Quedé completamente en blanco al leer en voz alta aquellas palabras. De verdad nunca quise lastimarla ni que se enamorara de mí y, aunque siempre supo que mis sentimientos y mi corazón ya tenían dueña, eso no me hacía sentir mejor ni menos culpable ante la situación.
Mia se tensó de pies a cabeza en el momento en que comencé a leer la carta. No dijo absolutamente nada.
La situación era muy incómoda. Agradecía que las cosas no se hubieran complicado con lo del compromiso, aunque sabía que, si bien ya no era un problema, un mal sabor de boca había quedado en mí por todo lo sucedido.
Sacándonos de nuestros propios pensamientos, el timbre de la puerta no dejaba de sonar. Mia se levantó sin mirarme a los ojos y se dirigió al dormitorio, dejándome completamente desconcertado. Fui a ver quién era ahora.
Al abrir, me encontré con Ben, muy serio y visiblemente preocupado.
—Hermano, dime que sabes algo de Mia. Desde ayer intento comunicarme con ella y no tengo respuesta. No atiende el celular, he llamado a todos sus conocidos y no la han visto. Aunque no es la primera vez que pasa la noche fuera, siempre se comunica conmigo. Estoy muy preocupado.
Hablaba apresuradamente, casi sin respirar. No tuve tiempo de responder, porque Mia salió de la habitación, pasó por mi lado apartándome y, con brusquedad, cruzó frente a un Ben sorprendido pero aliviado, sin decir una sola palabra.
—Creo que eso responde algo, amigo… aunque a mí me deja con más dudas que un cuestionario lleno de preguntas.
Ben me miró con el ceño fruncido.
—Necesito que me expliques muchas cosas, pero primero voy a hablar con Mia. Después hablaremos tú y yo.
Dijo, saliendo rápidamente tras su hermana.
Me quedé en la entrada de la casa durante un buen rato, analizando lo sucedido sin encontrar respuestas. No entendía nada, pero debía darle su espacio y no presionarla si no quería que todo terminara antes de empezar.
Entré antes de que pasara más tiempo y mi cuerpo empezara a echar raíces allí.
Debía reconocer que soy nuevo en todo lo que respecta a las relaciones. Aunque conozco a Mia como nadie, también desconozco todo lo que debe estar sintiendo y pensando con todo esto. Es tan nuevo para ella como para mí.
Dejé pasar las horas mientras sacaba a pasear a Bili. Le envié un breve mensaje a Samanta agradeciéndole por todo y disculpándome por cómo sucedieron las cosas, queriendo cerrar definitivamente ese capítulo de mi vida.
Al llegar a casa, esperé recibir algún mensaje o llamada de mi princesa, pero no hubo nada. La preocupación comenzaba a instalarse de verdad, así que, intentando serenarme, llamé a Ben, quien atendió al segundo tono.
—Eh, Ben… ¿cómo estás? Llamaba para saber cómo se encuentra Mia. No quiero molestarla, pero no saber nada de ella me está enloqueciendo.
—Ella está bien, Jeremy, pero te doy un consejo como amigo: dale algo de tiempo. Está muy confundida y todo esto es nuevo para ambos, así que quizá sea mejor no molestarla hoy.
—Todo esto me desconcierta, pero no me daré por vencido tan rápido. Tranquilo, hermano, tengo todo el tiempo del mundo para esperar por ella.
Lo decía con sinceridad. Después de todo, ya habíamos dado un gran paso. Esperar un poco más, después de haber esperado años, no era algo que no pudiera hacer.
—Nos hablamos. Te mantengo al tanto por cualquier cosa.
—Nos hablamos… y, oye Ben, gracias por todo.
Colgué sin esperar respuesta. Me estaba poniendo algo sentimental y no quería que vieran esta nueva faceta mía, hecho todo un mariquita.
No tenía mucho apetito, pero debía alimentarme. Después de ducharme, me preparé algo rápido y me acosté temprano, aún sin noticias de Mia, pero con la esperanza de que al día siguiente tendría la oportunidad de solucionar las cosas. Después de todo, la encontraría en nuestro café de siempre y aprovecharía ese momento.
Me levanté con ánimos renovados. Tras una ducha rápida, me puse unos vaqueros desgastados, zapatillas deportivas y una camiseta gris muy cómoda. Até mi pelo, tomé mis lentes de sol, una campera negra y me subí a mi motocicleta para llegar rápidamente al lugar.
Hacía un día estupendo, lo que me hizo sentir incluso mejor. Decidido, estacioné mi bebé frente al local y observé las mesas desde afuera. En el momento en que la vi sentada mirando por la ventana, mi corazón latió frenéticamente y una gran sonrisa se formó en mis labios… sonrisa que se esfumó al instante cuando un chico se acercó a ella y la saludó con demasiada alegría.
Mis celos se hicieron palpables. Mi cuerpo se tensó por completo cuando ella se levantó para saludarlo y se dieron un cálido abrazo. Sabía que debía tratarse de alguna conquista pasada, porque no era ningún amigo que yo conociera.
No era un hombre inseguro; al contrario, tenía mucha confianza en mí mismo. Pero verlo tan cerca de ella, queriendo claramente algo que es mío, me enfureció y me hizo perder la cabeza. Sin darme cuenta, ya estaba caminando hacia el lugar con el cuerpo rígido y la mandíbula apretada.
Al entrar, la campanilla de la puerta sonó y, al instante, todas las miradas se dirigieron hacia mí.