Mi Pequeña Aby

Capítulo 2

✨ Capítulo 2
Un lugar donde respirar
Mi pequeña Aby — Brizza

El cambio de ciudad no fue una huida.
Fue una decisión tomada alrededor de una mesa, con voces suaves y silencios respetados.

Los médicos habían sido claros: el clima frío no era una opción para Abigail. Su nuevo corazón era fuerte, pero aún aprendía a latir en su cuerpo pequeño. Necesitaba sol, aire tibio, días tranquilos.

Meses habían pasado desde la cirugía cuando yo llegué a la vida de Aby.
Las cicatrices ya no dolían.
El miedo… un poco menos.

Aby escuchó la noticia sentada en el regazo de Amalia, abrazando su peluche como si fuera parte de ella.

—¿Una casa nueva? —preguntó, con los ojos brillantes—. ¿Con ventanas grandes?

—Y con jardín —respondió Andrea—. Para que corras cuando te canses de no correr.

Aby rió, esa risa corta y preciosa que parecía un premio.

Yo no dije nada.
Nunca lo hacía.

Las mudanzas siempre habían sido sinónimo de despedidas, no de comienzos.

La Nueva Casa

La casa estaba bañada por el sol cuando llegamos. Blanca, amplia, con olor a pintura fresca y promesas nuevas. Aby entró corriendo, contando habitaciones como si fueran tesoros.

—¡Una para mí! —gritó—. ¡Una para Connor! ¡Y otra para mamá y papá!

Subió las escaleras antes que nadie, abriendo puertas con una emoción que no sabía contener.

—¡Este es mío! —anunció desde el fondo del pasillo.

Su cuarto tenía paredes claras, cortinas livianas que dejaban entrar la luz y una cama pequeña cubierta con una colcha de flores suaves. Sobre el escritorio, libros infantiles. En una esquina, un sillón para leer.

—Tiene sol —dijo, seria de repente—. Mucho sol.

Amalia la observaba desde la puerta, con los ojos brillantes, como si cada rayo de luz fuera una victoria.

—¿Te gusta? —le preguntó.

Aby asintió con fuerza.

—Mi corazón va a estar feliz aquí.

Nadie dijo nada después de eso.

Me quedé atrás, mirando el pasillo vacío, hasta que Amalia se acercó.

—Tu habitación es la última —dijo—. Si quieres verla después…

—Ahora está bien.

No esperaba nada.

Empujé la puerta con cautela.

La habitación era distinta a todas las que había tenido. No impersonal. No prestada. Había estanterías con libros que yo leía. Un escritorio amplio. Cortinas oscuras, como había pedido alguna vez en una lista que nunca creí que alguien leyera.

Sobre la cama, una manta gris.
Mi color.

—Dijiste una vez que no te gustaban las habitaciones claras —murmuró Amalia desde la puerta—. Y que necesitabas silencio para pensar.

La miré por primera vez de verdad.

—¿Lo recuerdas?

Ella asintió.

—Siempre.

Sentí algo apretarse en mi pecho. No dolor. Tampoco miedo.

Sorpresa.

Aby apareció en el umbral, arrastrando su peluche.

—Connor —dijo—. Tu cuarto huele a nuevo.

—¿Eso es bueno? —pregunté.

—Sí —respondió—.

Se acercó y se sentó en el suelo, apoyándose en la cama.

—Aquí vamos a estar bien —aseguró.

No supe por qué le creí.
Solo supe que quería que fuera verdad.




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