✨ Capítulo 5
Las promesas que duelen
Mi pequeña Aby — Brizza
La noticia llegó envuelta en palabras elegantes y decisiones ya tomadas.
—Es el mejor programa —dijeron—. El lugar ideal para que empieces a formarte como Porter.
Nadie mencionó el frío hasta que fue imposible ignorarlo.
Nadie pensó en Abigail hasta que Amalia cerró los ojos.
El clima no era apto para ella.
Nunca lo sería.
Aby escuchó la conversación desde la escalera, sentada en silencio, con las piernas recogidas y los brazos rodeando sus rodillas. Ya no era la niña frágil de antes, pero su corazón seguía siendo una promesa que había que cuidar.
—Entonces… ¿Connor se va solo? —preguntó al final.
El silencio fue la respuesta más cruel.
Hicimos la maleta sin hablar demasiado.
Yo estaba acostumbrado a eso.
Ella no.
—¿Cuánto es “mucho tiempo”? —preguntó Aby, sentada sobre mi cama.
—No tanto —mentí—. Vendré en vacaciones.
—¿Todas?
—Todas las que pueda.
Pareció conforme, pero no sonrió.
Esa noche no quiso dormir sola. Se quedó en el sillón de mi habitación, fingiendo leer, hasta que el cansancio la venció. La cubrí con cuidado, como había hecho tantas veces, y me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la cama.
Pensé que dolería menos.
Me equivoqué.
Amalia me acompañó al aeropuerto al amanecer. No lloró. No me pidió nada. Solo me sostuvo el rostro entre las manos como si quisiera memorizarme.
—No vas a estar solo —dijo con una firmeza que no admitía réplica—. Iré a verte. Las veces que haga falta. No volverás a sentir eso.
—Lo dices como si fuera una promesa —respondí.
—Lo es.
La abracé.
Por primera vez desde que regresé a su vida.
Y ella tembló.
Aby apareció corriendo, con el cabello despeinado y el peluche apretado contra el pecho.
—Espera —dijo—. No me despedí bien.
Me arrodillé frente a ella.
—Voy a volver —aseguré—. Siempre vuelvo.
Me miró con seriedad, como si entendiera que las palabras no siempre bastan.
—Yo voy a crecer mientras no estás —dijo—. Así cuando regreses, no te vas a ir tan fácil.
Sonreí, aunque algo se rompió por dentro.
—Eso no funciona así, pequeña.
—Sí funciona —insistió—. Porque yo te espero.
Me rodeó el cuello con sus brazos con cuidado, sin apretar, como siempre. La abracé con la misma delicadeza. Como si ambos supiéramos que ese momento quedaría suspendido para siempre.
—Te quiero —susurró.
No respondí.
No porque no lo sintiera.
Sino porque no sabía cómo decirlo sin prometer demasiado.
Cuando el avión despegó, miré por la ventanilla sin ver nada.
Otra vez solo.
Otra vez lejos.
Pero esta vez había algo distinto.
Una madre que me buscaría.
Una niña que me esperaría.
Un hogar al que regresar.
Y aun así…
sentí miedo.
Porque lo único que dolía más que estar solo
era descubrir que ya no sabía vivir de otra manera.
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Editado: 02.03.2026