Capítulo 12
Lo que no me pertenece
Mi pequeña Aby — Brizza
Abigail se quedó dormida en el coche.
No me di cuenta de inmediato. Solo cuando el semáforo cambió y ella no se movió, cuando su respiración se volvió lenta y regular, entendí que el cansancio le había ganado.
Siempre le pasaba lo mismo. Podía resistir todo el día, sonreír, cocinar, hablar, sostener a los demás… pero cuando por fin se sentía segura, el cuerpo se rendía.
Aparqué frente a la casa y apagué el motor sin hacer ruido. Me quedé unos segundos observándola. La cabeza inclinada hacia la ventana, el cabello cayéndole sobre el rostro, esa expresión tranquila que solo tenía cuando dormía.
Abrí la puerta con cuidado.
La cargué en brazos como había hecho tantas veces cuando era niña. El gesto me salió solo, automático, como si el cuerpo recordara algo que la mente nunca cuestionó. Ajusté la manta alrededor de ella y sostuve su peso contra mi pecho.
No era pesada.
Nunca lo había sido.
Siempre había sido…pequeña.
Entré a la casa sin encender las luces. Subí las escaleras despacio, evitando cada crujido. La llevé hasta su habitación, la recosté en la cama y me tomé un segundo extra para acomodarla. Para asegurarme de que estuviera bien. De que no despertara.
Le aparté un mechón de cabello del rostro.
—Duerme —murmuré.
Entonces la vi.
Emily estaba en el pasillo, observando en silencio. No dijo nada. No hizo ruido. Pero sentí su mirada como un peso incómodo en la espalda.
Cuando regresé a nuestra habitación, ella ya estaba sentada en la cama, con los brazos cruzados. La elegancia intacta. La expresión tensa.
—¿No está ya muy grandecita? —preguntó, sin rodeos.
Me detuve.
—Estaba cansada —respondí.
—Siempre está cansada cuando tú estás cerca —replicó—. Y tú siempre estás disponible para ella.
Fruncí el ceño.
—Es Abigail.
—Exacto —dijo, poniéndose de pie—. Es Abigail.
La forma en que pronunció su nombre no fue amable. Fue precisa. Cortante.
—¿Sabes lo que veo? —continuó—. Veo a un hombre que no sabe tocarme sin pensar, pero que sabe exactamente cómo sostenerla. Veo a alguien que conmigo es frio… y con ella es hogar.
Sentí el golpe en el pecho antes de poder defenderme.
—No hables de lo que no entiendes.
Emily soltó una risa breve, amarga.
—¿Y qué se supone que no entiendo? —preguntó—. ¿Que no es tu hermana? ¿Que no es tu familia? ¿Que no es nada… y aun así es todo?
El silencio se tensó entre nosotros.
—No cruces esa línea —advertí.
—No la crucé yo —respondió—. Ya estaba cruzada cuando llegué.
Respiró hondo, como si intentara recomponerse.
—No me mires así —añadió—. No estoy diciendo que hagas algo mal. Estoy diciendo que yo no encajo aquí.
Quise responder.
De verdad quise.
Pero no encontré palabras que no sonaran a mentira.
—Cuando me miras —dijo ella, más bajo—, parece que siempre estás en otra parte. Pero cuando la miras a ella… estás completo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas.
—No es justo —susurró.
—Emily…
—No —me interrumpió—. No esta vez.
Me miró de frente.
—Dime algo, Connor —pidió—. ¿Alguna vez me has necesitado como a ella?
Abrí la boca.
No salió nada.
Emily asintió, como si esa ausencia fuera la respuesta que ya conocía.
—Eso pensé.
Se acostó dándome la espalda.
Yo me quedé de pie, inmóvil, con una certeza incómoda ardiendo en el pecho:
Que había cosas en mi vida que protegía sin cuestionar.
Que había vínculos que no sabía explicar.
Y que, aunque Abigail no me pertenecía de ninguna forma que pudiera nombrar…
perderla
sería lo único que nunca podría soportar.
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amor a fuego lento, segundas opotunidades, romance emocional
Editado: 02.03.2026