. Por eso te traje algo.
Los ojos de Anya se iluminaron.
—¿Qué es?
Florence sacó de su bolso un pequeño paquete y se lo extendió con un gesto teatral.
Anya lo rompió sin ninguna ceremonia y, al ver el contenido, su sonrisa se expandió.
—¡Papá, mira, tiene una “A”, de Anya!
Florence levantó la mirada hacia Lev y, con exageración, abrió los ojos como platos, indicándole sin palabras que se acercara y participara del momento.
Lev, sorprendentemente, entendió. Se aproximó y, aunque con cierta rigidez, esbozó una sonrisa.
—Está bonito —dijo—. Déjame ayudarte a ponértelo.
Anya le ofreció la mano con entusiasmo. Lev se sentó en una silla que claramente no estaba diseñada para alguien de su tamaño y, con cuidado, colocó el brazalete.
—Te quedarán algunos eslabones colgando, pero luego podemos quitarlos —explicó Florence—. Preferí que fuera grande y no pequeño.
—Está bien, así es perfecto —aseguró Anya, encantada.
Florence asintió, satisfecha.
—Bien, ahora te diré el secreto tras el brazalete.
Anya abrió aún más los ojos.
—¿Un secreto?
—Sí —susurró Florence, inclinándose un poco—. Resulta que no lo compré en cualquier lugar, sino en uno mágico.
Anya contuvo la respiración.
—¿Y hace magia?
—Solo si sabes usarlo bien —respondió Florence con complicidad—. Cuando te sientas nerviosa, debes tocar la letra tres veces.
Hizo una demostración lenta.