Mi papá no sabe cómo sonreír

~19~

Florence se la había pasado increíblemente bien.

Sí, había confirmado que Lev no exageraba y que algunos padres eran genuinamente insufribles, pero otros habían resultado bastante agradables. Después de todo, aquello no iba de ellos, sino de los niños. Y los niños parecían haberse divertido mucho.

Al menos Anya sí.

Había corrido, jugado, reído y hasta subió al auto abrazando un globo medio desinflado que aparentemente era un tesoro invaluable. De hecho, se había quedado dormida apenas Lev encendió el motor. Florence todavía recordaba cómo había intentado seguir hablando mientras los ojos se le cerraban lentamente.

Por otra parte, Florence había insistido en que podía volver sola a casa, pero Lev se había negado alegando que no era ninguna molestia.

Y honestamente, Florence no había querido discutir demasiado. Porque sí, podía volver sola, pero también le gustaba la idea de que él quisiera asegurarse de que llegara bien.

El sábado, en consecuencia, había decidido convertirlo oficialmente en un día de descanso absoluto.

Durmió muchísimo por la mañana. Luego muchísimo más por la tarde. Después se quedó un rato largo tirada boca arriba en el sofá mirando el techo y pensando que quizá estaba envejeciendo porque jamás en su vida había disfrutado tanto dormir.

Cuando finalmente recuperó algo parecido a la energía, decidió cocinar una cena espectacular. Nada triste ni comprado. No señor. Preparó pasta con salsa cremosa, verduras salteadas y queso parmesano suficiente como para infartar a cualquier nutricionista.

Acompañó la cena con una copa de vino que luego se convirtió en dos.

Y más tarde, sintiéndose completamente satisfecha con la vida, se fue al baño con sus nuevas sales aromáticas de lavanda.

Porque si una iba a tener un día de descanso, debía hacerlo con estilo.

La música sonaba baja desde el altavoz sobre el lavabo, la espuma cubría el agua caliente y Florence tenía la cabeza apoyada hacia atrás, los ojos cerrados y una expresión de felicidad absoluta.

Sinceramente, dudaba muchísimo que existiera un mejor plan para un sábado por la noche.

Y entonces sonó el teléfono.

Florence abrió un ojo con resignación.

Había prometido desconectarse de la tecnología durante unas horas, pero el destino era cruel y curioso porque quien había escrito era Lev.

O más bien… Levy.

Porque así lo tenía agendado y esperaba que jamás descubriera semejante atrocidad.

Levy: Hola.

Florence esperó algo más, pero eso fue todo. Así que terminó respondiendo.

Florence: Buenas noches. ¿Todo va bien?

La contestación apareció enseguida.

Levy: ¿Puedo llamarte?

Florence sintió una ligera alarma en el pecho. Tanto misterio estaba arruinando toda la relajación que sus sales de lavanda habían conseguido construir. Así que fue ella quien lo llamó.

—Aquí estoy —dijo apenas él respondió.

Hubo un segundo de silencio.

—¿Te habló Peter Colleman?

Florence parpadeó varias veces.

—¿Qué?

—Peter Colleman —repitió Lev con tono serio—. Me llegó el rumor de que estaba intentando conseguir tu número.

Florence se quedó mirándose las rodillas cubiertas de espuma. Luego soltó una risa incrédula.

—¿Cómo conseguiría mi número si el único padre del colegio que lo tiene eres tú?

—No lo sé. Hablaste con varias madres.

—Sí, pero no intercambiamos teléfonos —rio.

Lev guardó silencio unos segundos.

—Entonces estamos bien.

Florence sonrió lentamente.

—¿Estamos?

—Sí, estamos.

Ella tomó la copa de vino que había dejado sobre el borde de la bañera.

—Explícate, Levy.

—Porque si ese idiota te escribe y tú le respondes, probablemente tendré que chequear mi presión arterial.

Florence soltó una carcajada tan fuerte que casi derrama vino dentro de la bañera.

—Eres demasiado joven para esos problemas.

—Florence… —advirtió él.

—Lev… —respondió ella con una risita descaradamente coqueta.

—Me exaspera que no te tomes en serio mi advertencia.

Florence dio otro trago al vino.

—A mí me halaga muchísimo que te pongas territorial.

—No estoy siendo territorial.

—Mjm. Claro.

—Lo que ocurre es que conozco hombres como Colleman y sinceramente no creo que merezca ni una sola cita contigo.

Florence sonrió sola.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.