Mi Pequeña Aby

Capítulo 11

✨Capítulo 11

Aquel Lugar
Mi pequeña Aby — Brizza

El capó del auto estaba frío bajo mi espalda.

Tenía los brazos cruzados bajo la cabeza y la vista fija en el cielo, pero no estaba mirando las estrellas. Estaba intentando ordenar un ruido interno que nunca se iba del todo. Ese que aparecía cada vez que alguien pronunciaba palabras como legado, heredero, familia.

Escuché pasos sobre la grava.

No me moví.

Solo había una persona que sabía encontrarme ahí sin preguntar.

—Sabía que estarías aquí —dijo Abigail.

Su voz no rompió el silencio. Lo acomodó.

Exhalé despacio.

—Clara no debió decir eso.

—No fue por Clara.

Giré apenas la cabeza para mirarla. Estaba de pie a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, como cuando era niña y fingía que no tenía frío.

—Fue por lo que Emily insinuó —continué.

Abigail no respondió de inmediato. Apoyó la espalda en el auto y, tras un segundo, se recostó también sobre el capó, dejando ese espacio exacto entre nosotros. El de siempre. Ni cerca ni lejos.

Como antes.

—No quieres repetir la historia —dijo al fin.

Asentí. No confiaba en mi voz.

—No lo harás —añadió—. Tú no eres tu padre.

Las palabras me atravesaron más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Miré el cielo. Las estrellas seguían ahí, iguales a las de cuando éramos niños. Las mismas que contábamos inventando figuras absurdas, creyendo que el mundo era más simple de lo que terminó siendo.

—Si la elegiste —continuó Abigail, sin mirarme— fue porque viste algo bueno en ella. Tal vez solo… necesitan hablar.

Cerré los ojos un instante.

Ella siempre hacía eso. Decía lo justo. No más. No menos.

—Siempre dices lo correcto —murmuré.

—Es por porque tengo un corazón sabio —respondió.

No hubo reproches. Ni consejos forzados. Solo esa calma que siempre encontraba con ella, incluso cuando todo lo demás se desordenaba.

El viento se movió entre los árboles. Me sentí, por primera vez en la noche, menos tenso.

—¿Regresamos? —pregunté.

—Sí.

Nos incorporamos casi al mismo tiempo. No nos tocamos. Nunca hacía falta. Caminamos hasta el auto en silencio. Abrí la puerta para ella, como lo había hecho desde que tengo memoria.

Durante el camino de vuelta no hablamos.

Pero no fue incómodo.

Fue… familiar.

Y mientras conducía, entendí algo que no estaba listo para nombrar en voz alta:
que algunas personas no necesitan preguntar para quedarse,
ni insistir para entenderte,
ni exigir para ser tu hogar.

Algunas personas simplemente son.

Y Abigail siempre había sido una de ellas




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