Mi Pequeña Aby

Capítulo 14

Capítulo 14
Lo que no dijiste
Mi pequeña Aby — Brizza

Me di cuenta de que Aby no estaba antes de entenderlo del todo.

Fue el silencio en el pasillo.
Ese silencio que no pertenece a la casa, sino a la ausencia.
La puerta entreabierta.
La cama intacta.

El corazón se me detuvo apenas lo suficiente como para doler.

—¿Aby? —llamé, avanzando unos pasos.

Nada.

Entré a la habitación con una sensación que conocía demasiado bien. La maleta no estaba. Tampoco el peluche que siempre viajaba con ella, el que nunca olvidaba, ni siquiera cuando fingía que ya no lo necesitaba.

Sobre el escritorio, solo el espacio vacío donde solía dejar sus notas.
Ese vacío fue lo que más me golpeó.

El aire se volvió espeso.

Saqué el celular con manos que no temblaban… todavía.
Llamé una vez.
Luego otra.
Después una tercera.

Buzón de voz.

—No —murmuré, como si negarlo pudiera traerla de vuelta.

Bajé las escaleras de dos en dos. Amalia estaba en la cocina, preparando el desayuno del pequeño, moviéndose con la calma de quien no sabe que algo acaba de romperse.

—¿Aby…? —pregunté, sin terminar la frase.

Amalia se giró despacio. Me miró apenas un segundo.
Y lo supo.

—Se fue temprano —dijo—. Dijo que tenía que volver antes a la universidad.

El golpe en el pecho fue seco. Preciso.
Como si alguien hubiera encontrado exactamente dónde dolía.

—¿Sin despedirse?

Amalia negó con la cabeza.
—Me dejó un abrazo —respondió—. Y eso… nunca es poco.

Para mí, lo era todo.

Las horas siguientes pasaron lentas, inútiles. No pude concentrarme en nada. Emily ya no estaba; había salido al centro comercial. La casa se sentía demasiado grande. Demasiado vacía.

Volví a llamar.
Nada.

Y entonces llegó la culpa.

No como reproche, sino como miedo.
Miedo de haberla puesto en medio.
Miedo de haberla querido de una forma que la empujó a irse.

La noche cayó cuando el celular vibró.

Videollamada entrante: Aby

Contesté sin pensar.

Su rostro apareció en la pantalla.
Cansada.
Con el cabello recogido a medias.
Pero sonriendo.

Esa sonrisa que siempre decía estoy bien, incluso cuando no lo estaba.

—Hola —dijo—. Llegué bien.

No respondí de inmediato. La miré como si necesitara asegurarme de que seguía ahí, al otro lado de la pantalla.

—Te fuiste —dije al fin.

—Sí.

—Sin despedirte.

Bajó la mirada un segundo. Conocía ese gesto. Era el de las decisiones que no se explican del todo.

—Fue a último minuto —dijo—. No quise molestar a nadie. Todo fue muy rápido.

—A mí no me molestas —respondí, más duro de lo que quise—. Nunca.

Levantó la vista entonces. Su expresión era suave, pero firme.

—Lo sé —dijo—. Por eso me fui.

Apreté la mandíbula.
—Eso no tiene sentido.

—Para ti no —respondió—. Para mí sí.

El silencio se instaló entre nosotros.
Un silencio lleno de todo lo que no nos atrevíamos a decir.

—Nos veremos en las próximas vacaciones —añadió, intentando sonar ligera—. Disfruta con Amalia… y con el pequeño Benjamín. Él va a crecer rápido.

—Tú también —le dije—. Y yo no estoy ahí para verlo.

Sonrió.
Esa sonrisa que siempre me desarmaba, porque no pedía nada.

—Siempre estás —respondió—. Aunque no estés.

Quise decirle tantas cosas.
Que la extrañaba.
Que la casa no era lo mismo.
Que algo se había roto cuando se fue sin mirarme a los ojos.

Pero no dije nada.

—Cuídate —pidió—. De verdad.

—Vuelve pronto.

—Siempre vuelvo —repitió, devolviéndome mis propias palabras.

La llamada terminó.

Me quedé mirando la pantalla apagada durante un largo rato.




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