✨ Capítulo 8
La misma forma de abrazar
Mi pequeña Aby — Brizza
Pasaron los años, años en los que no pude volver y cuando lo hice
Volví siendo otro hombre.
Más alto.
Más serio.
Más cansado.
Y no volví solo.
Emily caminaba a mi lado con paso seguro, observándolo todo como si aquel lugar tuviera que convencerla de algo. Era hermosa, sofisticada, perfecta para el mundo que yo había aprendido a habitar lejos de casa.
La casa seguía igual.
Demasiado igual.
Antes de que pudiera decir una palabra, la puerta se abrió de golpe.
—¡Connor!
Aby apareció corriendo… o lo más parecido a correr que siempre había hecho. Con una energía contenida que parecía estallar solo cuando me veía.
No dudó.
Nunca lo hacía.
Se lanzó a mis brazos con la misma confianza de cuando tenía cinco años.
—¡Volviste! —exclamó, enterrando el rostro en mi pecho.
El impacto del abrazo me dejó sin aire.
No por la fuerza.
Por la memoria.
La abracé de inmediato, instintivamente, rodeándola con los brazos como si el mundo pudiera desaparecer otra vez.
—Siempre vuelvo —murmuré, sin pensar.
Ella levantó la vista y me sonrió. La misma sonrisa.
Pero ya no era una niña.
No del todo.
Su cuerpo había crecido distinto. Más despacio. Como si la vida hubiera decidido ir con cuidado con ella. Sus curvas, esas que antes no estaban, su madurez llegando tarde pero arrolladora.
Y yo no estuve ahí para verlos llegar.
—Estás más pequeña —dije sin pensar.
—Siempre lo he sido —respondió, encogiéndose de hombros—. Tú eres el que está enorme.
Emily aclaró la garganta.
Aby la miró entonces, curiosa, sin rastro de amenaza.
—Hola —dijo con dulzura—. Soy Abigail.
—Emily —respondió ella, con una sonrisa medida—. Tu… hermana.
Aby parpadeó una vez.
—No exactamente —corrigió, con naturalidad—. Pero casi.
No había desafío en su voz.
Solo verdad.
______________
Durante la cena, no me separé de Aby. Le serví el agua. Le recordé que comiera despacio.
Gestos antiguos. Automáticos.
—¿Siempre es así? —preguntó Emily en voz baja cuando Aby se levantó para ayudar a Amalia en la cocina.
—¿Así cómo?
—Tan… pendiente.
La miré.
—Siempre.
Emily no dijo nada más, pero lo vi: la incomodidad.
Más tarde, Aby me llevó hasta el jardín.
—Te fuiste mucho tiempo —dijo, sentándose en el columpio—. Pero sigues oliendo igual.
Sonreí sin querer.
—¿Eso es bueno?
—Sí —aseguró—. Significa que no te perdiste del todo.
La miré.
De verdad.
Había crecido.
Pero seguía siendo mi pequeña Aby.
Y ese pensamiento…
ese pensamiento empezó a ser peligroso.
Porque ya no era solo protección lo que sentía.
Era algo más profundo.
Más oscuro.
Más difícil de nombrar.
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amor a fuego lento, segundas opotunidades, romance emocional
Editado: 02.03.2026