Mi pequeña bailarina

Capítulo 3

Anna

Deben volver a casa

Volver a casa

Así es como ella quiere hacer las cosas conmigo, que yo me deje llevar nuevamente por lo que ella desea y no por lo que yo quiero.

—No.

—¿Cómo?

—Lo que escuchaste, no voy a volver a Venezuela, ni ahora, ni nunca. —Agarro con fuerza el teléfono y miro de reojo a mi pequeña que me mira—. Así que será mejor que te vayas olvidando de esa loca idea de que mi Cesia pasará por lo mismo.

—Anna, debes olvidar el pasado, siempre es lo mismo y ya estoy cansada de tu actitud... —Ruedo los ojos, cansada ya de sus sermones, y hago lo que se me da demasiado bien, cuelgo la llamada.

Cierro los ojos con fuerza para calmarme.

—¿Estás bien, mami? —La voz dulce de mi princesa me hace reaccionar.

—Sí —respondo con pesar.

—¿Veremos la película?

—Claro que si. —Fuerzo una sonrisa para disimular lo que siento. Abro la gaveta que está al lado de la cama, saco chocolate, dorito y lo dejo en la cama—. Espera, que voy por el refresco.

Salgo y me recuesto en los mesones. Siempre es lo mismo con ella, nunca está de acuerdo con mis decisiones y me molesta que quiera imponer las suyas. Por ese motivo, al quedar embarazada, decidí irme lejos de su dictadura, así como lo hizo mi padre. Después de que casi pierdo la vida por mala alimentación, los problemas con mis padres empeoraron y la poca paz que había se esfumó. Mi padre la atormentaba día y noche, recordándole que lo que me había sucedido era su culpa. Hasta que nada pudo sostener su matrimonio, ni siquiera el amor que se tenían, y se divorciaron.

Muevo la cabeza para volver a mi realidad. Agarro el refresco y regreso al cuarto. Encontrándome con Cesia dormida de boquita abierta. Me siento a su lado y acaricio su mejilla.

—Haría lo que fuera para que no sufrieras, mi pequeña.

La acomodo mejor y la cubro con la sábana. Me siento en el sofá que tenemos y enciendo la televisión dejando un volumen apropiado. Por lo menos el dorito esta noche es mío. Disfruto estos minutos de soledad y, aunque mi hija sea lo mejor que me ha pasado, es una niña; no puedo desahogarme con ella y dejar en libertad mis emociones.

Lo único que me ha ayudado todos estos años es Dios; me ha levantado cuando no he podido más y solo por Él, sigo adelante.

Escucho la dulce voz de Cesia y me giro; mueve su mano con desespero y sonrió, me está buscando. Me pongo de pie y guardo el resto de las golosinas y me meto bajo las sábanas junto a mi sol. La abrazo y ella se aferra a mí con sus manitas en mi cuello.

Beso su mejilla y cierro los ojos.

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La alarma suena y me giro para no prestarle atención; tengo mucho sueño y no quiero levantarme de esta cama hasta la tarde si es posible.

Pero una vocecita me recuerda que soy madre y, aunque hoy es mi día libre, el de Cesia no, ya que tiene que ir al colegio. Abro los ojos y estiro mis brazos, que suenan tan sabroso que me hace feliz; sí, estoy loca. Salgo de la cama y me pongo mis pantuflas. Abro el closet y saco la ropa que va a utilizar hoy. Me doy la vuelta y se me encoge el corazón al verla muy cómoda y odio tener que despertarla.

Me arrodillo frente a la cama y le aparto la pollina.

—Princesa —susurro—. Bebe de mi corazón.

—No quiero —Me aparta la mano y me río. No le gusta que le despierten tan temprano.

—¿No quieres ver a Juli y Julio? —La mención de sus amiguitos hace que abra los ojos y me mire con esos ojitos que me enamoran.

—Si no voy, se van a poner muy tristes, ¿verdad, mami? —Asiento y me pongo de pie.

—Muy triste.

Sale de la cama y entra al baño. Es la única manera de que quiera ir.

—No tardes, voy a la cocina a prepararte el desayuno.

—Está bien, mami.

Salgo de la habitación y decido preparar algo fácil y lo preferido de mi hija: panqueques con huevo revuelto. Mientras cocino, pongo música en mi teléfono y así estar con más ánimo esta mañana.

Organizo bien su desayuno y se lo guardo en su bolso.

—Mami, ¿me ayudas amarrándome los cordones? —el grito de mi hija casi me hace dejar caer el vaso con jugo que me estaba bebiendo. Lo dejo en la mesa y me dirijo al cuarto.

—No tienes que gritar de esa manera, Cesia, estoy aquí mismo. —La regaño y me arrodillo para sujetarle bien los cordones.

Me pongo de pie y, al ver la hora, ya son más de las siete de la mañana. No puede ser, otra vez tarde. Le hago una coleta y la dejo jugando con mi teléfono mientras yo me alisto.

Cómo madre he aprendido a hacer las cosas en tiempo récord. Me alisto, agarro mi bolso, las llaves y tomo de la mano a Cesia. La llevo casi a arrastra fuera del apartamento y cuando me fijo en su espalda me acuerdo de lo más importante.

—Donde tengo la cabeza, tu mochila está dentro —Mi hija lleva su mano a su frente con mucho drama y me río.

Entro de nuevo y agarro el bolso. Hoy los ascensores están peores que como estaban antes, así que desisto en usarlos hoy. Así que tocó bajar las escaleras con mi hija muerta de la risa porque, según ella, todo este corre corre es diversión y adrenalina pura.




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