Mi pequeña bailarina

Capítulo 4

Anna

—¿Mami, me estás escuchando? —Su dulce voz me hace volver a la realidad.

—Se nos hace tarde, ya después hablaremos de eso —digo, sin molestarme en responder a su pregunta.

Un puchero se forma en sus labios, pero no forma ningún berrinche y lo agradezco.

No sé si sentirme mal por no haber superado ese episodio que me cambió la vida por completo o odiar a mi madre por hacerme detestar de una manera irracional el ballet. Tanto que no quiero que mi hija ame lo que a mí destruyó en su momento.

Caminamos en silencio y me duele ver que mi hija se sienta en la necesidad de no ser parlanchina hoy por miedo a que me moleste.

—Abrieron una heladería nueva y dicen que venden unos ricos helados, ¿vamos cuando salgas del colegio? —Ella alza la mirada y asiente con entusiasmo.

Le sonrió y ahora ya estamos mucho mejor. Llegamos al colegio y me arrodillo para besar su mejilla.

—Por favor, te portas bien y no pelees tanto con los gemelos —le recuerdo.

Aunque son sus amigos y los quiere mucho, conozco el carácter de mi hija y sé que si las cosas no se hacen como ella desea, se molesta.

—Está bien, mami.

La abrazo y me niego a dejarla ir. Siempre me pasa lo mismo.

—Mami, ya no más —me dice riendo.

—Lo siento.

Me separó y me pongo de pie. Su maestra me mira y me sonríe, y ese gesto me hace saber que está en buenas manos.

Me doy la vuelta y camino de regreso a casa. Cesia sale al mediodía, así que me da tiempo para hacer las diligencias que tengo para hoy. Al pasar frente a la academia, me detengo y fijo mi mirada en la estructura que se nota que tiene años de antigüedad; aun así, tiene ese toque que lo hace ver hermoso.

De repente, la puerta se abre y sale un hombre tan alto que debo alzar la cabeza para verlo bien: no es joven, pero tampoco un viejo; está termino medio, usa gafas y tiene un estilo de vestir algo extraño, como si viviera en otra época.

—Tú eres la que iba con una pequeña hace un rato —dice— ¿Cómo estás? ¿Deseas el precio de la inscripción? Escuche un poco de su conversación y me da a entender que a tu hija le gusta el ballet.

No sé qué me pone de mal humor, si que crea que dejaré a mi hija ser parte de esta academia o la perfecta sonrisa que tiene, ¡se le forman los hoyuelos en las mejillas y todo, listo, acabo de morir!

—Mi hija jamás será bailarina.

Me mira perplejo y le debió caer como un balde de agua fría mi tono brusco.

—¿Cómo?

—Lo que escuchaste.

—Pero...

No lo dejo terminar y retomo mi camino. Es una decisión tomada. Cesia es una niña; se que muy pronto se le olvidará y buscará otra cosa con que emocionarse.

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Llego a casa con un fuerte dolor de cabeza y mucha hambre. Después de ese pequeño incidente con sonrisa perfecta, logré solucionar unos asuntos pendientes y rendir el día. Aunque el estómago me está haciendo demasiada bulla debido al hambre, en este momento lo que más deseo es dormir y eso haré. Agarro unas galletas y me las como con jugo, para calmar mi estómago. Me quito la ropa y me meto bajo las sábanas. El frío me hace estremecer y lo disfruto. Cierro los ojos y paso unos minutos pensando hasta quedarme dormida.

✧⁠◝⁠(⁠⁰⁠▿⁠⁰⁠)⁠◜⁠✧

Escucho un sonido muy lejano, algo como una alarma, pero el cansancio es tanto que no puedo ni siquiera abrir los ojos. Tengo mucho sueño y la cama está muy cómoda para levantarme. Hasta que recuerdo algo… ¡CESIAAAA! Abro los ojos y me siento en la cama, recorro mi habitación en busca de la alarma que suena desde algún lado.

Reviso debajo de la cama y ahí está, aturdiendo mis oídos. La apago y me fijo que falta media hora para que mi hija salga del colegio. Me acuesto de nuevo en la cama y los párpados me pesan y las ganas de seguir durmiendo unos minutos más son una tentación, pero no puedo. Me pongo de pie y me encamino al baño. Me miró en el espejo y tengo unas diminutas ojeras que no logro quitar así duerma varios días seguidos; ya es parte de mi. Me lavo la cara y cepillo mis dientes, así salga cuarenta veces a la calle, cuarenta veces me cepillo.

Mientras termino de arreglarme para salir en busca de mi pequeña, pienso en mi madre y cómo cambió nuestra relación. Nunca fue la madre amorosa que toda niña quiere; aun así, estaba segura de que me amaba, a su retorcida manera, pero lo hacía.

Sin embargo, su ambición de querer cumplir sus sueños a través de mí acabó con todo y jamás quiso arreglar nada, solo siguió con su vida como si nada hubiera pasado. Endureció su corazón a tal grado que no le importó que mi padre se fuera de la casa. Aunque en el fondo él esperaba que ella diera el paso para arreglar las cosas, sabía muy en el fondo que no iba a pasar. Conocía a mi madre como a si mismo.

Miro el espejo que está en una esquina de la habitación y visualizo la foto de mis padres y yo juntos. Suspiro y aparto la mirada de lo que una vez fue mi familia. Agarro el bolso y guardo el dinero, el teléfono y las llaves. Apagó las luces y salgo del apartamento. Cierro y me dirijo a la salida.




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