POV CONNOR
Dicen que el corazón no recuerda.
Que solo late.
Que no guarda nombres ni rostros.
Mienten.
El mío recuerda el día en que el mundo se partió en dos.
Y también recuerda el momento exacto en que supe que mi vida había sido construida sobre una mentira.
Me llamo Connor Porter y durante doce años creí que la mujer que me criaba era mi madre.
Crecí rodeado de silencios elegantes y verdades a medias. La esposa de mi padre era correcta, distante, impecable. Nunca fue cruel, pero jamás fue cálida. Yo pensaba que así era el amor materno: sobrio, contenido, sin abrazos innecesarios.
A los doce años entendí que nada de eso era verdad.
Mi padre era un imbécil codicioso.
La mujer que me crió no era mi madre.
Y el bebé sólo era el medio para obtener la fortuna del Legado Porter…
Ese bebé era yo.
Mi verdadera madre se llamaba Amalia.
Había sido encarcelada lejos de todo lo que conocía, acusada de un crimen que nunca cometió. Durante doce años cargó con la culpa que otros fabricaron, mientras yo aprendía a vivir sin saber que me habían arrancado de sus brazos.
Cuando la conocí, ya era tarde para la infancia.
Yo ya era un niño hecho de normas, de distancia, de defensas bien construidas. No sabía cómo acercarme a una mujer que me miraba como si el mundo entero cupiera en mis hombros.
Fue después de eso cuando llegué a su casa.
A su verdadera vida.
A la familia que había formado sin mí.
Y fue ahí cuando la vi.
Era pequeña.
Demasiado.
Tenía el pecho marcado por cicatrices que ningún niño debería llevar. Un corazón que no era del todo suyo latiendo dentro de un cuerpo frágil y terco, como si la vida la hubiera desafiado desde el primer día.
Y esos ojos…
Me miraron como si yo no fuera un intruso.
Como si no trajera preguntas que nadie quería responder.
—Hola —dijo—. Tú eres Connor.
No preguntó quién era.
No pidió explicaciones.
No me exigió ser distinto.
Solo tomó mi mano.
Ese fue el momento exacto en que algo dentro de mí empezó a repararse.
La llamaban Abigail.
Pero para mí siempre fue Aby.
Mi pequeña Aby.
La niña que no podía correr sin cansarse,
pero que corría hacia mí cada vez que yo empezaba a perder el equilibrio.
La que me enseñó que el amor podía existir sin condiciones.
Durante años creí que la protegía porque era frágil.
Años después entendí la verdad.
Era yo quien no habría sobrevivido sin ella.
Crecimos.
Y el mundo hizo lo que siempre hace: imponer deberes, apellidos, legados.
El imperio Porter.
La distancia siempre me resultó cómoda…
hasta que se volvió insoportable.
Porque perderla una vez fue consecuencia del crecimiento.
Una herida inevitable.
Perderla dos…
Eso sería imperdonable.
Y esta es nuestra historia.
La de un hombre criado en una mentira.
Y la de una niña que nunca debió salvar a nadie…
pero lo hizo.
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Editado: 09.02.2026