Mi Perdida De Tiempo

POR JEREMY:

¿Alguna vez han sentido como si su mundo se desmoronara en pedazos?
Eso es exactamente lo que me está sucediendo en este momento.

No he podido moverme del lugar desde que Mia se fue. Sigo de pie, mirando la puerta cerrada, incapaz de procesar todo lo que ha ocurrido.

No sé en qué momento dejé que todo se saliera de control, pero sabía que tenía que actuar. Me prometí al menos intentarlo… y no me arrepiento de nada.

Aunque suene masoquista de mi parte, el rechazo era algo que esperaba. Después de todo, por más profundos y fuertes que sean los sentimientos de una persona hacia otra, si no son correspondidos no conducen a ningún lado. Me hice la ilusión de que tal vez mi princesa recapacitaría, que se daría cuenta de que me amaba como yo a ella y que estaríamos juntos, viviendo felices.

Creo que todas las películas y novelas que Mia me había hecho ver y leer me llevaron a crear falsas ilusiones. Porque esas cosas no pasan en la vida real. Y, claramente, no iban a pasarme a mí.

Había tentado a la suerte, apostándolo todo… para quedarme sin nada.

Veo los dos tragos intactos que Mia dejó sobre la mesilla y los tomo sin pensarlo, dirigiéndome al bar para servirme algo aún más fuerte. Me dejo caer contra la pared con una segunda botella de vodka ya a medio camino. Las cosas se vuelven confusas después de terminarla.

Despierto sobresaltado por ruidos fuertes. Bili está frente a mí, muy inquieto. Quiere que lo saque afuera, pero no logro hacer que el mundo deje de moverse. Incluso el piso parece temblar, o al menos así lo siento.

Con esfuerzo consigo incorporarme y sentarme. Me duele todo el cuerpo. Tengo una venda improvisada, manchada de sangre, alrededor de la mano; la herida punza horriblemente. El cuello se queja por la mala posición en la que quedé inconsciente sobre el piso.

El timbre vuelve a sonar y mi cabeza parece estallar en mil pedazos. Logro enfocar la vista y me sobresalto al ver que he roto varias copas y botellas. Estoy tirado en medio de un caos absoluto y quien sea que esté afuera es extremadamente insistente.

Miro la hora y no puedo creerlo: son las doce del mediodía.

Voy a atender la puerta decidido a despachar a quien sea que esté arruinando aún más mi día. No estoy de humor para nada y mi estado es deplorable.

Al abrir, casi me ahogo con mi propia saliva.

Ben y Maik me observan en silencio, con expresiones serias y preocupadas. Me escanean de pies a cabeza y entran sin pedirme permiso, apartándome no muy amablemente del camino.

—Oigan… no estoy en muy buenas condiciones para lo que sea que estén pensando —digo mientras maldigo al clavarme un vidrio en el pie.

—Lo sabemos. Eres un idiota, pero eres nuestro amigo —responde Ben.

Maik asiente y agrega:

—Mia nos contó todo. No respondías llamadas ni mensajes, y al ver el estado en el que llegó anoche imaginamos que tú estarías diez veces peor… aunque veo que nos equivocamos.

Mira a Ben y este remata:

—No estás diez veces peor, hermano. Estás hecho una verdadera mierda.

Maik saca un ibuprofeno del bolsillo y va a la cocina. Regresa con un vaso de agua y me los ofrece.

—Oh, son mis malditos salvadores… no soy bueno con la bebida. Saben que odio tomar. De verdad no sé qué me pasó.

—No te preocupes —dice Maik—. Sabemos lo que se siente. El dolor es tan grande que la desesperación por hacerlo desaparecer, aunque sea un rato, nos hace cometer estupideces… como emborracharnos hasta quedar inconscientes.

Lo dice con una sonrisa leve, pero sus ojos están llenos de tristeza.

Se quitan los abrigos y comienzan a ordenar el desastre mientras me envían a darme una ducha rápida.

Mi día no podía ir peor.

Después de un rato, mientras hablamos con los chicos sobre lo ocurrido, vuelve a sonar el timbre. Mi corazón se acelera. Tal vez sea Mia. Abro sin mirar.

Frente a mí están mis padres.

Y como frutilla del postre, Samanta está detrás de ellos.

Debo seguir bajo los efectos del alcohol, porque no puede ser real lo que estoy viendo.

—¿No invitas a pasar a tus padres y compañía, hijo? —dice mi madre—. ¿Dónde quedaron los modales que te he enseñado?

—Lo siento, padres… no llegan en un buen momento. Debieron avisarme que venían.

—Queríamos darte una sorpresa. ¿Acaso no estás feliz de verme?

Samanta se acerca y me besa coquetamente la comisura de los labios.

Ben y Maik se acercan de inmediato. Habían visto cómo todo mi cuerpo se tensó al abrir la puerta. Esa reacción solo mis padres podían provocarla, y lo sabían.

—Oh, pero qué bella estás, Margaret —dice Ben animado, saludando a mi madre.

Luego se gira hacia mi padre:

—Tomás, ¿cómo has estado? No he podido ir a jugar al golf últimamente, pero supongo que sigues siendo el mejor del lugar, ¿no?

La conversación fluye de inmediato. Al notar a Samanta, ambos me interrogan con la mirada.

—Disculpen, no les he presentado a Samanta Winter —digo señalando a la rubia—, hija de uno de los empresarios más importantes de Europa… y una muy buena amiga, por cierto.

Todos entran a la casa. Yo me quedo atrás a propósito para hablar con Samanta.

Ella capta enseguida mi pregunta silenciosa.

—Perdón por presentarme así en tu casa. Te llamé para avisarte que estaré unas semanas por aquí, pero no logré comunicarme contigo. Hoy visité a tus padres y, al preguntar por ti, se entusiasmaron con venir a verte. Son muy efusivos… y al parecer les gustó la idea.

No sé cómo procesar todo aquello, pero siento que tengo que ordenar las cosas. Quizás la respuesta que estaba buscando está justo frente a mis ojos.

Mia debía quedar en paz. Yo necesitaba que fuera feliz.

Tal vez no me amaba como yo a ella, pero al menos lo había intentado. Eso debía bastarme.

Sabía que, por su forma de ser, se culparía si me veía mal. Nada volvería a ser igual. Ella no se acercaría de la misma manera, y la incomodidad abriría una distancia inevitable.




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