Mi patrona...

Tu y Yo Perdidos En La Gran Muralla

Capítulo 12: Tú y Yo… perdidos solos en la Muralla

 

El tren había tardado poco más de cuarenta minutos cuando hizo la primera parada. Todavía quedaba camino para que Carlos y Any estuvieran cerca de la muralla china, pero Sabían que eran sentimientos plus cuan perfectos que se fundían con emoción —Inclusa en la mente preocupada y alerta de Carlos— porque una nueva aventura tendría  con su fiel amante Any. Dos horas más pasaron en el tren, el clima estaba nublado y daba la impresión de que una tormenta se desataría en cualquier momento, —Carlos se veía preocupado por eso— Any y Vanessa dormían a un lado del abogado, la licenciada recostaba su cabeza en el hombro del abogado, mientras que la pequeña niña dormía placenteramente en la panza de su madre.

            Después de un rato, Carlos con delicadeza pellizco la mejilla de la chica, haciendo que esta despertara en el acto. —Ella puso sus ojos en el—  El chico quedo viendo esos pequeños ojos grises. Seguido de un beso en los labios, despertó por completo a la joven inmersa en sueño profundo, —Es hora de despertar bella durmiente— Dijo en un tono burlón el abogado. —Si príncipe— Respondió ella. Los dos aludidos bajaron en la siguiente estación cargando a la pequeña Vanessa quien había quedado en un sueño profundo. Ya era de noche y Carlos  fue a buscar  hospedaje en alguna  parte del pequeño pueblo de Simatai A 140 Kilómetros de Pekín.

            Any se sentó a esperar a Carlos en la pequeña banca de la estación estaba por llover y entre temblorosos quejidos por el frio de la zona esperaba que su abogado no se tardara demasiado, porque si no se iban a congelar. Se sentó viendo a la pequeña Vanessa que aún estaba dormida en un sueño acogedor, le brindaba algo de calor a la licenciada, su barriga estaba caliente, ella acaricio los mechones de la pequeña niña, y después le dio un beso en el cachete, Any escucho dos pasos retumbando delante de ella, miro para arriba y era la silueta de Carlos con la camiseta un poco mojada. —¿Está lloviendo Cariño?— Pregunto ella encantada, por la llegada de su abogado. —Vámonos de aquí, encontré donde quedarnos— Carlos resolvió la situación y Any puso una sonrisa de punta a punta. Carlos cargo a la pequeña dormilona entre sus brazos, y empujo la pesada maleta, dejando a Any con las maletas más pequeñas.

La lluvia era indómita, mientras que la pareja se mojaba hasta lo más profundo de sus ser. Any decidió sacar el paragua que se le había olvidado abrir momentos atrás, recordando que la tenía saco de la maleta pequeña una paragua con bordes amarillos, fondo rojo y unas flores como decoraciones, típico en la rivera china. Ella de inmediato alcanzo a Carlos dando dos zancadas largas, —Él ya estaba muy adelante— Y metió la paragua encima de su cuerpo. —Así vamos mejor— Con rapidez ella también se metía debajo de la paragua y se pegó al cuerpo del abogado estaban tan cerca que su trasero quedaba en las piernas tonificadas del joven. Por efecto del movimiento a veces por el recorrido el trasero de Any chocaba con la entrepierna de Carlos. —Haciendo que su pequeño amigo despertara— Carlos simplemente disimulaba su percance.

El abogado se mostraba rígido y con tranquilidad, pero por dentro estaba casi explotando por el deseo que le provocaba su jefa, más en el frio del ambiente, o el calor de su cuerpo chocando con la de ella, no se pudo contener en imaginar miles de escenarios placenteros. Pasionales y amorosos. —No te preocupes— Dijo ella sacando a Carlos del trance. —Ya note la elevación entre tu pelvis— Carlos se puso rojo como un tomate. —Disculpa— Ella solo rio un poco mientras la lluvia se calmaba algo más. Con unos minutos más de caminar debajo de la frondosa lluvia llegaron al pequeño hospedaje que Carlos había pagado. Era una casa, algo larga con muchas ventanas con dos plantas  y algunos pocos cuartos.  —Llegamos, allí nos quedaremos estos días— Ella no puso obstáculo y entro al edificio de un brinco. Abrieron la puerta y el interior cálido de la casa dio la bienvenida a la pareja.

En el extremo de la sala un hombre algo mayor esperaba en la chimenea con dos tazas de chocolate caliente. —Bienvenidos— Dijo con gran potencia vocal. El viejo era de una estatura razonable, un aspecto de película: Su traje bien elegante, de un color azul marino. Un bastón —Con el que se ayudaba para caminar— y una pulsera amarilla en su mano izquierda. El hombre los recibió con gran calidez, e invito que se sentaran en la sala mientras alguno de sus criados llevaba las maletas a la habitación de huéspedes. Un mozo enseguida bajo de la segunda planta  y se llevó las pesadas maletas, Any tomo una de las tazas repletas de chocolate, casi de inmediato se lanzó al mueble sin ningún tipo de pena. —Any deja Lo descortés— Dijo Carlos. El hombre también invito a Carlos A tomar asiento, cosa que no dudo ni un segundo.




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