Anna
Apresuro el paso y miro a todos lados para cruzar la calle con la mano de mi pequeña aferrada a la mía.
—Mami, mami —La lora que tengo a mi lado me jala el vestido y miro hacia abajo—. ¿Podemos ir a ver ositos? Solo ver, te lo prometo, le prometí a Dios que no voy a pedir más y lo voy a cumplir.
La miro con dulzura y me agacho para estar a su altura. Le acomodo la pollina que casi le tapa los ojitos y beso su mejilla.
—Hoy tenemos dinero para un osito nuevo, princesa. —Sus ojito brillan emocionados.
—¿Segura, mami?
—Claro, vamos.
Cruzamos la calle y nos dirigimos al tercer lugar favorito de Cesia, la tienda de ositos del señor Julián. Llevaba la semana completa reuniendo para darle la sorpresa; mi pequeña lo merece. Trabajo como camarera en una cafetería que queda a solo dos minutos de mi edificio; aunque la paga es buena, no cubre los gastos que uno tiene viviendo en Nueva York: el alquiler, el colegio de Cesia, la comida, entre otras cosas más, pero hago lo que puedo para que mi hija sea feliz.
Nos detenemos frente a la tienda y ella salta de la alegría. Abro la puerta y el señor Julián nos recibe con una sonrisa de oreja a oreja.
—Aquí están mis chicas. —Toma en brazos a Cesia y le toca la punta de la nariz, causando que mi hija se ría.
—Vinimos por un nuevo osito —le digo.
—Sabes que no es necesario, Anna —me recuerda.
—Lo sé, pero sabes cómo soy. —Miro a Ce— Busca el osito que te vas a llevar, mi amor.
El señor Julián la baja y ella sale corriendo y se pierde entre los estantes. Sonrió al verla ser feliz con lo poco que tiene.
—Tu madre llamó.
—No sé qué quiere. Estoy cansada de ella y sus constantes llamadas —digo en tono seco.
—Supongo que quiere saber de ti.
—Sí, tal vez.
—Mi esposa no deja de preguntarme cuándo volverás a ir con la pequeña a casa; dice que le va a preparar la torta de chocolate que tanto le gusta —me río y agradezco el cambio de tema. Es de las pocas personas que saben lo mal que está mi relación con mi madre.
—Lo siento, el cambio de turno en la cafetería me deja agotada, además de que tengo que buscar otra niñera, ya que la que tengo tiene que viajar a casa de sus padres y al parecer se va a quedar un mes. —Eso y otras cosas más me tienen la cabeza hecha un alboroto.
—Dile a Paula, ella estará encantada de quedarse con la niña. —Embozo una sonrisa y pienso en su sugerencia; me vendría bien, pero no quiero abusar de su ayuda.— No lo pienses mucho —insiste.
—Está bien.
—Hoy hablaré con mi esposa y sé que estará encantada. Además, le vendrá bien un poco de compañía.
Sonrió ampliamente y me siento aliviada por esa parte; ya es un problema menos.
Mi niña viene corriendo hacia nosotros y trae en sus brazos el elefante más grande que he visto. Lo trae con mucho esfuerzo y el señor Julián se acerca para ayudarla.
—¿No había otro más pequeño? —dije entre dientes, porque no creo que el dinero que he reunido me alcance para pagar eso tan grande.
—Mami, es que el peluche me llamó —dice con los ojos abiertos de par en par.
—¿Así? ¿que te dijo? —cruzo los brazos para escuchar lo que va a salir de su boca.
—¡Cómprame, Cesia! ¡Cómprame!
El señor Julián y yo nos miramos y rompemos a reír. Esta niña no sabe qué inventar para salirse con la suya.
—Bebé, no creo que a mamá le alcance para comprarte ese peluche tan grande. —Sus ojitos color mieles pasan de mi a su elefante.
—No te preocupes, Anna, que se lo lleve.
—¿Don Julián? —resoplo exasperada.
—Ya después me lo pagas.
Sé que no me va a cobrar el peluche, pero decido no darle más vuelta al asunto.
—Esta bien, ¿cómo se dice, Cesia? —miro a mi hija.
—Gracias, señor pechocho, Julián.
Me río y no puedo creer que siga con eso. Cada vez que alguien tiene un detalle con ella, ella le dice pechocho". No se de dónde sacó eso, pero en su modo de ser agradecida.
—De nada, angelito.
Agarro el peluche y tomo la mano de mi pequeña. Nos despedimos de Julián y salimos de la tienda. Nuestra casa queda al doblar la esquina; es lo bueno de vivir cerca de todo, no tienes que caminar mucho y evito gastar dinero en taxis.
—¿Mami, papá nos va a llamar hoy?
—No sé, cuando lleguemos a casa le enviamos a ver si está disponible, ¿sí? —Asiente y seguimos nuestra ruta.
El papá de Cesia no quiso saber de ella desde que se enteró de que estaba embarazada; según él, era de otro. Luego de dos años, regresó con la idea de que querer ser padre; lo acepté, pero dejándole claro que lo de nosotros no iba a funcionar y estuvo de acuerdo. Es camionero y se la pasa casi todo el año viajando. Llama a su hija cada vez que puede y para mí está bien, me ayuda en lo que puede. No le exijo mucho, ya que tiene problemas con el alcohol y lo poco que gana, lo gasta en cervezas.