Capitulo 5
Lia
No sabía quién era ese chico.
Solo sabía que era insoportable.
Y, por alguna razón, cuando levanté la vista para buscar a mi amiga, lo encontré mirándome otra vez.
—¿Qué miras tanto? —preguntó Mia.
—Nada.
—Mentira.
—No estoy mirando nada.
—¿Entonces por qué llevas diez minutos mirando hacia el mismo sitio?
Bufé.
—Porque hay un idiota que no deja de mirarme.
Mia siguió la dirección de mi mirada.
—¿El guapo alto?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—No lo conozco, Mia.
—Pues él parece bastante interesado en conocerte.
—Qué tragedia para él.
Mi amiga soltó una carcajada.
—Eres imposible.
—Y él es un pesado.
Volví a concentrarme en la música.
O al menos lo intenté.
Porque apenas unos segundos después sentí una presencia a mi lado.
Otra vez.
—¿Siempre hablas mal de la gente sin asegurarte de que no pueda escucharte?
Cerré los ojos un instante.
No.
No podía ser.
Giré lentamente la cabeza.
Era él.
Por supuesto que era él.
—¿Siempre escuchas conversaciones ajenas?
—Solo las interesantes.
—Qué conveniente.
—Lo sé.
Lo observé por primera vez con atención.
Seguía sonriendo.
Como si toda esta situación le pareciera divertida.
Como si estuviera esperando que yo sonriera también.
Qué pena para él.
—¿Necesitas algo?
—Todavía no lo sé.
—Entonces cuando lo averigües, me avisas.
Y sin esperar respuesta, me giré para volver con Mia.
Aunque una parte de mí ya sabía que no sería la última vez que ese desconocido aparecería frente a mí esa noche.
—¿Quién era? —preguntó Mia apenas el chico se alejó.
—Nadie.
—Parecía bastante decidido a dejar de ser nadie.
—Qué profundo.
—Lia.
—Mia.
—Lia.
—Mia.
Mi amiga soltó una carcajada y levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien. No hablaré más de tu novio.
—No es mi novio.
—Todavía.
Le lancé una mirada asesina.
Ella sonrió.
Odiaba cuando sonreía así.
Porque significaba que ya había imaginado toda una historia en su cabeza y ahora estaba convencida de que tenía razón.
—Voy por algo de tomar —anuncié.
—¿Huyes?
—Me hidrato.
—Claro.
Ignorándola, me abrí paso entre la gente hasta la barra.
La música sonaba tan fuerte que apenas podía escuchar mis propios pensamientos.
Lo cual era perfecto.
Porque no quería pensar en el desconocido arrogante.
Ni en su sonrisa.
Ni en cómo parecía divertirse cada vez que lograba sacarme de quicio.
Pedí una bebida y apoyé los codos sobre la barra.
Por fin.
Cinco minutos de paz.
—¿También huyes de tu amiga?
Cerré los ojos.
No.
No.
No.
Giré lentamente la cabeza.
Ahí estaba otra vez.
El mismo chico.
La misma sonrisa.
La misma expresión de alguien que nunca había escuchado la palabra "no" en toda su vida.
—¿Me estás siguiendo?
—No eres tan interesante.
—Perfecto.
—Aunque empiezo a pensar que tú me estás siguiendo a mí.
Solté una risa incrédula.
—Tienes un problema grave.
—Eso me dicen.
—Deberías escuchar más a la gente.
—¿Y perderme conversaciones como esta?
Rodé los ojos.
—¿Siempre eres tan insoportable?
—Solo cuando alguien me mira como si quisiera lanzarme por una ventana.
—Quizá porque quiero hacerlo.
—Eso sería una pena.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sé tu nombre.
Por primera vez en toda la noche me quedé sin respuesta.
No porque la pregunta fuera especial.
Sino porque la forma en que la dijo hizo que sonara importante.
Como si realmente quisiera saberlo.
Como si no estuviera acostumbrado a no conseguir lo que quería.
—Y no pienso decírtelo —respondí finalmente.
Su sonrisa se ensanchó.
—Entonces tendré que averiguarlo.
—Buena suerte con eso.
—Gracias.
Lo dijo con tanta confianza que me dieron ganas de empujarlo.
Y lo peor era que parecía completamente convencido de que tarde o temprano lo lograría.