Mi papá no sabe cómo sonreír

~18~

Lev estaba mucho más calmado desde que Anya había bajado del escenario y corrido hacia ellos con una emoción tan genuina que iluminaba toda su cara. Había bailado, sonreído, recordado sus pasos y, más importante aún, no había sufrido ninguna crisis de nervios a mitad de la presentación.

Para él, aquello ya convertía la tarde en un éxito absoluto. Porque no existía tranquilidad mayor para un padre que ver feliz a su hija.

Así que se sacaron fotos. Muchas. Florence había tomado el papel de fotógrafa oficial con demasiado entusiasmo y Anya, que tenía gusto por las cámaras, posaba como una profesional.

—Otra más —pidió Florence, acomodándose frente a ellos—. Pero esta vez sonrían los dos.

—Yo estoy sonriendo —replicó Lev.

—Vamos, papá pececito, sé que puedes hacerlo mejor.

Anya soltó una carcajada y Lev terminó curvando un poco más los labios solo porque su hija lo contagió.

—¡Lo capturé! —celebró ella mirando la pantalla de la cámara—. Anya, tenemos evidencia de que tu papá sí sabe sonreír.

—Deberíamos hacer un cuadro con esa foto —asintió Anya con solemnidad.

Lev suspiró resignado. Las dos juntas eran una amenaza.

Después de la función ya no hubo escapatoria. Dean y Tanya Turner prácticamente secuestraron a todo el salón de clases para la dichosa barbacoa familiar.

Cuando llegaron a la casa de los Turner, los recibieron con sonrisas enormes, música suave y un jardín tan perfectamente cuidado que parecía salido de una revista. Había globos, mesas decoradas y una enorme cascada artificial que claramente costaba más que un auto promedio.

Lev la observó apenas unos segundos antes de decidir que necesitaba un rincón seguro.

Así que, apenas Anya salió corriendo hacia sus compañeros, él tomó rumbo hacia la zona más alejada del jardín, donde casualmente habían colocado unos sofás apartados del centro del caos.

Florence lo siguió, divertida.

—¿No quedamos un poco antipáticos aquí? —preguntó mientras tomaba asiento.

—Pusieron asientos, así que claramente es un lugar para socializar —respondió él.

Florence rio y miró alrededor.

—Qué linda casa.

—Sí, lástima que los propietarios sean unos pedantes.

Ella giró apenas la cabeza para verlo.

—¿Qué te llevó a sacar esa conclusión?

—Son los típicos que hablan solo de dinero —explicó mientras tomaba la jarra de agua de la mesa y servía dos vasos—. De sus autos, sus vacaciones, las remodelaciones en casa… si permaneces aquí quince minutos probablemente te enteres del precio de cada baldosa del jardín.

—Qué más da, aquí lo importante es que Anya se divierta —le restó importancia con un gesto de mano—. Relájate.

—Estoy relajado ahora mismo.

—No estoy tan segura.

Antes de que pudiera responder, una voz masculina los interrumpió.

—Ey, Volkov, siempre al margen.

Lev levantó la vista y automáticamente sintió cansancio. Peter Colleman avanzaba hacia ellos con una bandeja de sándwiches y una sonrisa demasiado confiada para alguien que usaba mocasines blancos.

—¿Y quién es esta mujer? —preguntó Peter mirando directamente a Florence—. Su sonrisa llamó mi atención desde el otro lado del jardín.

Florence soltó una risa suave. Demasiado coqueta.

—Florence Montgomery —extendió la mano.

—Peter Colleman.

Y luego, para horror absoluto de Lev, el hombre le besó la mano.

¿Qué estaba presenciando exactamente? ¿Una escena ambientada en mil ochocientos cuarenta?

—¿Sales con Volkov? —preguntó Peter.

—No, somos algo así como amigos —explicó Florence—. Colegas más que nada.

—Ah, así que te gustan los peces.

—Sí, aunque es apenas una porción pequeña de todo lo que me gusta —añadió ella alegremente—. Los lobos marinos, por ejemplo, me parecen fascinantes.

Peter sonrió.

—¿Quieres un recorrido por la casa?

—Tengo entendido que no eres el anfitrión —respondió Florence con una sonrisa encantadora.

—Soy el hermano de la anfitriona y mi hija está allá —señaló a una niña que corría detrás de un globo—. Así que técnicamente tengo autoridad parcial.

Florence rio.

—Agradezco la invitación, pero no puedo abandonar a Lev.

Peter miró a Lev.

—¿No me la prestas, Volkov?

Lev tomó un sándwich de la bandeja sin apartar la vista de él.

—No. No te la presto.

Peter chasqueó la lengua.

—Qué mezquino —luego volvió a Florence—. Si te aburres, ya sabes dónde encontrarme.

Ella asintió sonriendo y Peter le guiñó un ojo antes de marcharse.




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