Había pasado un día tan increíble que no quería que terminara aún. Cuando Mia se fue, necesitaba una excusa para salir corriendo tras ella. No me gustaba que anduviera vagando por las calles a esas horas, sola.
Por suerte recordé que no le había dado el presente que le traje de mi viaje a España, así que lo tomé de uno de mis bolsos y lo guardé en la chaqueta de cuero antes de salir a buscarla.
Hacía una noche hermosa. Mia caminaba tranquila a unas dos cuadras de distancia, así que apresuré el paso y le grité cuando estuve lo suficientemente cerca.
—¡Princesa!
Se giró con una sonrisa en los labios y esperó a que llegara a su lado.
—¿Me olvidé de algo? —preguntó mirándome fijamente.
—No. El olvidadizo he sido yo.
Saqué el obsequio y se lo entregué. Dudosa, lo tomó, y sus ojos se iluminaron al ver la caja de terciopelo azul dentro de la delicada bolsa.
Me miró sonriendo mientras abría la caja sin decir una palabra. Al sacar el collar con el dije en forma de corazón, incrustado de diamantes, su expresión fue de pura sorpresa y alegría.
—Oh, Jeremy… no puedo creerlo. Es tan hermoso. Me has dejado sin palabras.
Se quedó embelesada. Me acerqué un poco más, tomé el colgante de sus manos y lo giré para que pudiera ver el grabado delicado en la parte posterior.
“MIA”.
—Tú eres mía —le susurré al oído mientras abrochaba el collar alrededor de su cuello.
Cerró los ojos cuando mi nariz rozó su piel. Sus labios me tentaban de una forma prohibida y peligrosa.
Mis dedos recorrieron desde su oído hasta su mejilla, delinearon el contorno de sus labios y descendieron hasta su mentón, donde mi mano se detuvo para atraerla suavemente hacia mí.
Me acerqué despacio a su boca. Estaba arriesgándolo todo, pero ya no había vuelta atrás. Necesitaba sentirla, y si después de esto tenía que ir al mismísimo infierno, lo haría sin dudar.
Esperé que me detuviera… pero no lo hizo. Se dejó guiar. Un leve gemido escapó de sus labios cuando mi piel rozó la suya, llevándose al diablo la poca cordura que aún conservaba.
—Juro que lo intenté con todas mis fuerzas, pero eres el mayor de los pecados hecho persona.
Lo dije justo antes de fundir su boca con la mía en un beso cargado de pasión, desenfreno y necesidad. Ella era mi perdición. Sus labios eran adictivos. No podía saciar mi sed con un solo beso.
La devoré sin piedad. Al principio no reaccionó, hasta que finalmente se entregó, rodeando mi cuello con sus brazos y pegando su cuerpo al mío.
Sabía que debía frenar. Si no lo hacía, terminaría empotrándola contra la pared a pocos metros de su casa. No podía perder el control de esa manera en ese lugar. Era capaz de cargarla hasta mi casa si me dejaba llevar… pero tenía que contenerme.
Nos separamos con la respiración entrecortada, jadeando en busca de aire. La confusión y el miedo brillaban en sus ojos como dos estrellas bajo el cielo nocturno.
—¡MIA! —gruñí antes de volver a besarla.
Me aparté finalmente y la devoré con la mirada. Mis ojos le prometían cosas que la hicieron estremecerse.
Me alejé, dejándola confundida y con ganas de más. Pero debía jugar bien mis cartas si quería salir triunfador.
La guerra había comenzado…
y yo acababa de hacer mi primer movimiento.