Mi Pequeña Aby

Capítulo 15

✨ Capítulo 15
No eres la única que nos conoce
Mi pequeña Aby — Brizza

Cuando colgué la llamada, dejé caer el brazo sobre la cama y me tiré hacia atrás, mirando el techo como si ahí pudiera encontrar respuestas.
El corazón me latía fuerte, no de alegría, tampoco de tristeza pura. Era algo más incómodo. Algo que dolía por dentro sin romperse del todo.

—No debiste volver —dijo Renata desde la silla, sin rodeos.

Giré la cabeza para mirarla. Mi mejor amiga me conocía demasiado como para suavizar las cosas.

—Sabes por qué lo hice —respondí.

Renata suspiró, cruzándose de brazos.
—Lo sé. Y justo por eso lo digo. Tú no debías cargar con eso, Aby. Ella es una mujer adulta. Del mundo. No tenía que hacer esa escena… y tú apenas la conoces. No sabes si merece tu sacrificio.

Cerré los ojos.
Porque ahí estaba la verdad que no quería mirar de frente.

Yo había anhelado verlo desde hacía demasiado tiempo.
Contaba los días, aunque fingiera que no.
Imaginaba su voz, su risa, incluso su silencio.

Pero nunca pensé verlo así.
Tan hombre.
Tan completo.

Y mucho menos… llegar con una novia.
Y no con cualquier mujer.

Hermosa.
Elegante.
Segura.
De ese mundo al que yo nunca pertenecería del todo.

—Tienes razón—murmuré para mí misma, aunque no estaba lista para aceptarlo.

Terminamos ahogando mis penas con helado directamente del envase, sentadas en el suelo como cuando éramos adolescentes. Reímos un poco, lloré otro poco. Al día siguiente, Renata me abrazó fuerte.

—Intenta dormir —me dijo—. Mañana dolerá distinto.

Cuando se fue, el silencio volvió a envolver el departamento. Me quedé sola con mis pensamientos… y con Connor, todavía presente en cada rincón de mi pecho.

El golpe en la puerta me sobresaltó.

—¿Ren? —pregunté, incorporándome—. ¿Olvidaste algo?

Abrí.

Y me quedé de piedra.

Connor estaba ahí.
Despeinado.
Con el abrigo mal cerrado.
Los ojos cansados… pero decididos.

—¿Qué haces aquí? —logré decir.

Él me miró como si hubiera recorrido kilómetros solo para sostener esa mirada.

—No eres la única que me conoce —dijo—. Yo también te conozco.

Tragué saliva.

—Sé por qué lo hiciste —continuó—. Sé por qué te fuiste. Y sé por qué colgaste así.

Me hice a un lado sin pensar.
—Pasa.

Cuando cerré la puerta, lo miré por fin con atención.
—¿Por qué manejaste a estas horas?

—Para estar contigo —respondió, simple—. Porque no sabía estar en otro lugar.

Hablamos toda la noche.
En algún punto, el cansancio nos venció. Nos quedamos dormidos uno al lado del otro, vestidos, como cuando éramos niños y el mundo aún no exigía explicaciones.

A la mañana siguiente, le mostré el campus.
Mis aulas.
Mis rincones favoritos.
Mi vida.

Y mientras caminábamos, supe algo con una claridad tranquila:

Tal vez yo no pertenecía a su mundo.
Pero él…
Siempre había pertenecido al mío. ✨




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.