Todo sigue igual. Casi toda mi familia se encuentra en mi casa esperando a que sea media noche para la transformación de Jacob. Están todos menos Tania, Tristán y Teudis.
Yo debo hablar con mi abuela, ella debe responder a todas las dudas que tengo en este preciso instante.
Subo corriendo las escaleras de mi casa. Me detengo frente a la puerta de Hildalia. Un escalofrío recorre mi espina dorsal. ¿Realmente mi abuela tiene que ver en todo esto? ¿Qué tan fiable es la palabra de mi padre?
—Entra de una vez, no tengo todo el tiempo. —Me sobresalto al escuchar la voz de mi abuela.
Con cuidado abro la puerta y la veo sentada en su cama. Lleva puesto unos pantalones de tela negros y una polera color azul con flores rosadas bastante holgada, muy de su estilo.
—Parece que ya estas mucho mejor.
Hildalia hace una mueca ante mis palabras.
—Uno siempre se siente mejor cuando está por venir lo peor, Jade. Nunca lo olvides.
—Tú y tus acertijos —Me acerco a ella y me siento a su lado—. Los odio.
Hildalia voltea el rostro y me observa fijamente, yo hago lo mismo. Comienzo a detallar su rostro con ansiedad, sus arrugas en la frente, sus patas de gallo, sus ojos color cafés, sus labios finos, su lunar que tiene en medio del entrecejo, un lunar que envidie por muchos años al ver sus fotos de joven y notar lo guapa que la hacía quedar.
—Nunca me contaste cómo lograste que un lobo te embarazara, y sobre todo nunca me contaste cómo fue que te dejo viva después de no ser su compañera.
Hildalia entrelaza su mano con la mía y siento algo cálido que me recorre el cuerpo, siento como me invade su cariño.
—Mi padre tenía muchos amigos, y muchos enemigos. Uno de los amigos de mi padre era un lobo, un lobo muy mayor, pero también era muy guapo, no te voy a mentir —Sonríe, Hildalia aprieta mi mano y entró en una especie de trance, donde solo escucho su voz—. Todas mis hermanas mayores estaban enamoradas de él. Un día mi madre me mandó a dejar comida a la casa de mi hermana mayor, ella ya tenía una familia formada, con hijos incluso...
Fue en ese momento cuando lo vi, vi a Hildalia de joven. Ella salía de una gran casa de madera ubicada en medio del bosque, la casa estaba ubicada en medio de una colina y se podía ver como había un río que la atravesaba.
Llevaba un vestido floreado, su cabello suelto, y ese lunar que tiene en medio de las cejas, ese lunar hacía que tuviera un rostro tan angelical.
—Ese día él me salvó.
Hildalia bajaba la colina con cuidado, llevaba en sus manos una bandeja y un paño tapaba el contenido. Para poder seguir el camino había que atravesar el río y de puente lo único que había era un par de palos lanzados de mala forma que simulaban un puente.
—Ese río era un maldito, siempre estaba tranquilo, pero cuando alguien quería atravesarlo se enfurecía, el caudal subía, se volvía más profundo y si caías, no salías viva de ahí.
Hildalia atravesaba el río con cuidado, pisando con delicadeza, viendo que palo estaba firme, cuál era el correcto para pisar y no fallar, pero eligió el equivocado.
Siento como mi corazón se acelera, el palo que Hildalia piso comienza a moverse debido a lo delgado que es. La fuente que Hildalia llevaba en su manos estuvo por caer el río, y ella también.
Un hombre aparece, vestía formal, pero no de traje. Era alto, se notaba que era musculoso. Era guapo, pero mayor, entre los treinta y cuarenta años.
—Su nombre era Arthur, él tenía treinta y cinco años, yo solo dieciocho, era una adolescente... pero me salvo, y no solo esa vez.
Arthur sostenía a Hildalia de la cintura, la respiración de mi abuela estaba agitada, era evidente.
Arthur guió a Hildalia tomándola de cintura hasta que estuvieron fuera del río. Hildalia no lo miraba al rostro, mientras que Arthur no dejaba de mirarla.
—Muchas gracias, usted ha sido muy amable. Se lo comentare a mi padre, él le deberá un favor. —Mi mente queda en blanco, nunca había escuchado a mi abuela ser amable y cortés con alguien. Jamás en mi vida.
El tal Arthur sonríe, toma el mentón del Hildalia y acaricia su mejilla. Los ojos de mi abuela se abren asombrada.
—Suaves, tal como lo imagine.... Hildalia, yo no quiero que tú padre me deba un favor, prefiero que sea tú quien me lo pague.
Hildalia traga con dificultad, aleja su rostro del toque de Arthur, sostiene con una sola mano la bandeja con comida mientras que con la otra la mueve de una forma exagerada, al mismo tiempo comienza a recitar una hechizo. Arthur sale volando, queda lo suficientemente lejos como para que Hildalia pueda comenzar a correr.
—¿Abuela, él quería...?
—No me interrumpas, mocosa. —Hildalia golpea mi mano, para después volver a sostenerla, siento nuevamente como mi cuerpo entra en una especie de trance.
Hildalia corre y se detiene en una casa color blanca, de grandes ventanales. Una mujer muy parecida a mi abuela es quien le abre, ambas tiene el mismo lunar en el entrecejo, solo que esta mujer se ve mayor.
Hildalia le entrega la bandeja y la mujer la deja pasar, cuando esta saca el paño de la fuente puedo ver que se trata de una tarta de manzana, tan solo verla se me hizo agua la boca.
—¿Carmen? —Hildalia llama a la mujer y puedo saber ahora que su nombre es Carmen. —¿Alguna vez notaste algo raro en Arthur?
Carmen, que estaba buscando platos deja caer los que tiene en sus manos en cuanto escucha el nombre de Arthur, el sonido hace eco por toda la casa y el cuerpo de Carmen tiembla. Rápido se acerca a Hildalia y le toma las manos.
—¿Volvió, esta aquí?¿Te ha hecho algo? ¿Te ha tocado? —La desesperación en el rostro de Carmen es evidente, pero mi abuela solo niega. —Si el volvió,Hildalia, debes estar lejos de él. Tengo un mal presentimiento, desde que eras pequeña y el conoció a papá recuerdo que comenzó a tener un fijación contigo, le gustaba cuidarte y cuando comenzaste a crecer, su mirada cambio y dejo de ser pura, solo veia deseo hacia ti, Hildalia. Debes estar lejos de él.