Mi pequeña bailarina

Capítulo 2

Anna

—No llames a mi mami, princesa, o sea, si lo es, pero no tuya, es mía. —Sonrío de medio lado al ver a mi pequeña traviesa defenderme de esta manera.

Me doy la vuelta y me encuentro con la mirada lasciva de Rodolfo, mi vecino. Desde mi llegada al edificio, no ha dejado de tontear conmigo y, aunque le he dejado claro que no quiero nada con él, sigue insistiendo.

—No te enojes, leoncita. —Intenta tocarle el cabello a mi hija y ella le aparta la mano molesta.

—¿Cesia? —La regaño. Aunque no nos caiga bien Rodolfo, no es motivo para ser descortés. No críe a una niña grosera.— Busca una película para mami, ¿si?

—Si, mami —Lo hace y vuelvo mi vista a mi tonto vecino.

—¿Qué quieres, Rodolfo?

—Tú lo sabes, princesa —ruedo los ojos al escuchar otra vez el apodo.

—No tengo tiempo para salidas, no sé de qué manera decírtelo para que te quede claro —le digo de mal humor—. Mi hija es mi prioridad en este momento.

—Eres joven, Anna, tienes derecho a divertirte

—Estoy clara en eso, pero no quiero y estoy bien con mi vida tranquila.

—Esta bien —Alza los brazos y me mira fijamente.

—Mucha carne para dejarla desperdiciar. —Y con esas palabras se va, dejándome atónita.

—¿Carne? —digo para mi— ¿Cómo se atreve a decirme eso? Por hombres como él es que uno prefiere estar sola.

Entro a la casa y cierro la puerta detrás de mí. Dejo las bolsas en la mesa que tengo en la cocina y comienzo a ordenar todas las compras. Mi hija aparece con los labios pintados; me río, otra vez jugando con mi maquillaje.

—¿Ya se fue el hombre feo?

—Mi niña, no le digas eso al vecino.

—Mami, es que lo es, no me gusta, es más, le voy a pedir a Diosito que lo lleve lejos, muy lejos de nosotras. —Sonrío.

—¿A dónde le dirás a Diosito que se lo lleve? —Le hago cosquillas y ella se ríe.

—No sé, ¿a chinita? —me pregunta—Chinita queda muy lejos.

Me río por las ocurrencias de mi hija. La cargo y la llevo a mi habitación; necesito bañarla antes de ver la película, ya que se queda dormida siempre y no me gusta despertarla después. La siento en la cama y le quito su ropita.

Miro a mi pequeña y el corazón se me llena de alegría al tenerla conmigo. Cesia es mi milagro de parte de Dios. Cuando imaginé una vida sola, sin nadie y cargando con un pasado que me sigue doliendo, ella llegó a ser una luz en medio de tanto dolor.

—Te amo mucho, mucho —beso su mejilla.

—Y yo a ti, mami —Extiende sus brazos—. De aquí al cielo.

—Oh, eso es mucho.

Asiente y la llevo al baño, la dejo en la ducha y voy en busca de sus productos de aseo. Cesia es asmática, y tengo que tener mucho cuidado con los productos que utilizo en ella, ya sean cremas o colonias. Al regresar, ella está jugando con el agua. Me pongo de rodillas y disfruto siendo mamá.

Mis pensamientos se van a ese momento cuando me enteré de que estaba embarazada. Mi madre quiso matarme por, según ella, arruinar mi "futuro de bailarina" y yo no podía estar más feliz. Se que traer un hijo al mundo no es fácil y debemos pensarlo bien antes de hacerlo. Pero con Cesia en mi vientre, me hizo tener la valentía para salir del infierno en el que estaba. Aunque perdí a una madre, me gane lo más hermoso que tengo y lo que me hace feliz: mi pequeña.

—¿Mami, vamos a pasar todo el día aquí y la película? —Me espabilo y aparto el pelo castaño que se pegó a su frente. Agarro la toalla y la cargo, llevándola a nuestra habitación.

La dejo en la cama y la visto, dejándole el cabello suelto para que se seque.

—Quédate aquí jugando con el teléfono —Se lo entrego— Que mami se va a bañar.

—Está bien.

Agarro mi toalla y entro nuevamente al baño, dejando la puerta abierta por si acaso.

Al caerme las primeras gotas de agua, lanzo un gritito.

—Mierda —susurro y me estremezco. Está helada.

Observo a mi hija que está embelesada con el teléfono. No me dijo nada mientras la bañaba; suspiro. Otra cosa en la que se parece a ella, ya van dos; a la tercera, voy a volverme loca. Termino de bañarme y salgo con la toalla alrededor de mi cuerpo. Cómo no vamos a salir en lo que queda del día; me decido por una bata que tiene mil años y es lo bastante cómoda para estar en casa.

Me siento junto a Ce y acaricio su mejilla. Hasta que una llamada hace un vuelco en mi corazón.

—Mami, es abuela. —Trago el nudo que se formó en la garganta y le sonrió.

Mi hija me pasa el teléfono y me quedo mirándolo como si fuera una bomba que está a punto de explotar en mis manos. No quiero hablar con ella, no deseo escucharla y no quiero que esté cerca de mi hija. El teléfono sigue vibrando.

Le doy aceptar.

Llamada:

—Hasta que te dignas a responder.

Y ahí está. Por esta razón es que odio contestar sus llamadas. Me sigue tratando como a la niña a la que solía manejar a su antojo y no, no voy a seguir soportando que me haga sentir que las decisiones que estoy tomando están mal.




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