✨ Capítulo 3
Promesas que no se dicen
Mi pequeña Aby — Brizza
Cuidar de Aby no fue una decisión.
Fue algo que simplemente ocurrió.
Al principio fueron cosas pequeñas. Demasiado pequeñas para llamarles responsabilidad. Llevarle un vaso de agua cuando tosía. Recordarle que no corriera demasiado. Sentarme a su lado cuando el cansancio le apagaba la risa.
—No me mires así —protestó una tarde, mientras la ayudaba a subir a la cama—. No estoy rota.
—No dije eso.
—Pero lo piensas.
Negué con la cabeza, aunque no estaba seguro de nada.
Solo sabía que cuando Aby se cansaba, el mundo parecía ir más despacio.
Amalia observaba todo desde la distancia.
No intervenía. No corregía. No se entrometía.
Como si tuviera miedo de que cualquier gesto pudiera romper algo frágil entre nosotros.
Una noche, mientras Aby dormía temprano, Amalia se sentó frente a mí en la cocina. Tenía una taza de té entre las manos. No la bebía.
—No tienes que hacerte cargo de ella —dijo al fin—.
—No lo hago porque tenga que hacerlo.
Levantó la mirada, sorprendida.
—Entonces… ¿por qué?
Pensé en la respuesta durante demasiado tiempo.
—Porque nadie lo hizo por mí.
Ella apretó los labios. Sus ojos brillaron, pero no lloró.
—Lo siento —susurró—. Por todo.
No supe qué decirle.
Pero por primera vez, no me levanté para huir.
André era distinto a mí Padre.
No levantaba la voz.
No imponía su presencia.
No exigía obediencia.
Se acercó a mí como si supiera que los pasos bruscos espantan a los animales heridos.
—Si quieres hablar, estoy aquí —me dijo una tarde, mientras arreglaba algo en el jardín—. Y si no… también.
No me preguntó por mis notas.
No me habló del apellido Porter.
No me recordó lo que se esperaba de mí.
Me habló de música.
De viajes.
De cosas simples.
Y una noche, cuando Aby se quedó dormida en el sofá con la cabeza sobre mi hombro, André se acercó con una manta.
—Eres bueno con ella —dijo en voz baja—. Y eso dice mucho de ti.
Por primera vez, pensé que tal vez un padre no tenía que parecerse al miedo.
Con Amalia, el acercamiento fue lento.
Casi imperceptible.
A veces me dejaba notas en el escritorio.
O me preguntaba si había dormido bien.
O me esperaba despierta sin decir nada.
Una madrugada me encontró en la cocina, incapaz de dormir.
Preparó una taza y la dejó frente a mí.
—No tienes que llamarme mamá —dijo—. No ahora. No si no quieres.
La miré. De verdad.
—Quiero quedarme.
Sus ojos se llenaron de lágrimas esta vez.
Y tampoco huí.
Aby fue quien selló todo, como siempre.
Una tarde cualquiera, mientras dibujaba en el suelo, levantó la vista y dijo:
—Connor es mi guardián.
—¿Tu qué? —preguntó André, divertido.
—Mi guardián —repitió—. Él se queda cuando me canso.
No supe qué decir.
Pero esa noche, mientras la ayudaba a acomodarse en la cama, Aby me tomó la mano.
—No te vayas nunca —pidió, con voz soñolienta.
Tragué saliva.
—No pienso hacerlo.
Y supe, con una certeza que me asustó,
que esa promesa silenciosa sería la más difícil de cumplir.
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Editado: 09.02.2026