✨ Capítulo 1
El día que regresé con mi madre
Mi pequeña Aby — Brizza
La casa no olía igual.
Lo noté apenas crucé la puerta, arrastrando una maleta demasiado pequeña para todo lo que había dejado atrás. En los internados, los pasillos olían a desinfectante y silencio. Aquella casa, en cambio, tenía aroma a pan recién hecho y algo más… algo que no supe nombrar entonces.
—Connor…
Mi nombre sonó distinto en su voz. No como una orden. No como una obligación.
Como si llevara años guardándolo.
Amalia estaba de pie frente a mí. Más cálida de lo que recordaba del juicio. Sus manos temblaban apenas, aunque intentaba ocultarlo. Yo la miré sin saber qué hacer con aquella mujer que, según la verdad recién descubierta, era mi madre.
No corrí hacia ella.
No la abracé.
No lloré.
Los niños de doce años no saben cómo reaccionar cuando les devuelven a una madre de golpe.
—Puedes subir a tu habitación cuando quieras —dijo con suavidad—. No tienes que hablar ahora.
Asentí. Eso sí sabía hacerlo.
Subí las escaleras con pasos lentos, midiendo cada peldaño como si el suelo pudiera ceder. La habitación estaba preparada. Demasiado. Libros ordenados, una cama hecha con cuidado excesivo, una ventana abierta para que entrara la luz.
Amalia había pensado en todo… excepto en cómo acercarse a mí.
Dejé la maleta en el suelo y me senté en la cama. Allí, por primera vez desde que todo se había derrumbado, sentí el peso real de la verdad: mi vida anterior había sido una mentira bien construida.
Unos pasos suaves resonaron en el pasillo.
Pensé que sería ella otra vez.
Pero no.
—¿Tú eres Connor?
La voz era pequeña. Clara. Curiosa.
Me giré.
En la puerta había una niña diminuta, con el cabello rojizo recogido en dos coletas torcidas y unos ojos enormes que parecían sostener demasiado mundo para alguien tan pequeña. Llevaba un suéter grande y apretaba un peluche contra el pecho.
—Sí —respondí.
Ella me observó con atención, como si estuviera decidiendo algo importante.
—Yo soy Aby —dijo al fin—. Vivo aquí.
Asentí. Era justo. Yo aún no sabía si vivía allí.
Entró sin pedir permiso y se sentó en el borde de la cama, dejando las piernas colgando.
—Mi papá dice que eres familia —continuó—. Y Amalia también.
Escuchar su nombre así, sin títulos ni culpas, me descolocó.
—¿Te vas a quedar mucho tiempo? —preguntó.
No supe qué responder. Nadie me había preguntado nunca eso.
—No lo sé.
Ella frunció el ceño, pensativa, y luego sonrió como si ya hubiera tomado una decisión.
—Está bien. Yo te cuido mientras decides.
Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi mano. Su piel estaba tibia. Su agarre era suave, pero firme. Como si supiera exactamente cuánta fuerza usar.
Sentí algo extraño en el pecho. No dolor. No miedo.
Algo nuevo.
—Abby… —murmuré.
—Aby —corrigió—. Solo Aby.
Y sin saberlo, en esa habitación que aún no sentía como mía, con una madre que no sabía cómo amar y una niña con un corazón prestado, comenzó la única historia que jamás me enseñaron a enfrentar.
#2486 en Novela romántica
#861 en Chick lit
amor a fuego lento, segundas opotunidades, romance emocional
Editado: 09.02.2026